El simonilla

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Nunca el simonilla fue tan fácil de reconocer. Ahora hasta les podemos nombrar. Como su propia etimología indica, el simonilla se caracteriza por poseer las características personales del portavoz gubernamental de la pandemia y del ministro de Sanidad. Características que antes habíamos observado en un buen número de individuos y que sin embargo no habíamos catalogado.

El simonilla siempre ha estado por ahí suelto a la caza de una posición. Ha sido la pandemia la que nos ha descubierto al simonilla con toda su crudeza, cuyo defecto principal es la ineptitud y su principal valor es saber ocultar dicha ineptitud. A pesar de todo, resulta difícil convencer a la gente de que Simón e Illa son simonillas, porque, una vez alcanzada la posición, el simonilla es casi invencible en su ambiente. Sus formas producen una irresistible admiración desde las alturas.

Del simonilla no se ve la esencia. Sólo se ve el envoltorio. Un envoltorio sencillo y eficiente. O efectista, porque dentro no hay nada y el primero que lo sabe es él mismo. El simonilla es como ese regalo de broma envuelto en lazos y papeles de colores, contenido en una caja tras otra, hasta comprobar que lo que parecía un objeto especial resulta ser un objeto vulgar, como una pelota de tenis usada. Toda esa postura, la mirada, el tono, el timbre, los gestos, las pausas, todas esas apariencias de crédito conforman la parafernalia del simonilla.

Son los lazos y el papel de colores. Al simonilla los elogios de los interesados y de los incautos le adornan y le encastillan. Para descubrir al simonilla sólo hay que tirar de la cuerda. Pero no es fácil, incluso ante la evidencia, de la que se escabulle sin esfuerzo. Su servilismo le protege hasta que su falsa reputación le coloca. Una vez alcanzados sus propósitos a ver quién llega a desenvolverle. Su inacción es tomada como prudencia y sus errores son obviados igual que sus mentiras son enterradas.

El simonilla se apropia de los aciertos de otros y sabe venderlos a buen precio. Sus suaves maneras lo son todo y esos aciertos robados, también los propios (los menos, conseguidos de casualidad o no), se extienden como una lluvia que acaba con toda oposición. El rumor de los que saben quién es le persigue siempre, pero el simonilla sabe mantenerlo a raya desde el púlpito al que ha llegado tras lo que algunos llamaron “El triunfo de la sobriedad”.

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