El testamento de Umberto Eco. (Docena para adocenados)

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                                               Frecuentar enanos deforma la espina dorsal

                                                                                              Stanislaw J. Lec

 

 

Sobrevivimos bajo el signo de un “politeísmo” de usar y tirar, de dioses con obsolescencia planeada, en una suerte de sincretismo sin límites o novedosa “orgía de la tolerancia”, con características inéditas antes de la “imparable” irrupción de la cultura digital. (He ahí, acaso, la más brutal paradoja: obsolescencia imparable…). Tras el último libro compuesto por el propio autor, De la estupidez a la locura (Lumen, 2016), y que por muy poco vio la luz a título póstumo, la misma editorial acaba de publicar A hombros de gigantes, una recopilación de ensayos y conferencias de Umberto Eco (Piamonte, 1932–Milán, 1916) que bien puede ser considerado su testamentario diagnóstico de nuestra época. En aquella entrega anterior el semiólogo italiano se desgañitaba en contextualizar sus polémicas declaraciones en una entrevista, a saber: que las redes sociales significan “la invasión de los imbéciles”, ya que “dan el derecho a hablar a legiones de idiotas, que antes lo hacían en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Estos eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. El drama de internet –agregaba– es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”. Eco alertaba ahí sobre la “falta de filtros”, lo que propicia que la opinión de cualquiera, con fundamento o sin él, posee el mismo valor.

 

En el nuevo libro, fruto de sus lecciones magistrales en el Festival de La Milanesiana, por él mismo promovido, entre 2001 y 2015, el comunicólogo hace hincapié en la hipertrofiada generación de banalidades y peligrosas hipótesis sobre “complots inexistentes”, y analiza en profundidad ciertas innovaciones –“sin precedentes en la historia”, enfatiza– que impone el rodillo de una cultura entronizada en internet. A modo de doce preceptos –como tirones de orejas en un mundo de adocenados–, he aquí la síntesis de algunos de sus signos (y síntomas) más destacados.

 

1. Sin precedentes histórico. Eco alerta sobre una cuestión fundamental: nunca antes, desde la Antigüedad clásica hasta el mismísimo posmodernismo de finales de los años 80, se había dado un tiempo que, como ocurre hoy día, prescindiera por completo de algún tipo de referencia al pasado cultural para su propia inspiración y legitimación. “La palabra modernus aparece hacia el siglo V después de Cristo, cuando se instauran las nuevas lenguas europeas, tal vez el elemento más innovador y más revolucionario de los últimos dos mil años desde un punto de vista cultural”, define. Aunque de un modo todavía inconsciente, a partir de entonces se instaura una especie de histórico “orgullo de la innovación”, sobre la secular dialéctica entre lo antiguo y lo nuevo, que hoy parecería laminada.

 

2. El extinto ‘puer senilis’. Algo impensable en el actual culto al cuerpo, “en la Edad Media se creía, por ejemplo, que los antiguos tenían mayor belleza y estatura”, y se privilegiaba una figura que se ha extinguido sólo en tiempos muy recientes: el puer senilis (niño senil), esto es, el joven que poseía a la vez los valores de la juventud y las virtudes de la madurez. Pero en la actual orgía de paradigmas, y en un mundo de viejóvenes, no existen ya, propiamente, “valores de juventud” –en generaciones que viven materialmente agazapadas en sus mayores– ni “virtudes de madurez” –en generaciones cuyo saber analógico ha quedado obsoleto para moverse en un mundo virtual.

 

3. Gigantes como molinos. Lo relevante es la ruptura con la tendencia histórica de cada época a apreciar “gigantes” en el pasado para encaramarse en ellos y proyectarse. Hasta las más rompedoras vanguardias históricas precisaban cimentarse sobre algún modelo anterior. “Con su coche de carreras, Marinetti entra en la Academia de Italia; Picasso llega a desfigurar el rostro humano partiendo de una meditación sobre los modelos clásicos y renacentistas y acaba reinterpretando a los minotauros; Duchamp pone bigote a La Gioconda, pero necesita a La Gioconda para ponerle su bigote… y el novísimo Ulises de Joyce se instaura asumiendo la narración homérica”. Es lo que, a su juicio, desmarca también al vacío actual de la posmodernidad, que precisaba situarse frente a la modernidad, y de ciertos axiomas sobre el relativismo, del abuelo Nietzsche…

 

