El sonido característico

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Yo quiero que mis vecinos no griten a las cuatro de la tarde al menos los fines de semana y que no pongan a Pitbull a todo volumen a las dos de la madrugada de, por ejemplo, un martes, pero no por ello despertarme cualquier día sobresaltado por el sonido característico del fusil de asalto AK-47...

 

Leo con envidia que en Controne, un pequeño pueblo al sur de Nápoles, el ayuntamiento impondrá multas a los dueños de perros que perturben con sus ladridos el silencio del tiempo dedicado a la siesta y al descanso nocturno. Se supone que esos propietarios van a saber captar la indirecta de que, si sus canes no pueden ladrar a esas horas, ellos tampoco lo podrán hacer. He aquí un ayuntamiento inteligente aunque también quizá demasiado confiado en la inteligencia de sus vecinos. Los míos necesitan con urgencia una ordenanza igual que esta. Nunca acudo a las reuniones de la comunidad pero me planteo muy seriamente presentarme en la próxima con el edicto italiano en las manos para proponerlo y además ampliar su obligatoriedad al género humano pues mucho es confiar para mí, al contrario que los napolitanos, en su capacidad cognitiva. Ya imagino las caras, precisamente de perro, de mis queridos munícipes ante mi propuesta. Veo sus lenguas fuera debido al calor y al jefe de la manada (en las reuniones vecinales siempre hay un jefe de manada o de rebaño que trata con displicencia al pobre administrador) obviando mi sugerencia, fundamentalmente por no comprenderla, y pasando al siguiente punto del orden del día que sin duda sería algo más ligero como discutir sobre la legalidad de algunas pérgolas. Pero no debería de pararme ahí. Yo tengo esperanza en el nuevo ayuntamiento de Madrid, mi ciudad, y su querencia por las innovaciones alegres, máxime si acarrean algún tipo de control. Tengo fe en Carmena y sus drugos para elevarles mi demanda, aunque temo que tendré que mostrarme muy específico no vaya a provocar con mi petición que saquen definitivamente los kalashnikov como algunos están deseando, o incluso algo peor. Yo quiero que mis vecinos no griten a las cuatro de la tarde al menos los fines de semana y que no pongan a Pitbull a todo volumen a las dos de la madrugada de, por ejemplo, un martes, pero no por ello despertarme cualquier día sobresaltado por el sonido característico del fusil de asalto AK-47 tal y como se lo mostraba el sargento Highway a sus reclutas. Yo sólo quiero una especie de ley Pixar, esos genios: una película de animación con objetos, cosas o animales con sentimientos humanos como protagonistas y final feliz. Una puesta en escena de nuestras riquezas y miserias delante del espejo. La solución de mis desvelos puede estar en Controne, tengo fe. Y no creo que ocasione mucha polémica una ampliación inequívoca del alcance de la ordenanza para los mismos dueños de los perros, incluso aunque no los tengan. La semana pasada mi hija de un mes de edad lloraba amargamente porque la habían despertado los del piso de abajo. A propósito, ahora tengo mis dudas sobre el éxito de la norma porque, en este caso, no hubiera sido capaz de identificar con seguridad la verdadera, no identidad, sino especie de los inquilinos. Podrían haberse ido de rositas aduciendo su naturaleza orca, un suponer, y yo padecer para siempre el estigma del vecino impotente que sufre el perjuicio constante de un bar ruidoso debajo a pesar de las repetidas denuncias. Pero yo confío en Carmena que ha prometido una ciudad más justa. Mi iniciativa tiene visos de prosperar en ese marco, pero también pudiera ser que lo anunciasen, o que lo desmintieran en la web de la verdad (lo cual es lo mismo pero mucho más práctico), y que se produjese una manifestación (la horma del zapato/a del nuevo ayuntamiento madrileño) masiva de dueños de perros y con ella se diera al traste con mi proyecto cívico. Las multas en Controne, desde hoy ya mi Ítaca personal, oscilan entre los veinticinco y los quinientos euros, lo cual, agotada la paciencia y toda esperanza en mis congéneres, brilla en mi horizonte como un revolucionario y al mismo tiempo antiguo (ideal dado el posible depositario de mi instancia) método para convertir a los vecinos, casi mágica y muy democráticamente, en ciudadanos.