El trasquilador de poesías: (Ficcionalización de un presente #2)

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After all, if I can invent poetry why can´t I invent the meaning? 

(John Ashbery, Other Traditions)

 

Estudios de televisión Alfa Siete. Alrededor de una mesa se encuentran el famoso entrevistador P. de Juan (P punto, como todo el mundo le conoce) y sus tres invitados del día. El resto, además de un público que se sienta en estrados a escasos metros, es solo sonido de equipos técnicos y algunos flashes de luz que deslumbran aquí y allá.

P. de Juan se dirige a sus tres invitados para indicarles que el programa va a comenzar;

P punto; –Ahora haré una señal para que todos sepan que entramos en el aire, que nos están viendo. Luego les presento e iniciamos el diálogo. ¿Alguna pregunta?

P punto eleva el brazo derecho y se hace el silencio en el estudio de televisión. Al bajarlo su mirada se ha dulcificado. Sabe que su rostro ocupa ahora toda la pantalla.

P punto; –Hoy tenemos con nosotros a unos invitados especiales. Yo diría que muy singulares. Invitados de esos con los que te gustaría tener tiempo indefinido para charlar, pero desgraciadamente no es ese nuestro caso, así que paso ya a presentarles. Tenemos, en primer lugar a Jean François.

Un arranque de aplausos se escucha en el centro del estudio. Escaso entusiasmo.

P punto; –Jean François ha dedicado toda su vida profesional al escenario; ¿no es así Jean François?

Jean François, un hombre de edad madura con chaqueta verde esmeralda de terciopelo y un pañuelo al cuello en colores chillones asiente con la cabeza mientras cambia de postura en su pequeño sillón. Ha descruzado las piernas, tal vez consciente también de que la cámara le esté captando.

P punto; –El mundo del espectáculo, que le ha llevado a dirigir la escena de obras de teatro, de óperas y de ballets. Desde un comienzo ya olvidado, en escenarios de cabaret, hasta las modernas producciones digitales. Pero ya tendremos tiempo de hablar de todo ello.

P punto se vuelve hacia el siguiente invitado, sentado algo más a su derecha.

P punto; –Y con él, Jean François nos trae a Josu. Hola Josu.

Josu hace un pequeño gesto con la cabeza, una mueca en el lenguaje escueto del body language, pero sin entonar palabra.

P punto; –Josu es la verdadera razón de que nos encontremos hoy aquí.

Jean François se mueve de nuevo en su sitio. Vuelve a cambiar de postura.

P punto; –Usted, Josu, es de profesión trasquilador de ovejas.

Josu vuelve a asentir con un escueto gesto de cabeza.

P punto; –Y usted conoció a Jean François en su tienda de Arroyo de Varga hace más de un año.

Josu rompe por fin a hablar; –Sí señor. Allí lo conocí.

Josu viste sobriamente. Lleva una chaqueta gruesa y zapatones grandes. Su camisa, el pantalón, la chaqueta, todo es gris o marrón, a juego con el tono opaco de su rostro.

P punto; –Hablaremos, hablaremos ahora de ese encuentro, pero déjenme antes completar las presentaciones. –La voz trata de ser animada. Enfatiza la pronunciación para darle algo de vivacidad al diálogo;– Nos falta el tercero. En este caso no es el tercero en discordia sino más bien todo lo contrario. Pedro de Martina, profesor de literatura de la Universidad de Salamanca. –El presentador arrastra ahora las palabras buscando un eco en su interlocutor.

El tercer invitado, con una cierta chispa en sus pequeños ojos, no deja de asentir. Parece entre divertido y excitado.

P punto; –Pedro de Martina es, además de profesor, poeta. La poesía es también su especialidad en la universidad.

Pedro de Martina se arranca a hablar; –Sí, así es: Soy especialista en literatura contemporánea y además escribo. Bueno, en mi facultad todos escribimos; unos por obligación, otros por afición. Es toda una tradición.

P punto; –Quiero comenzar por el principio de esta historia. Jean François, usted nos contaba que conoció a Josu de forma fortuita. Por favor, repita esta parte tan interesante de lo que le ocurrió hace ahora poco más de un año.