4. El fin de la dialéctica padres / hijos. Lo que ha dado al traste, en definitiva, es la secular dialéctica entre padres e hijos, el denominado conflicto generacional (hoy, en todo caso, abrupto o disputado pero no dialéctico), al punto de que el principio mismo de parricidio está en crisis, señala. “El elogio de los más antiguos era el gesto mediante el cual los innovadores buscaban las razones de la propia innovación en una tradición que los padres han olvidado; la protesta contra los padres, o el parricidio mismo, se hacía siempre por medio del recurso a un antepasado, que se consideraba mejor que el padre al que se intenta matar”, explica.  El caso más ilustrativo –aunque en realidad es una constante de discontinuidad histórica– es el del Renacimiento, que elimina a los padres medievales recurriendo a los abuelos del clasicismo.

 

5. El otoño del 68. El último gran intento de parricidio histórico netamente juvenil fue, a su juicio, el Mayo del 68. Los jóvenes de entonces buscan su autorictas en la recuperación de iconos del pasado (Marx, Lenin, Mao Tse Tung…), es decir “gigantes” contra los que oponer “la traición burguesa acometida por los padres de la izquierda parlamentaria”. Por última vez, ese neto invento generacional, cuenta, inclusive, con un modélico puer senilis, el Che Guevara, “muerto joven, pero transfigurado por la muerte como portador de todas las antiguas virtudes”.

 

6. El actual rebumbio intergeneracional. Para que se produjera el histórico parricidio se requería –sugiere Umberto Eco– “un modelo paternal muy sólido y fuerte”, y también eso se ha ralentizado. En realidad, los padres no precisan ser fuertes ni acorazarse, al no sentir sus también débiles preceptos amenazados. Pues, por primera vez en la historia, enfatiza el comunicólogo, una generación de jóvenes se desentiende de crear mitos rompedores. Y es que, “por primera vez, las modas aceptadas por generaciones más jóvenes son producidas por adultos entrados en años. (…) El ordenador entra en casa de la mano de los padres, entre otras cosas por razones económicas, y los hijos no lo rechazan”. Al fin, los nuevos artefactos –el ordenador y el móvil– no dividen a las generaciones, ya que “no ha habido revolución, sino una simple oferta universal y transgeneracional”. El actualmente sexagenario Bill Gates –ilustra Eco– produjo una “oferta sagaz, estudiada para interesar tanto a los padres como a los hijos”.

 

7. La old ‘New Age’. Pródigo en ilustraciones que amenizan la lectura, Umberto Eco da cuenta de cómo, en realidad, “la New Age ha sido controlada, desde el origen, por viejos vivales de los medios de comunicación de masas, y si algún joven huye hoy día a Oriente es para echarse en los brazos de un gurú viejísimo con muchas amantes y numerosos cadillacs”. De ahí que los medios de comunicación de masas ya no presentan un modelo unificado. “Pueden recuperar incluso, en un anuncio publicitario destinado a durar solo una semana, todas las experiencias de vanguardia y volver a descubrir al mismo tiempo una iconografía decimonónica”, analiza. Y, ciertamente, “entre nuevas propuestas y ejercicios de nostalgia”, la televisión convierte en transgeneracionales los modelos más diversos: Fred Astaire o John Wayne están catódicamente tan presentes como Robert de Niro, el Papa Francisco o Richard Gere, y Rita Hayworth como Teresa de Calcuta, Julia Roberts o Lady Di…

 

8. Locos por la paradoja. Eco denuncia, asimismo, el desbordado culto que se les rinde hoy a las falsas paradojas y a lo que denomina aforismos “cancerizables”: sentencias banales que también significarían si se les diera la vuelta. Entre emoticonos de asombro pueril y expresiones de uso fácil (como, en nuestro entorno, “¡Qué fuerte!”, “Eso no, lo siguiente”, “Me está rayando”, “Y digo: ‘¡uf, ¿y esto?…!’”, etcétera), tendemos a llamar paradoja a cualquier cosa, incluso a muchas que son meras contradicciones o antinomios. “A menudo escuchamos frases –señala Eco– como “es paradójico: es él quien ha chocado conmigo y pretende que yo me haga cargo de los daños”, o bien “es paradójico que su mujer haya muerto justamente el día de su boda”. Pues bien, en ninguno de los dos casos estamos ante paradojas. En el primer caso se habla de algo sencillamente desagradable o absurdo; en el segundo de una desgracia inusitada”. Un caso típico de mera antinomia es, por ejemplo: “Estoy mintiendo”; si fuese verdadera, ya no se estaría mintiendo, y si fuese falsa, ya no sería verdad que estoy mintiendo…

