El tren de los olvidados

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Si miras en un mapa de Europa y buscas “Laponia” la encontrarás cerca del Polo Norte, en Finlandia, Noruega y Suecia.

 

Pero hay otra Laponia que no sale en los mapas, la “Laponia española”. Está situada en las sierras de las provincias de Cuenca, Teruel, Soria y Guadalajara, y es casi tan fría como la Laponia del Círculo Polar Ártico, pero con menos habitantes incluso: Sólo siete habitantes por kilómetro cuadrado. Y eso según las estadísticas, porque la realidad es peor incluso. Porque hay habitantes que están censados pero realmente no viven allí, o no viven allí todo el año, y luego están los que están pero es como si no estuvieran, ancianos que no salen de sus casas, ancianos que necesitan que alguien les cuide y que al final acaban abandonando el pueblo para irse con sus familiares a una ciudad, o acaban ingresando en una residencia que, por supuesto, está lejos de su pueblo. Porque en su pueblo no hay nada, ni tiendas, ni bancos, ni gasolineras, ni ningún servicio público, ni muchas veces un simple bar.

 

Hay dos líneas de tren que recorren el corazón de estas tierras, parten de Valencia y acaban en Madrid y en Zaragoza. Pero para recorrer la distancia que separa estas grandes ciudades tienen que perderse en el tiempo y en el espacio, en ese gran vacío lleno de olvido que es la Laponia española. Para intentar remediar esto se ha creado una asociación: Serranía Celtibérica. Y ese nombre nos trae evocaciones de tiempos remotos, cuando los romanos no habían llegado aquí y los pueblos celtas e iberos repartían sus pequeños poblados por los valles y las mesetas.  Ahora esos poblados han sido sustituidos por pequeños pueblos, pero la vida no ha cambiado tanto como parece. Agricultura donde se puede, ganadería en los prados, explotación del bosque y poco más. Los jóvenes se van y no vuelven. Los turistas y los veraneantes animan los pueblos en verano, pero en inverno todo es frío y soledad. O tal vez no. ¿Pero cuál es la impresión de un viajero que sale de Madrid o de Valencia y después de muchas horas en tren llega a una estación abandonada? ¿Qué idea le viene a la mente?

 

Para empezar hay que decir que son viajes largos, y son largos no por los kilómetros recorridos sino por la lentitud del tren. Y eso tiene una ventaja: el paisaje. El viajero tiene tiempo de sobra para ver el paisaje, para verlo con calma, detenidamente. Para fijarse en los árboles, los campos, las casas, los pueblos, las montañas… Para ver el amanecer o el atardecer y comprobar como la luz del sol cambia el contorno de las cosas, cómo pinta con colores que parecen puro capricho un cielo nunca estático, siempre distinto. Y eso, el paisaje, le puede llevar finalmente a una reflexión: quién vive ahí, quién cuida ese paisaje, quién ha creado ese paisaje. Porque se ve el paisaje, pero se ven pocos seres humanos, pocos coches, pocas casas, pocos pueblos, pocos elementos que nos recuerden el mundo urbano y sobrepoblado de las ciudades. Y uno tiene la sensación de que ese paisaje es inmutable, que siempre ha estado y siempre estará y que nunca se trasforma, pero no, eso es sólo una ilusión. El paisaje lo hace y lo deshace el hombre, con sus tractores y sus excavadoras, con sus tijeras de podar y sus azadas. El vacío demográfico tiene sus consecuencias en la naturaleza. Pueden ser beneficiosas o pueden ser terribles. Viajando en estos lentos trenes uno tiene tiempo de pensar.

 

¿Y la prisa? ¿Dónde queda la prisa? Cuando tienes ocho horas por delante, tener prisa es una enfermedad mortal. Pero no es lo mismo viajar por turismo que viajar por necesidad. Y no es lo mismo tener que hacerlo cada semana que hacerlo una vez al año. Los usuarios de las líneas de ferrocarril más olvidadas del país, esas que sólo salen en la televisión cuando hay problemas, muchas veces no están de humor para disfrutar del paisaje, por muy hermoso que este sea. Se lo toman con resignación, pero, a veces, hasta el más paciente se pone furioso. Y con motivo, porque las averías son una molestia cuando son esporádicas, pero son una especie de castigo injusto e incomprensible cuando son una costumbre. ¿Por qué otra vez?, se preguntan. “Acaso no cuento. Acaso no pago mis impuestos como todo el mundo. Acaso no tengo los mismos derechos que cualquiera a tener un viaje tranquilo y no demasiado pesado. ¿Es que pido mucho?”. He compartido mi tiempo con viajeros enfurecidos y les he entendido bien. ¿Pero qué puedo contestarles?

