El truco de la rotonda

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Confieso que a veces me pongo en Modo Man On (sí, chicos, nosotras también podemos pensar solo en sexo, a veces pasa) y ya me pueden estar recitando a Góngora que como se me vaya la mente a temas carnales, porque el sujeto lo valga, no hay nada que hacer.

 

“Yo lo llamo el truco de la rotonda”, me dice él. Y os aseguro que como si lo llama el truco del transatlántico, me digo, para el caso que le está haciendo ahora mismo mi cerebro. Heme aquí con un cámara, dícese de ese sujeto que pertenece al entorno audiovisual-periodístico: fotero, reportero de guerra, periodista intrépido, etcétera. O sea, follable. Follable no porque pertenezca a ese sector, que hay muchos que no, pero éste sí. Vamos, que mientras él me explica su “truco de la rotonda” yo con gusto le diría “mira, déjate de rotondas y vamos quedando para un revolcón”.

 

Confieso que a veces me pongo en Modo Man On (sí, chicos, nosotras también podemos pensar solo en sexo, a veces pasa) y ya me pueden estar recitando a Góngora que como se me vaya la mente a temas carnales, porque el sujeto lo valga, no hay nada que hacer. Me pasó hace unos meses: tuve la oportunidad de visitar unos laboratorios farmacéuticos en Munich. Allí estaba yo, rodeada de colegas, en unas exposiciones sesudas sobre los últimos avances farmacológicos para un subtipo de cáncer de mama. Y en inglés. Tela. Total, que durante el día iban desfilando ante nuestros ojos científicos de toda índole hasta que le tocó el turno a ÉL. Sí, con mayúsculas. Era como el muñeco Ken pero en ario y en mucho más bueno. Y listo, porque Ken tiene pectorales pero neuronas… pocas. Pues este mozo tenía el cuerpo curtido de horas de deporte, pero esos cuerpos que dan buen rollo, ¿sabéis? No aquellos tipo Popeye, que ya es muy forzado. Este estaba rebueno, con su pelito rubio cortito, al más puro estilo nazi, alto, fibroso, morenazo de piel… Y allí estaba yo intentando escuchar lo que decía pero no, incapaz, en una lucha interna entre el cerebro y el coño.

 

“Toma, mira, coge si quieres esta muestra de célula cancerigena, no te preocupes, no es peligroso”, insistía él mientras me acercaba la muestra con la mano. Y yo pensaba, aparte de qué grima: “Mira chato, aquí la única peligrosa en potencia soy yo, que como no estuvieran todos estos pánfilos aquí conmigo, te iba a sentar de golpe en esa silla, a bajarte la bragueta, a sentarme encima de ti sin mediar palabra y a cabalgar durante un buen rato, a ver si con tu verga dentro de mí ibas a seguir dándome el coñazo con las células cancerígenas”. Madre, qué bueno estaba, no sabía yo que los científicos podían tener este potencial. (Nota mental: comunidad científica a explorar más adelante).

 

Pero volvamos a la rotonda del inicio, que me voy… “Yo cuando me quiero librar de una tía con la que he follado la noche anterior y se ha quedado a dormir, sigo el truco de la rotonda. Para eso conviene buscarse una casa que tenga una rotonda cerca, claro. Por la mañana, a una hora decente, le digo que me tengo que ir a comer con mis padres (aunque él viva en Madrid y ellos en Cádiz, por ejemplo), y entonces nos vestimos, bajamos cada uno a su coche y le explico que en la rotonda ella tiene que tirar para tal dirección”, me contaba el cameraman. Mientras la moza tira por la salida indicada, él, y en esto consiste el truco de la rotonda, da una vuelta a la rotonda, para despistar, se vuelve a su calle, aparca el coche y sube a meterse, de nuevo en la cama. “Tan a gustito”, asegura.

 

Y digo yo, ¿no será mucho más sencillo simplemente seguir otras medidas de seguridad como por ejemplo, la sacrosanta regla de “No duermas con quien folles”? Porque así te evitas tener que improvisar una obra teatral por la mañana, mentir para no desayunar juntos, salir de casa, coger el coche… Imagínate la pereza si es invierno y hace frío… Le voy a mandar un mensajito para decirle que cerca de mi casa no hay rotondas, pero que no hacen falta, porque yo, después del polvo (o polvos) echo a la gente de mi casa sin contemplaciones. Que sola, se duerme muy bien.

Vengo de París, como casi todos los niños, y me he pasado la vida entre Francia y España (aunque me defino extremeña). Empecé escribiendo de economía en Capital pero tras ocho años en los mercados bursátiles, y demostrando ser de perfil arriesgado, me hice freelance. He colaborado con los principales medios de este país y escrito varios libros de sexo, el último, "Hola, sexo: anatomía de las citas online (Arcopress)". Este blog es a consumir sin moderación pero ¡tampoco te lo creas todo!