 

9. “Reflexiona antes de pensar”. Eco revela que, tan a contracorriente de la inmediatez y celeridad actuales, ése es su aforismo favorito, de quien considera uno de los mejores cultivadores del género contemporáneos, el escritor polaco Stanislaw J. Lec (1909–1966). De veras resultan punzantes algunos los que entresaca de su libro Pensamientos despeinados: “¡Si se pudiera amortizar la muerte durmiéndola a plazos!”; “Se abrazaron tan estrechamente que no quedó espacio para los sentimientos”; “Tenía la conciencia limpia. No la usaba nunca”; “He soñado con la realidad. Con qué alivio me he despertado”; “Ábrete Sésamo. Quiero salir”; “¡Quién sabe lo que habría descubierto Colón, si América no se hubiese interpuesto!”… Pero para el tema que aborda Eco, éste resulta especialmente elocuente: “Frecuentar enanos deforma la espina dorsal”. Aunque, ciertamente, el mejor revulsivo en estos tiempos de chateos casi eléctricos es ese sabio consejo: “Reflexiona antes de pensar”.

 

10. El origen de la contradicción. Haciéndose eco de la famosa definición de Dino Formaggio, “El arte es todo lo que los hombres llaman arte”, sitúa el origen del embrollo actual en la consumación de un muy concreto antagonismo: “La primera mitad del siglo XX fue el escenario de un trágico combate entre la belleza de la provocación o de las artes de vanguardia y la belleza del consumo”, y la balanza se ha inclinado de este lado; compramos arte de vanguardia vestidos y maquillados con grandes marcas.

 

11. Sobre lo bello y lo feo. En nuestro gusto por los alienígenas simpáticos, en la saga de ET, e incluso por lo mostrenco y las representaciones del horror, observa Eco una cierta correspondencia de nuestro tiempo con el Medievo. Ya en su día habló de una nueva Edad Media como metáfora de la nueva estructura económica y social, con ricos cada vez más enriquecidos, como señores feudales, y una amplia base de desclasados, como nuevos siervos de la gleba. Pero, con más flagrante rigor, se cumple hoy un parecido hiato entre lo bello y lo bueno. Si en el canon clásico la belleza era sinónimo de proporción e integridad moral, y la fealdad física era su reverso, idéntica a la fealdad moral, hoy cada uno de esos conceptos trabaja por su cuenta. “Lo bello es algo que observamos con distancia, mientras que lo bueno lo quiero para mí”, explica. “La belleza es contemplada sin pasión, y por eso no puede ser definida de un modo universal. Lo feo, en cambio, lo que consideramos horripilante, es pura pasión”. No por nada, el diccionario ofrece muchísimos más sinónimos para definir lo feo que lo bello. Y un siniestro signo actual: “El terror puede ser placentero si no nos afecta muy de cerca”, asevera Eco.

 

Y 12. Tiempo de enanos. A hombros de gigantes, la frase que da título al libro, procede de una célebre sentencia del siglo XII, del erudito francés Bernardo de Chartres: “Nosotros somos como enanos que están a hombros de gigantes, de modo que podemos ver más lejos que ellos no tanto por nuestra estatura o nuestra agudeza visual, sino porque al estar sobre sus hombros, estamos más altos que ellos”. Eco recuerda que el aforismo se hizo muy popular en el medievo porque, justamente, permitía resolver de forma no revolucionaria el conflicto entre generaciones. La imagen ha perdurado hasta épocas muy recientes. Pero, en cambio hoy el pronóstico se invierte: “Existe el peligro de que, en una situación de innovación ininterrumpida e ininterrumpidamente aceptada por todos, legiones de enanos se sienten sobre los hombros de otros enanos”. Aunque, muy a la italiana, el catedrático de Bolonia sopesa después: “Tal vez en la sombra se muevan ya gigantes, que desconocemos todavía, dispuestos a sentarse sobre nuestros hombros de enanos…”.

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Antonio Puente (Las Palmas de Gran Canaria, 1961) es escritor, periodista y crítico literario. Escribe en los diarios La Razón y La Provincia, y en diversas etapas ha colaborado con El País y ABC. Es autor de ensayos como Poesía y posmodernidad y Crítica de la razón comunicativa, y de poemarios como Contraluz o el mar liquida su comercio, Agua por señas, Sofá de arena y Ojos de garza. En la actualidad es director de Comunicación de la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino, en Las Palmas.

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