 

“No hay nada que ver”, me dice un pasajero que ha subido en Tarancón, Cuenca. No puedo estar más en desacuerdo con él. Pero entiendo bien lo que dice. Y entiendo bien porqué lo dice. Para mí, un paisaje nonótono es un montón de polígonos industriales, de autovías saturadas, de inmensas filas de adosados, de grandes carteles de propaganda y de altas torres eléctricas, de todo eso que forma parte de los suburbios de una gran ciudad. Por eso, desde mis prejuicios urbanos y mi visión bucólica del campo, todo ese “nada que ver”, me parece magnífico, y no me canso de ver los pinares y los campos y los montes y los barrancos y hasta las estepas vacías me parecen interesantes. Y si veo un rebaño saco la cámara y empiezo a hacer fotos. Y para muchos viajeros y para muchos turistas ocasionales esta es la única visión del mundo rural. Pero si vas un poco más lejos, te preguntas… ¿Y cómo ven el mundo rural los propios habitantes del mundo rural? Para contestar eso hace falta tiempo, y paciencia. Puedes ir de Madrid a Barcelona en muy pocas horas. Tan pocas horas que Guadalajara y Soria son una mescla borrosa de campos y montes. Y lo mismo si vas de Madrid a Sevilla o de Madrid a Valencia. ¿Dónde queda la famosa meseta de los libros? ¿Esa meseta de la que tanta literatura se ha escrito? Desde la ventanilla del AVE no tienes tiempo de descubrirla. Desde el Regional sí, pero a cambio de pasar un montón de horas en un tren desesperadamente lento, sin cafeteria, sin pantalla de televisión en los vagones ni conexión a internet ni enchufe donde cargar el móvil o el ordenador portátil, sin las comodidades de otros trenes (el Regional, además de lento, es ruidoso, y se mueve bruscamente, el mal estado de las vías hace que un traqueteo molesto no te deje leer un libro, porque se mueve tanto que cuesta seguir las líneas). Y si viajas por la noche entonces ni siquiera puedes mirar el paisaje. Y el tiempo pasa más lento aún, tan lento que el tren, que ya va con retraso, parece perderse en la oscuridad profunda de la noche. De una noche más larga y más oscura que cualquier otra noche.

 

El AVE se lleva el setenta por ciento de las inversiones ferroviarias, pero tiene sólo un cuatro por ciento de pasajeros. Ese dato lo dijeron en un telediario, no me lo invento yo. No sé si es exacto o no, pero cualquiera que haya ido a Madrid en el AVE y haya hecho el mismo viaje en un Regional comprende que hay un abismo insalvable entre un tren y otro, que en realidad es reflejo del abismo insalvable que hay entre un mundo y otro, el mundo de los que cogen el AVE y el mundo de los que cogen el Regional. ¿Insalvable? Bueno, tal vez no. Tal vez se pueda salvar. Pero para eso el Estado tiene que hacer algo. Y digo el Estado porque es el Estado quien se encarga de repartir el dinero público. Y decidir qué es prioritario y qué no lo es. Y decidir qué sistema de transportes queremos tener y poner los medios para tenerlo.

 

La “Laponia española” es un caso extremo, pero hay otras provincias que van perdiendo poco a poco población, hay ciudades que antes eran prósperas y que se han visto duramente golpeadas por la crisis. Pienso en Linares, por ejemplo, pero hay muchas más. Ciudades que eran importantes centros de servicios de sus zonas. Si estas ciudades pierden su papel de contención de la emigración del medio rural todo lo que queda es un inmenso desierto demográfico entre ciudades inmensas, entre grandes megalópolis a escala nacional. Parece que el campo no exista. Que es un espacio a conquistar por el hormigón y los planes de urbanismo. Esa impresión la tienes desde la ventanilla de un tren que pasa a trescientos kilómetros por hora. Pero si vas a veinte kilómetros por hora la sensación es totalmente la contraria. El campo es lo único que existe. El campo es todo lo que te rodea. ¿Y la gente? ¿Dónde se ha ido todo el mundo? Pasas una estación y no sube ni baja nadie. Y pasas otra estación y pasa lo mismo. En el siguiente pueblo hay varias señoras mayores viendo el tren, sentadas en un banco, mirando en silencio. Supones que todos los días se acercan a la estación a ver pasar los trenes. No pasan muchos trenes. Así que cuando pasa el tren de la tarde ya se pueden volver a sus casas, pues no hay nada más que ver hasta el día siguiente. ¿Es eso, una manera de distraerse, en un lugar sin nada más que hacer? Te vienen ideas pesimistas que quieres apartar de tu cabeza. No hay niños. Sólo hay ancianos. Y luego nada, más estaciones vacías, cerradas, abandonadas. Y el tren ni se molesta en detenerse. Sólo falta la nieve. Pero vendrá pronto. Porque aquí los inviernos son largos y fríos. La nieve en el bosque y el ruido del tren como único ruido en todo el valle. Ya estamos en Laponia. Madrid, Barcelona, Valencia… Qué lejos quedan…

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