El tío Pepperoni

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Foto en el restaurante de Pepperoni. Lima, 1993. Foto de Ronald Urquizo.

Era una pizzería angosta: dos o tres mesas, un mostrador, el horno.

El dueño era un gordo. Sesentón, colorado, de modales exagerados y a veces renegón, tal vez uno de esos desempleados víctima de las privatizaciones de Fujimori.

Otro más de los que se lanzaron a la calle a reinventarse.

Una vez lo fuimos a molestar para que auspicie a nuestro equipo de fútbol. Donó 100 soles. No mucho más de lo que gastábamos entre cerveza y comida. El dinero pagó el costo de la impresión de las camisetas.

Al lado del escudo, sobre el pecho, imprimimos el logo de la pizzería: Zío Pepperoni.

No había demasiados sitios para reunirse. El bar más cercano estaba a cierta distancia. No todos teníamos auto. Pepperoni–así lo llamábamos al viejo– hizo un buen negocio acomodándonos en una mesa hecha de varias mesas, a la puerta de su restaurante. Los primeros juntaban las mesas durante la tarde, los demás íbamos llegando. Siempre cerrábamos: 9 ó 10. Nuestra mesa le daba a Pepperoni un aire de celebración.

Ese mes de marzo habían empezado a construir el nuevo edificio administrativo. Restringieron el acceso por la Javier Prado y abrieron otro por la calle Cruz del Sur, al costado de la Facultad. Qué conveniente. A veces algún amigo me hacía señas desde la ventana de la puerta del salón. Yo salía al pasillo y nos escabullíamos por Cruz del Sur.  Nos tomábamos una jarra de cerveza y volvíamos a escuchar el final de la clase.

Ese día no fue diferente. Creo que había tenido una clase de musicalización con el idiota de Reátegui y me había escapado antes del final. Estaba quejándome de Reátegui (siempre me quejaba). O tal vez estaba metido en una de esas conversaciones improductivas sobre nuestros equipos de fútbol.

***

No sé por qué les cuento esto.

Tal vez porque hace unas semanas me avisaron que Roberto Huarcaya presentaba su obra en una galería de Nueva York y, buscando entre las fotos que tomé para su taller, me encontré con ésta.

Es una que reveló Ronald. Recuerdo haberla visto en la oscuridad del laboratorio, entre la serie de imágenes que fue mi proyecto final: las tumbas del cementerio en el arenal de Huaycán.

En la foto no hay tanta información. Sin embargo está la idea general de lo poco que recuerdo. Ahí está Ken, Rubén y Uwe. A Sandro se le ve de costado. Me parece que estoy hablando con Alfredo. No sé muy bien qué hacían ahí Cristian y Gisele. Tal vez nos íbamos a ir todos a otro lado, esa noche, después de cerrar.

Sé que Lima estaba nublada.

 

 

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