El súperciudadano Correa

0
258

 

El destino hace que un periodista, de vez en cuando, se tope con la realidad. A mí me ocurrió eso el 16 de noviembre de 2006, cuando caminé Quito para entender el porqué del buen rollo que se vivía en la ciudad. La gente asistía a los centros de votación ilusionada, dispuesta a dar un giro al país al elegir como presidente a un tipo sin partido político clásico que los respaldase, sin fortuna personal que lo avalase y sin más armas que un verbo poderosos y unas propuestas a caballo entre la socialdemocracia y el social populismo. El voto indígena pesó de manera sustancial, el voto popular, también.

 

[Aclaro, antes de seguir, que no tengo ni problemas ni complejos con el populismo, aunque esta palabreja sea la cortesana de la política y el terror de los que apuestan por la democracia elitista alejada de las masas que se practica por los nortes políticos].

 

Asistí a la llegada de Rafael Correa a la presidencia de Ecuador con la misma alegría que lo hizo la inmensa mayoría de ecuatorianos. Olía a regeneración, a cambio de régimen. Y cambiaron muchas cosas, es verdad.

 

Correa se sacó de la manga el término “revolución ciudadana” y facilitó la realización de una Asamblea Constituyente que dotó al país, partiendo de un entorno bastante plural, de una Constitución de avanzada. Tinta sobre papel para decir que el país reconocía a los suyos, que eliminaba buena parte del pesado lastre de la herencia republicana criolla, que había muchas formas de vivir pero que se apostaba por el buen vivir…

 

En estos años, Ecuador ha hecho las cosas bien, al menos desde la óptica del crecimiento económico, de la innovadora gestión de la deuda –estableciendo cuál es legítima y cuál, no-, de cierta redistribución de la riqueza, del acceso a algunos derechos básicos negados por decreto a las mayorías durante siglos, y de un cambio de discurso radical desde el poder. Correa, en sus enlaces sabatinos, se acerca al pueblo para el que gobierna y desgrana proyectos, balances y agenda en un paso más allá de los “aló presidente” que puso de moda Chávez.

 

Pero el súperciudadado Correa es, al tiempo que el mentor, el peor enemigo de la “revolución ciudadana”. Su híperpersonalismo deja poco espacio –o ninguno- para el disenso o –lo que es peor- para la puesta en práctica de la Constitución. Los líderes indígenas en los que se apoyó para sustentar el poder ahora son enemigos mortales que él encarcela bajo cargos de terrorismo; su ADN conservador se destapa cuando el país trata de abordar temas espinosos como el aborto, los derechos igualitarios de la comunidad GLBTI o los derechos de participación sindical… Lo menos importante, a mi parecer, pero con lo que se quedan los medios occidentales, es su pulso con los medios de comunicación tradionales. En América Latina, éstos siempre han sido –y lo siguen siendo- la rueda engrasada que defiende los intereses de las élites –porque ellas son las dueñas de los mismos-.

 

Los medios quitan y ponen presidentes y Correa lo sabe. De ahí su ataque a los monopolios mediáticos –como hizo Chávez en Venezuela o Cristina Fernández en Argentina-.

 

El súperciudadano Correa, en todo caso, no admite recambio. Un error que le puede costar caro a su proyecto político. Aunque siempre he creído que entre Chávez y Correa se interpone algo más grande que los Andes, sí es cierto que el mandatario ecuatoriano debería aprender del fatal error de su homólogo venezolano: no tener una política que favorezca los liderazgos dentro de su entorno lleva a que un Maduro cualquiera dilapide un capital político enorme en un tiempo real récord.

 

Empieza nuevo mandato de Correa y es su oportunidad de regresar al espíritu de la Constituyente o, al menos, de generar nuevos espacios de participación política que consoliden el nuevo Ecuador del que, sin duda, él ha sido protagonista. Si no lo hace, cuando ya no esté, las élites tradicionales volverán al palacio presidencial y, entonces, Ecuador recordará estos años como un espejismo, como un tiempo de gracia en una historia truncada.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.