Jean François se yergue en su asiento. Usa la gesticulación de sus manos que se le pierden delante del rostro; –Sí, bueno yo andaba por esas tierras de Dios buscando elementos para nuestra producción nueva. De la ópera, quiero decir. Y entonces pasamos por aquel pueblo remoto, por Arroyo de la Varga, en Jaén. Allí había poco que ver, pero esos son los mejores sitios para encontrar artesanía tradicional. Cosas que ya han dejado de hacerse pero que quedan aún en muchas casas.

P punto le ataja, –¿Qué cosas busca, qué encuentra? En esos pueblos perdidos aún hay mucho tesoro de otra época.

Jean François le explica; –Hay de todo. La gente es muy abierta y enseguida te muestra lo que tienen, de familia quiero decir. Te enseñan todo, te llevan a sus casas. Antes yo coleccionaba cerámica. Buscaba piezas y logré encontrar cosas muy interesantes, de Teruel las que más me interesan. Había más de Valencia y de Talavera. Llegué a encontrar varias piezas del siglo XV y del siglo XVI. Joyas que en este país no se valoran. Pero ya queda poco.

P punto; –¿Y para sus escenarios?

Jean de François; –Eso es distinto. Necesito cosas grandes, que se vean en la distancia. Lo más fácil son muebles. A veces trajes. Tinajas, arcones, barriles, rejas, útiles de labranza. Pero en esa ocasión buscaba esparto.

P punto; –¿Esparto?

Josu interviene inesperadamente; –Nosotros elaboramos esparto. Cosemos a mano pleitas de esparto.

P punto se ha girado hacia él satisfecho de que se anime a participar–. ¿Y cómo lo hacen?

Josu; –Mi hermana, eso lo hace mi hermana y su hermana.

P punto; –Dirá entonces sus hermanas.

Josu; –No, no señor. Mi hermana es una. La otra es de padre con ella pero no de madre. Mía no es nada. Yo soy hermano por parte de madre con Rosa. Ellas cosen las pleitas. De hasta 19 ramales las hacen. Y también vendemos manojos crudos sin picar.

P punto; –Ya veo; Artesanos del esparto. No deben de quedar ya muchos.

Se hace un nuevo silencio.

–¿Y cómo se conocen usted y Jean François?-, añade P punto.

Josu parece haber perdido la iniciativa y permanece callado pero solo está cediendo la palabra a Jean François en señal de respeto.

Este la retoma; -Bueno, entramos en una tienda. Iba yo con mi ayudante. Un sitio curioso. Sí, tenían cosas… Recuerdo que había objetos de labranza en el escaparate, y también calzado de campo. Pero lo que más me atrajo fueron las piezas de esparto. Una persiana grande, muy rústica, de esas que se usaban para cubrir ventanales por fuera. Las costuras hacían dibujos interesantes. Y había cintas que cubrían las zonas más grandes para darles mayor consistencia. Había forros de tinaja, había asientos, muchas cosas. Todo esparto. Un esparto muy fuerte y envejecido. Yo quería piezas de ese esparto para la obra.

P punto; –¿Y allí encuentra a Josu?

Jean François; –Sí, correcto. Allí nos conocimos. Entramos en la tienda y al principio no vimos a nadie. No recuerdo cómo comenzamos a hablar cuando se hizo notar en la trastienda. Sí recuerdo que al principio hablamos a distancia.

P punto; –¿Y qué le llamó la atención de Josu?

Jean François se estaba relajando, había vuelto a cruzar las piernas y se había llevado la mano izquierda junto a la boca, -bueno, Josu nos dijo a qué se dedicaba: es trasquilador de ovejas.

P punto; –Sí, eso ya lo hemos dicho. ¿Pero qué más hace Josu?

Jean François; –Bueno, lo que me llamó la atención es que encontramos unas páginas en el mostrador que tenían poesías escritas a mano.

P punto, dirigiéndose a Josu; –¿Le gusta la poesía Josu?

Josu se vuelve hacia el entrevistador aunque sin mirarle a la cara. Tarda unos segundos en contestar; –Sí. La poesía me gusta.

P punto; –¿Y qué había de curioso en aquellas poesías? Su atención ha vuelto a Jean François buscando la fluidez y la facilidad del intercambio.

Jean François sonríe abiertamente; –Bueno, aquellas poesías estaban a medias. Quiero decir, Josu es trasquilador y parece que se había dedicado a trasquilar las poesía-. Una risa abierta y ruidosa se le escapa e inmediatamente contagia al resto de participantes en la entrevista.

