El tiempo no lo cura todo…

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«El tiempo no lo cura todo, lo acostumbra, pero no lo cura», leo a Miguel Delibes. Tan obvio, tan real, tan común… que me obliga a detenerme. La dureza inexorable del pasar de los días. La obligación de tener que acostumbrarnos a esta nueva situación en nuestra vida. Dura. Inevitable. Demoledora. Entonces rescato a Vicente Aleixandre cuando decía aquello de «la decadencia añade verdad, pero no halaga porque sigue tan vivo y tan certero». Sin darte cuenta «un día algo de eso que creías superado, regresa, te toca, te mueve en el mejor de los casos; en el peor, te sacude, te zarandea», dejaban caer acertadamente en una conversación cercana. La crueldad de lo evidente.

Vivir ese tiempo depende exclusivamente de la fe, entusiasmo e interés que pongamos en las labores que hacemos para llenarlo y de la historia que nos quede de su paso en nuestra memoria. Antonio Lucas escribía, «todo pasa demasiado rápido. El tiempo impone lecciones magníficas sobre el tiempo mismo, sobre lo que acarrea y sobre lo que disuelve. Imagina a quien tanto amaste. A quien odiaste quizá un día irremediablemente. Qué queda de aquello. En qué lugar del cerebro está el cementerio o desguace de emociones que alguna vez temimos no poder dejar atrás. Debe de existir un depósito para nuestra propia chatarra, allí donde se aloja el excedente de las alegrías, los terrores, los desconciertos y las dudas que hoy no sirven o tienen la misión cumplida. Otras se hicieron con su sitio». La vida, tal cual.

En La peor parte Fernando Savater muestra su estupor y enfado ante tópicos que se agradecen, pero…: «Otros amigos del tópico —los que más consiguen irritarme— me informan para tranquilizarme del analgésico que acabará con mi pena: «El tiempo todo lo cura». Sí, por ejemplo, la vejez, ¿verdad? ¡Menuda gilipollez! Para empezar, salvo que aludiendo al tiempo se quieran referir a la muerte (medicina que nada sana, pero todo lo extingue: ¡para acabar con las jaquecas, lo mejor es la guillotina!), el paso del tiempo cura tan escasamente como el espacio, según advirtió Jean François Revel. Los días y los años enquistan el dolor, lo esclerotizan, convierten la tumba en pirámide, pero no fertilizan el desierto que la rodea. En algunos casos logran embotar la sensibilidad —lo cual para muchos parece ser suficiente—, pero no cierran la llaga, si es que realmente la hubo; sólo nos familiarizan con el pus».  Y, efectivamente, el entorno. Comienza a desgastarse porque no sabe exactamente la forma de atajar algo que va a más y tú te conviertes en una persona casi ridiculizada a la que le cuesta mostrar qué le pasa. Entras en esa espiral que empieza a retroalimentarse y te encuentras realmente perdido. Temes, entonces, caer en la autocompasión y comienzas a creer que exageras. «El dolor se convierte en una pesadez para amigos y conocidos, quienes, pasado un tiempo prudencial, piensan que ya se ha superado y es de malísima educación hacer ostentación de ese duelo». Entonces, «se dirá que tenemos / en uno de los ojos mucha pena / y también en el otro, mucha pena / y en los dos, cuando miran, mucha pena», escribió el poeta César Vallejo.

Rosa Montero recordaba, «es increíble lo rápido que pasa el tiempo. Diez años ya…». Se cumplían diez años del fallecimiento de Pablo Lezcano. «Hay que llegar a cierto acuerdo con la muerte a la que nos acercamos inexorablemente aunque nos empeñemos en no pensar en ella, ni en la de nuestros seres queridos. Pensar en la muerte es, en realidad, conversar sobre la vida. He sentido a Pablo junto a mí de vez en cuando; y me ha ayudado a no caerme en un par de tropezones…». Precisamente, Amos Oz le dijo en otra entrevista: «Siempre llevamos a nuestros muertos con nosotros».

La palabra y el lenguaje alcanzan a redimir y salvar a la persona de la soledad y del demoledor paso del tiempo. La literatura se convierte, afortunadamente, en una alternativa ante una vida insatisfactoria, rota y un entorno hostil. Muchos han sido los escritores que han hecho un delicado trayecto a través de su obra sobre la pérdida, el adiós o la muerte del ser querido. «Estuvimos juntos treinta años. Yo tenía 32 cuando nos conocimos, 62 cuando murió. El alma de mi vida; la vida de mi alma». Estas palabras son de Julian Barnes tras perder en 2008 a su mujer, Pat Kavanagh. La autora estadounidense Joan Didion sufrió la pérdida de su marido, el también escritor John G. Dunne y su hija Quintana. El año del pensamiento mágico es la crónica devastadora de lo que ocurre cuando «la vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba».

Este repaso quedaría descabalgado sin También esto pasará, de Milena Busquets, toda una escritura de duelo y de superación ante la pérdida de la madre: «Ya no puedo abrir un libro sin desear ver tu cara de calma y de concentración, sin saber que no la veré más y, lo que tal vez sea incluso más grave, que no me verá más. Nunca volveré a ser mirada por tus ojos. Cuando el mundo empieza a despoblarse de la gente que nos quiere, nos convertimos, poco a poco, al ritmo de las muertes, en desconocidos. Mi lugar en el mundo estaba en tu mirada».

Durante estos últimos meses he comprendido que conviene tener a mano a Ferlosio: «Decir que el tiempo todo lo cura vale tanto como decir que todo lo traiciona. ¿Sabré sobrevivir sin traicionar?». Y si lo queréis más certero nada mejor que un acertado Luis Miguel Dominguín charlando con Rosa Montero (podéis leerla en El arte de la entrevista): «Pase lo que pase en la vida nunca pasa nada. Sólo hay dos cosas importantes: que naces y te mueres. Y lo demás son tiquismiquis».

Nos pasamos la vida diciendo que el tiempo es oro… pero esta época nos la está convirtiendo en calderilla. «Recordar es obsceno, / peor: es triste. Pero olvidar es morir», decía Vicente Aleixandre.

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