El tenderete

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Ahora Pablo Iglesias es el más popular del instituto con su radicalismo de contrabando, el líder de esos mulas que llevan su cargamento narcótico metido por los orificios.

 

Podemos es el éxito fulgurante que hubiera querido Rosa Díez para sí. Al final no bastaba con buscar entre los restos, en los descuidos o en las vanidades. El secreto era el tenderete: cuatro palos y una toldilla. Nada de mítines para la parroquia alzando los brazos como un Cristo Redentor, igual que ayer Cañete con su pírrica victoria en su pírrica sala de prensa, o como ella misma el día de su reelección al frente de UPyD. Mucho tuiter y mucha tele (como mucha mili) donde enfrentarse a los gastados políticos de siempre, aunque sea con chavismos, correísmos y aberraciones similares, o precisamente con ellas. El marketing exige golpeo. Una campaña ideada para alcanzar el poder y después el abismo. Nada nuevo. En esa carrera hacia el acantilado todos los partidos son esos adolescentes de ‘Rebelde sin causa’ acelerando sus coches (el pueblo) para frenar al borde del precipicio. Ahora Pablo Iglesias (no sabe uno por qué le recuerda a Teen Wolf) es el más popular del instituto con su radicalismo de contrabando, el líder de esos mulas que llevan su cargamento narcótico metido por los orificios, mientras de boquilla propugnan el Ministerio de la Felicidad. Los dos grandes partidos, de los que depende el futuro, están a tiempo de evitar el pillaje político, de mayor y menor grado, al que se ve sometida España por su propia culpa, primero por ejercerlo, y segundo por haber permitido su escalada por falta de cuidados. De responsabilidad. De educación. España es un cuerpo lacerado en cuyas llagas se ceban los oportunistas, como los microbios, esos vendedores de crecepelo del Lejano Oeste con sus llamativos carromatos, que se presentan como la solución al hastío. Pero al menos como aviso uno cree que es positivo. Y necesario. Las elecciones europeas en el fondo han venido a avisarnos, a avisarles, (otro tema es que se enteren o quieran enterarse) de que lo de la casta es cierto. Tan real como un millón y medio de votos que para sí los hubiera querido Rosa de España en cuatro meses, y que igual los hubiera conseguido si en vez de montar una estructura clásica, anacrónica más bien, se hubiera decidido por un tenderete (aunque de ella se desprende que antes muerta que sencilla), mucho más cómodo, que lo mismo se puede plegar y llevárselo uno a casa como extenderlo en la mismísima Puerta del Sol.