En el público se oye también el eco de alguna risa.

P punto; –¿Josu había trasquilado las poesías?

Jean François; –Josu tenía un montón de poesías trasquiladas. Josu trasquila poesías entre trabajo y trabajo–, y vuelve otro ataque de risa incontrolada.

El público arranca en una ovación espontanea.

P punto; –¿Josu, nos puede explicar esto que cuenta nuestro amigo?

Josu se encuentra algo rígido. Es el único al que no le ha contagiado la risa. Se diría que él no ve la gracia en todo aquello.

Josu; –Yo tengo un libro en casa. Una historia de la poesía con muchas poesías. A mí siempre me gustó leerlas. Me gusta la poesía. Me gusta el sonido. Y empecé a copiarlas para aprenderlas. No todas. Las que más me gustaban.

P puto; –Sí, pero usted no las copiaba enteras…

Josu; –Sí, sí, las copiaba enteras. Al principio, luego me dije que para qué copiarlas enteras si ya las tenía en el libro. Así empecé. Copiaba lo que me parecía que era para copiar. Pero iba quitando cosas.

Jean François interviene en el diálogo para apostillar; –Poesías sin hueso.

P punto; –¿Cómo dice?

Jean François; –Que Josu las llama poesías sin hueso.

Josu asiente sin modificar la expresión de su rostro ni su postura.

P punto; –¿Poesías sin hueso? ¿Josu las llama poesías sin hueso?

Josu arranca por fin a hablar; –Sin hueso, sí. Yo lo pienso así. Les saco el hueso.

P punto se dirige ahora a Jean François; –¿Y qué hace usted con estas poesías sin hueso?

Jean François; –Bueno yo le pido que me enseñe lo que tiene escrito. Un montón. Tenía muchas poesías trasquiladas, como digo yo. Me las dejó llevar y las estuve estudiando durante unas semanas. Me pareció fascinante que un antiguo pastor, un trasquilador de ovejas, aplicase su arte a trasquilar poesías. Hay algo muy poético en todo ello.

P punto; –¿Y qué hizo con ellas?

Jean François; –Se las pasé a un amigo escritor que se quedó más sorprendido que yo. Él se lo enseñó a su editor y allí comenzó la saga.

P punto parece animarse por momentos; –Ahora volvemos sobre la saga-, dice, alargando el brazo con la palma abierta hacia Jean François para detenerle–. Pero antes, usted, Pedro de Martina, ¿qué nos dice de las poesías trasquiladas?

Pedro de Martina está sonriente, risueño. Se diría que aquella situación le causa regocijo; –Sí, bueno, las poesías… A mí me va más poesías sin hueso también. Sin hueso me suena más a lo que quiere hacer Josu cuando interviene las poesías. Cuando trasquila. Leyendo lo que hace hay una cierta constante. Josu se centra en eliminar no lo superfluo, si es que pudiésemos hablar de superfluo en poesía. No, él elimina más bien lo estridente. Como si le quitase esquirlas al alma de un poema. Resta rasgos muy marcados del carácter de las obras. Algo que muchas veces sirve para reconocerlas. Y deja en cambio lo más sutil. Se toma gran cuidado en no poner dificultades al ritmo, aunque es muy libre con la rima. Detesta las enfatizaciones rimbombantes y tiende a ser muy liberal con cualquier expresión deíctica. Logra así alterar la sorpresa de un buen poema. Y trabaja algunos de primera.

P punto; –¿Está usted de acuerdo con eso Josu?

Josu tiene la extraña habilidad de contestar sin variar la expresión de su rostro; –Sí, me lo ha explicado también a mí. Yo no sabía que hacía eso. Pero él es profesor. Y de la universidad. Así debe de ser. Yo no lo sé.

P punto –¿Pero usted, cómo decide qué quitarle a una poesía?

Josu; –Yo solo quito lo que sobra.

Se abre un silencio en el que no se escucha más que el suave zumbido de alguno de los equipos eléctricos.

P punto se sacude la cabeza como si alejase de su atención algo no deseado. Eleva el brazo y dice; –Aprovechamos para hacer nuestra pausa publicitaria. Volvemos en unos minutos; dos,…, tres,…

–¡Fuera!–, la voz de un técnico indica que ya no están en pantalla. Todos en el estudio se relajan.

