El taxi era una sauna

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El taxi que trasladaba a Faba hacia su trabajo, tenía los cristales empañados. Sentíase extraño el pasajero, como si viajara dentro de una crisálida. Llevaba el conductor la calefacción tan alta, que faltaba oxígeno en el automóvil; los cristales de las ventanillas iban tan cubiertos de vaho, que velaron de inmediato las gafas oscuras del cliente. Sin decir ni media palabra, bajó un poco el cristal para que entrase el aire en aquella sauna rodante. Volvió a recuperar la vista al asomarse por la rendija superior de la ventanilla. Pero si se acomodaba en el asiento, se sentía prisionero dentro de ese vehículo con las ventanas opacas. Apartado del mundo como en un manicomio, moverse por la ciudad sin verla, era una forma inesperada de quedarse ciego.

 

El conductor viajaba en camiseta de manga corta, con la nuca sudada. En cada parada de semáforo pasaba un paño por el cristal delantero. Ninguno de los dos dijo nada durante todo el trayecto. La radio se explayaba en sus boletines horarios, con noticias del mercado bursátil, que de tan incomprensibles se tornaban preocupantes. Cuando llegaron al final del viaje, al preguntar Faba el importe de la carrera, el joven rapado al volante cantó los euros y los céntimos con un profundo acento de las islas Canarias. Lo de la calefacción a todo trapo, debía ser consecuencia de la nostalgia climática de su paraíso atlántico.