El Tea Party: ¿una revolución de marionetas?

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En ‘American Grotesque’,  una de las crónicas más logradas de su libro Pulphead. Crónicas desde la otra cara de Estados Unidos (Mondadori, 2013)el periodista estadounidense John Jeremiah Sullivan escribe sobre un multitudinario desfile de estadounidenses de clase media, blancos y ultrarreligiosos en su mayoría, que han salido a las calles de Washington para mostrar su enfadado con el Gobierno Federal liderado por la Administración Obama. Aproximación al Tea Party.

 

Año 1814. La escena parece producto de un delirio provocado por una fiebre desbocada o por un brote de psicosis en plena fase productiva: el vulgo recibe al rey Fernando VII en las calles de Madrid al grito de ¡Vivan las caenas! Esa fue la bienvenida que muchos de nuestros antepasados dieron a la vuelta del absolutismo monárquico, tras la promesa fracasada de un futuro menos indigno contenida en la Constitución de 1812. Se cuenta que algunos de aquellos antepasados nuestros que salieron a las calles de la capital del reino a dar la bienvenida a Fernando VII –ni el primero ni el último de los gobernantes españoles que se pueden calificar de idiotas nocivos-,  no contentos con mostrar su entusiasmo coreando lemas monárquicos, desuncieron los caballos que tiraban de la carroza del monarca y se uncieron ellos mismos actuando como fuerza motriz de la carroza real.

 

 

Año 2009. En ‘American Grotesque’,  una de las crónicas más logradas de su libro Pulphead. Crónicas desde la otra cara de Estados Unidos (Mondadori, 2013), el periodista estadounidense John Jeremiah Sullivan escribe sobre un multitudinario desfile de estadounidenses de clase media, blancos y ultrarreligiosos en su mayoría, que han salido a las calles de Washington para mostrar su enfadado con el Gobierno Federal liderado por la Administración Obama. La clase media estadounidense ha venido perdiendo poder adquisitivo desde los años 70. Mientras, en Estados Unidos no han dejado de crecer las fortunas de unas élites a las que suelen referirse como el 1% de la población. En este sentido, el enfado de una buena parte de la población estadounidense tiene razones legítimas para mantenerse en plena ebullición. ¿Es el movimiento republicano del Tea Party el indicado para canalizar ese descontento?

 

12 de septiembre de 2009. Escribe Sullivan: “La fecha de esta manifestación se ha escogido cuidadosamente. De hecho, la fecha da nombre a la marcha. Esta es la marcha del 12/9. «12/9» hace referencia a un movimiento iniciado por Gleen Beck, del canal Fox News”. Un movimiento iniciado por uno de los presentadores estrella del –a menudo falsario- canal de noticias Fox News.

 

Ante el cronista una masa de cientos de miles de manifestantes que en su mayoría, creo que conviene insistir, son blancos, de clase media, cristianos militantes y exigen menos gobierno y menos impuestos como la panacea para muchos de los males del país: reivindicaciones que curiosamente son compartidas por buena parte de la clase empresarial estadounidense. 

 

“Sólo se vislumbra a un contramanifestante”, escribe Sullivan, “si es que lo es. Lleva traje y una pancarta en la que se lee: IMPUESTOS A LOS RICOS. Permanece quieto en medio de la marea humana que fluye, de modo que no puedes evitarlo. Su pancarta desconcierta a la gente”.

 

Esa misma noche, terminada ya la manifestación, Sullivan se reúne con un primo suyo que trabaja en el negocio de los seguros de salud privados, y que ejerce como lobista Washington tratando de influir en los senadores estadounidenses con un claro objetivo: que no se apruebe el Obamacare, como se conoce a la propuesta de la Administración Obama para abaratar el acceso a la salud de millones de estadounidenses. Buena parte de toda la deuda privada de los estadounidenses está relacionada con servicios sanitarios.

 

Sullivan le pregunta a su primo qué relación tienen todos los interesados en que no se apruebe el Obamacare –las aseguradoras, por ejemplo- con la manifestación que ha ocupado unas horas antes las calles de la capital: “Mi primo negó cualquier conexión. Me dijo que él y sus colegas consideraban a los manifestantes como mucho como «una distracción bienvenida», lo cual deduje que quería decir que daban un útil lustre populista a lo que sigue siendo una discusión entre los poderosos sobre cómo se van a acordar estas cosas”.

 

 

Año 2012. Entrevista que le realizan a Sullivan tres años después de haber escrito su crónica sobre la marcha del Tea Party, durante la promoción de su libro Pulphead:

 

-¿Ha cambiado tu perspectiva sobre el Tea Party desde que escribiste  «American Grotesque»?


Sí, ha cambiado. Mi percepción del Tea Party y de los cristianos evangélicos en América se ha convertido en algo mucho menos amable. No es que repudie lo que escribí –me alegra saber que era más inocente en aquel entonces, pienso que muchas cosas que reconocí en aquellas personas eran reales. En aquella época, tenía una cierta frustración con el modo en el que se les describía en la prensa estadounidense, [que les trataba] como si fuesen sofisticados actores políticos. Cuando hablas con ellos, en un 99% de las ocasiones descubres que no han leído nada sobre política que no sean cosas que confirmen sus pre existentes puntos de vista. En este sentido, no son sofisticados. Su ideología está siendo alimentada por gente que no es necesariamente más inteligente que ellos pero que sí comprenden mucho mejor el modo en el que funciona el mundo. Por tanto, siento que son al mismo tiempo víctimas y autores del crimen.

 

 

 

-LECTURA COMPLEMENTARIA-

 

 

Convesación desesperada*

de James Tate (Arkansas, Estados Unidios, 1943)

 

Le pregunté a Jasper si tenía alguna posición acerca de la revolución que se avecina. «No sabía que hubiera una revolución avecinándose», dijo él. «Bueno, la gente está bastante disgustada. Podría haberla», le dije. «Me gustaría que simplemente no inventaras cosas. Siempre tratas de tomarme el pelo», dijo él. «Hay soldados en todas partes. Es difícil decir de lado de quién están», dije. «Están en contra de nosotros. Todo el mundo está en contra de nosotros. ¿No es eso lo que crees?», dijo él. «No todo el mundo. Hay algunos rezagados que se han perdido y que todavía creen en alguna cosa u otra», dije. «Bueno, eso me da esperanza», dijo él. «Nunca abandones la fe», le dije. «¿Quién dijo que alguna vez tuve alguna?», dijo él. «Qué vergüenza, Jasper. Es importante creer en la causa», dije. «¿La causa por la que pretendes llevarnos a todos hacia el fondo de un hoyo?», dijo. «No, la causa de la gente que se une para luchar por sus derechos, libertad y todo lo demás», dije. «Bueno, eso lo perdimos hace tiempo. No tenemos derechos», dijo. Los siguientes minutos nos quedamos en silencio. Yo me distraje mirando por la ventana a un conejo en el jardín. «Estaba diciéndote todas esas cosas para entretenerte», le dije, finalmente. «Yo también», dijo él. «¿Crees en Dios?», le pregunté. «Dios está en prisión», me dijo. «¿Qué hizo?», dije. «Todo», dijo él.

 

 

 

*Traducción del poeta peruano Diego Otero.