Los cuatro personajes se acomodan en sus sitios. P punto se pone en pie y con un gesto rápido estira sus pantalones. Un técnico se le acerca y le dice algo al oído que los demás no escuchan.

P punto se dirige a sus invitados; –Esto no rueda, señores. Hace falta algo más de fluidez. Quiero que transmitan al público ese interés, esa emoción con que me contaron la historia el primer día. Vamos a intentarlo todos juntos. Esto tiene mucha chicha pero se nos puede quedar en nada.

Jean François y Pedro de Martina asienten. Josu sigue sin alterar su rostro.

P punto eleva de nuevo el brazo e indica que vuelven a escena. Una luz roja en algún punto sobre sus cabezas les indica que ya han comenzado.

P punto; –Muy bien, así que tenemos que usted, Jean François, se acerca a la tienda de Josu en busca de objetos y se topa con poemas trasquilados…

Jean François; ­­–No solo. Yo quería encargar piezas de esparto. Estaba imaginando que podía llenar parte de la escena de la nueva ópera con grandes piezas de esparto que ayudasen a crear una atmósfera alejada del imaginario urbano a la vez que evocar sensaciones, imágenes que todo el mundo tiene sobre la rusticidad de otros tiempos.

P punto; –¿Qué ópera preparan?

Jean François; ­–Shadowtime, la única ópera que hay sobre Walter Benjamin. Una obra de Brian Ferneyhough que se estrenó en la Bienal de Múnich. La obra comienza con el presunto suicidio de Benjamin en su llegada a España, en el Pirineo. Allí quería yo usar el esparto.

P punto; –¿Y ahora va a usar el esparto o va a usar las poesías trasquiladas?

Pedro de Martina; –Los textos de la ópera ya están trasquilados.

P punto; –¿Cómo dice?

Pedro de Martina; –Sí, que el libreto de la ópera ya está trasquilado. Bueno, con otro estilo. Pero es que esto de trasquilar es algo antiguo.

P punto; –¿Puede usted explicarnos un poco más?

Pedro de Martina; –Claro, claro. El libreto, de Charles Berstein, incluye algunas famosas poesías de Heine intervenidas. Poesías trasquiladas.

Jean François; –Como tantas veces en poesía. Incluso hay poesías originales de algún  autor que llegan ya trasquiladas de casa.

Pedro de Martina; –Bueno, eso es el modernismo en poesía. Trasquilar sin reparo. Quitar mucho hueso y luego esperar que el lector lo encuentre. Jugar con el texto en lugar de hacerlo con su simbología, que era el juego tradicionalmente sancionado en poesía, al igual que en la pintura.

P punto; –¿Así que me dicen que muchos poetas hacen poesías a medias?. ¿Y no se le escamotea algo al lector?. ¿No se le van entregando restos que ya no llegan a ser ni siquiera poesías?. Un poco escandaloso.

Pedro de Martina; –No, no. Bueno, depende de cómo quieras entenderlo. Mira, hay un ejemplo muy bueno de poetas libres de toda sospecha que enseñan cómo las poesías reducidas, las poesías trasquiladas que se comienzan a hacer en la modernidad, pueden tener más valor que las más completas. Iba a decir que muestran que trasquilar añade en vez de quitar.

Jean François; –¿Quién hace eso?

Pedro de Martina; –Alguien que sienta cátedra. Robert Graves, uno de los posrománticos más famosos. Tiene un buen ejemplo en un libro que escribió con otra poetisa también libre de todo modernismo, Laura Riding. Hacen juntos algo interesante. Cogen una poesía trasquilada. Una de esas que vienen ya sin hueso del autor original, y en lugar de trasquilarla la hacen, bueno, digamos que la hacen un trasplante, la completan.

Pedro de Martina habla con locuacidad. Ha aflorado el profesor, lo que se muestra en que ha pasado a tutear a los demás. Se le nota en su salsa y a punto está de ponerse de pie para seguir con su explicación; –Es muy gracioso. Podíamos decir que es un ejemplo de poesía con peluquín, o con trasplante. Sí, poesía con peluquín; toman una poesía de un moderno, muy moderno en su tiempo, E. E. Cumings. Un poeta americano que firmaba todo su nombre en minúsculas para hacer una exhibición de disconformidad con la ortodoxia y la tradición.

Jean François; -¿Cummings era americano?

Pedro de Martina; –Vivió parte de su vida en Europa, como tantos en su tiempo. La América de entreguerras fue una época triste en lo artístico, aunque alocada en muchos aspectos. En la primera guerra le detuvieron durante meses en Francia acusado de espionaje. Un error desafortunado que le llevó a escribir una de las mejores autobiografías de la época, La habitación enorme.

P punto; –Graves también escribió una autobiografía de sus recuerdos de la guerra.

Pedro de Marina; –Sí, escribió Adiós a todo eso y se fue a vivir a Mallorca con Laura Riding. Allí hicieron lo que explicaba.

P punto; –Los dos, autores de la guerra… A lo mejor por eso le miraban con simpatía. ¿Pero qué hacen con ese peluquín con Cummings?

Pedro de Martina; –Toman una poesía suya, que parece a primera vista que hubiese pasado por las manos de nuestro amigo Josu, y la completan. La rellenan con lo que parece faltar hasta hacer con ella una poesía tradicional, con rima perfectamente articulada, con ritmo bien definido, con frases bien construidas. Acaban con una poesía que podría atribuirse a un autor del siglo XIX. Incluso con metáforas clásicas.

P punto; –Curioso.

Jean François; –Curiosos pero algo falso–. El artista en él se revela.

Pedro de Martina; –Falso o no falso lo interesante es la conclusión. Estamos hablando de poetas que no han caído aún en los vicios del modernismo. A Graves o a Laura Riding no se les ocurriría escribir así. Pero ellos juzgan al final el efecto del peluquín…

Jean François; –Falso: Solo pueden ver en el peluquín algo falso; poetas de la verdad…–. Su último comentario tiene un cierto tono despectivo, moralista.

Pedro de Martina; –De la verdad,… interesante. Volveremos sobre eso.

P punto interrumpe consciente de que algo se le está yendo de las manos; –Bueno, aquí el profesor soy yo y me temo que no volveremos sobre eso; no tenemos tiempo…

Pedro de Martina; –Pero quisiera acabar la explicación.

P punto, –Si es escueta…

Pedro de Martina; –Es el final: Lo que dicen, y creo que muy claro, es que la poesía con peluquín es peor. Que pierde su valor poético. Que lo que resulta de su sala de cirugía estética es un engendro sin alma. Como esas mujeres que, tras pasar por el cirujano estético, pierden su ángel. Pues aquí pierden su alma.

Un nuevo silencio se hace con el plató mientras calan a fondo las últimas palabras.

Jean François; –Para mi que hay una gran miopía en estos poetas de la verdad. Lo siento, pero hay que aceptar que la ilusión de la imagen admite retoques y retoques. No imaginan la cantidad de artificiosidad que exige conseguir sobre el escenario que una imagen resulte muy natural.

P punto; –Artificiosidad. Como aquí, que estamos en escena. ¿Hay artificiosidad en el trasquilar las poesías? Se lo pregunto a los dos.

Pedro de Martina; –Trasquilar se puede hacer de muchas formas. Graves tiene un estilo distinto al implantarle texto a Cummings del que tiene Josu al restarle el suyo a, por ejemplo, Garcilaso. Muy distinto.

Jean François; –Siempre hay estilos diversos y unos funcionan y otros son un desastre. En el quirófano o en la sala de estar. Yo digo que no se puede condenar a los buenos cirujanos por los malos cirujanos.

P punto; –Me gustaría saber qué opina Josu sobre esto: ¿cree usted que sus poemas están mejor después de quitarles el hueso?

Josu se queda pensativo; –Yo no entiendo bien de lo que están discutiendo. Para mi que poner un peluquín donde no hay pelo es como querer plantar olmos donde no hay agua. No solo no crecerán sino que, si lo hiciesen, algo quedaría extraño en el lugar. Mire, yo tenía una oveja pequeña. Era un oveja que nos había salido pelirroja. así que con ese color no se cruzaba. Y mi suegro me dijo, vamos a teñir la oveja. Yo la había trasquilado ya varias veces y ni por esas. Así que la teñimos toda enterita de blanco.

P punto; ­–¿Funcionó? ¿Se cruzo la oveja?

Josu; –La oveja se murió.

Nuevo silencio en el plató.

Jean François; –¿Pero a ti te gustan más las poesías cuando las has trasquilado?

Josu; –A mí no me va. A los chicos sí. En casa sí. Porque luego adivinan lo que falta.

P punto; –¿Es un juego? ¿Usted hace esto para que en su casa jueguen con sus poesías sin hueso?

Josu; –Sí, en casa jugamos a buscar el hueso.

–¿Puedo?, Pedro de Martina solicita intervenir.

–Claro Pedro; adelante,–, P punto le da entrada.

–Buscar el hueso es una bella metáfora de lo que hacemos cuando nos encontramos con una poesía que no responde al molde clásico. Hay un sentido de juego en muchos textos que a veces no podemos ni asegurar que se traten de poesías. Con esto han jugado los poetas hace mucho. Y esa es su belleza. Porque se activa un clic interior que nos obliga a ser lectores conscientes y lectores activos. Activos y atentos. Hay que leer mucha poesía moderna y posmoderna con esa actitud de buscar el hueso.

P punto; –Estamos llegando al final. Quisiera que acabásemos con la historia de Josu y sus poesías sin hueso. Jean François, por favor…

Jean François cambia de actitud y de postura. Vuelve a ajustare las gafas con el índice derecho y cruza sus piernas: –Las poesías trasquiladas de Josu salen ahora en una primera edición. Hay una introducción mía y otra de un compañero de Pedro de Martina. Y hemos presentado las poesías a un concurso de poesía. Tenemos gran curiosidad por ver que hace un jurado ante unos poemas que son, como se dice ahora, meras intervenciones de poesías clásicas bien conocidas.

P punto; –¿Un concurso?

Jean François; –Sí, un concurso de poesía. La verdad es que las poesías son muy buenas. Las mejores de nuestra historia. Pero llegan sin hueso. ¡Ese sí que es un buen hueso para el jurado…! ¡Ja, ja, ja!

Pedro de Martina, sorprendido; ­No sabía eso. Eso está muy bien–. Se une a las risas de su compañero de plató y no puede reprimir dar unas palmadas inconscientes.

P punto; –Yo quiero, para terminar, que Josu nos lea una de esas poesías sin hueso. Que podamos participar de la experiencia. A ver si nos sabe a poco o a algo distinto y nuestros espectadores se animan a comprar su libro.

Josu; –Gracias. Esto es publicidad.

P punto le corta rápidamente; –Publicidad no. Tenemos prohibido hacer publicidad en el programa. Estamos dando información.

Josu; –Perdón, perdón. Leer, ¿qué quiere que lea?. Me sé alguna, si puedo la recito de memoria.

P punto; –Lo que prefiera. Tenemos su libro aquí también. Lo que quiera.

Josu carraspea. Mira fijamente al suelo frente a su silla y comienza con voz grave y modulada a recitar;

 

Vivo sin vivir

y de tal manera,

que no muero.

 

En mí ya,

sin Dios no puedo;

pues sin él

¿qué será?

 

Mil muertes

espero,

muriendo no muero.

 

Esta vida

de vivir;

es morir

contigo.

 

Oye lo que digo:

que no quiero,

muero porque muero.

 

Estando ausente

¿qué vida,

sino padecer

la que vi?

Lástima,

pues persevero,

muero, muero.

 

El público del plato se arranca en una ovación que impide ya seguir la voz del recitador. Algunos se han puesto en pie. Todos sonríen alrededor de Josu que mantiene el cuerpo erguido, el rostro serio y la mirada fija en el suelo.

 

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Teodoro Millán
Teodoro Millán es economista de formación, financiero de profesión y escritor de vocación. Doctor y profesor titular en excedencia, ha desarrollado su carrera en el ámbito académico y de asesoramiento financiero, habiendo promovido proyectos de emprendimiento en medios convencionales y digitales. Su labor docente incluye conferencias, seminarios y programas de master y de doctorado. Ha publicado trabajos de investigación en revistas especializadas internacionales, artículos de opinión económica en El País, Expansión y Cinco Días, y generales en República, Diario Abierto y Ctx. Su interés se centra en la actualidad en las formas de coordinación de 7.500 millones de personas, que a pesar de compartir miles de años de memoria histórica y lenguajes comunes aún discrepan en mucho de lo fundamental. Comenzando por la propia definición de qué es ser persona, que sea el lenguaje y en qué consiste lo fundamental. Aficionado al ensayo y al teatro, declara su admiración por la prosa que escriben los poetas.

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