El turco se revuelve

0
298

 

Si doblamos un mapa de Europa por la mitad, Turquía presenta un inquietante paralelismo con España, dos grandes imperios hegemónicos conformados a la vez, ambos en los extremos, en expansión hacia Oriente o hacia Occidente y condenados a enfrentarse en el territorio común del Mediterráneo. Solimán frente a Felipe II, pilares de la civilización durante siglos, de tanto esplendor como de tan larga decadencia. El imperio español mantuvo sus restos hasta el final del siglo XIX y el otomano hasta principios del XX, dando paso a países en perpetuo conflicto con tensiones territoriales internas irresolubles. Estambul es la puerta de dos mundos y Lisboa podría haberlo sido si Felipe II hubiera seguido el consejo de su padre de situar allí la capital del imperio, en vez de en un poblachón de la meseta.

Siempre vale la pena volver a Turquía, un país del que probablemente depende el frágil equilibrio internacional que nos separa del abismo. Es tierra orgullosa y altiva, como la nuestra, que rumia sus penas hacia dentro. El viajero llega con la noticia de un terremoto, que al paso de los días arrojará 41 muertos y 1.600 heridos en la provincia oriental de Elazig, pero el oriente es otro país. De este lado, Estambul sigue siendo una ciudad esplendorosa que cobra nuevas tonalidades si se salpica la estancia leyendo a Orhan Pamuk. Como el Dublín de Joyce o el París de Proust, es difícil sustraerse de su Estambul. Ciudad y recuerdos, publicado en 2005. Hay imágenes que se respiran y pasajes que se clavan, como el capítulo titulado “Mi abuela”: “Si se le preguntaba, contestaba que creía en el proyecto kemalista de occidentalización, pero en realidad, como a todos los habitantes de la ciudad, a mi abuela no le importaba lo más mínimo ni el Occidente ni el Oriente. De hecho, apenas salía”.

En el barrio de Nişantaşı, que se contempla desde dos torres, la Torre de Gálata y la cafetería del último piso del hotel Hilton, transcurre la vida de un niño que piensa que “la felicidad era una sensación de seguridad compartida con una familia, con un grupo, y un continuo bromear tranquilamente”. Entre ambas y bajando desde Nişantaşı por la plaza Taksim, se llega al Museo de la Inocencia, que creó Pamuk al tiempo que la novela homónima y contiene objetos cotidianos con los que rememorar a la sociedad estambulí de las últimas décadas del siglo XX. El museo no es otra cosa que la suma de los instantes que aparecen en el libro, una historia de amor y pasión desenfrenada entre Kemal y la joven Füsun. “Los curiosos que visitan el museo que observen las piezas, por favor”, escribe Pamuk en la novela a propósito de la iniciación sexual de la protagonista, “y basta con que piensen que lo que tuve que hacer lo hice por Füsun, que me miraba con ojos tristes y asustados, luego por ambos, y un poco, muy poco, por mi propio placer”.

Muy cerca, en el barrio de Cihangir, se sitúa el polvoriento piso-estudio lleno de muebles viejos donde Pamuk pinta a su amada, cuyo nombre en persa significa “rosa negra”, en el sensual capítulo “El primer amor” de Estambul: “Desde el sofá en el que estábamos echados se veía el curioso pasear de los proyectores de los barcos del Bósforo en las oscuras murallas y en las paredes de la habitación”. Allí hacen el amor durante “nueve maravillosos miércoles”. Hay que cruzar el Cuerno de Oro para seguir a la pareja hasta la plaza Beyazit, entre la Universidad y el Gran Bazar, estos días en obras y poco transitable, donde descubren la Biblioteca Estatal, con “un ejemplar de cada libro que se publica en Turquía”, el “umbroso” Mercado de los Libreros, entre “callejas del viejo, pobre y amargo Estambul”, y los cafés. Se refugian en el Museo de Pintura y Escultura, en el antiguo palacio Dolmabahçe, huyendo de los vigilantes que se acercan, entre pinturas bastante malas, pero ante una que les cautiva: Mujer recostada, de Halil Bajá: “Lo que nos ligaba a aquel cuadro era tanto el extraño paralelo que se establecía entre la pareja formada por el pintor y su modelo y la nuestra como el hecho de que la pequeña sala lateral en el que estaba expuesto nos había venido muy a mano para besarnos las primeras veces que habíamos ido al museo”.

El viajero no tiene tiempo de descubrir este rincón porque debe seguir su camino, hacia Ankara, 450 kilómetros de moderna autopista, una ciudad que quiere aparentar modernidad y donde Mustafá Kemal, Atatürk, fundó la capital de un nuevo Estado. En una mañana fría y lluviosa, el mausoleo grandioso del padre de los turcos reta al visitante, que se guarece en largas galerías que recrean pasadas batallas. Pero en Ankara sí hay un lugar sorprendente, el Museo de la Civilizaciones de Anatolia, con los restos de los hititas, un pueblo misterioso citado en el Antiguo Testamento que dio apoyo a los troyanos. Atatürk señaló en 1923 el camino hacia occidente, al secularismo y la europeización, con la adopción del alfabeto latino y la prohibición del fez. Casi un siglo después los periódicos destacan, junto a las labores de rescate del terremoto, la escolarización de 645.000 niños sirios en las aulas turcas. Turquía alberga 3,7 millones de refugiados sirios. Antes de terminar el viaje llegan noticias de una nueva ofensiva en Idlib, último bastión yihadista, con siete militares turcos muertos, y un recrudecimiento de la tensión con Moscú y Damasco. Turquía asegura que respondió con una contraofensiva en la que murieron doscientos militares sirios y volvió a pedir ayuda a la OTAN.

Casi un siglo después los turcos siguen llamando a la puerta de una Europa que les da la espalda, aunque contengan sus fronteras. No renuncian, por otra parte, a sus intereses energéticos en el Mediterráneo, canalizados a través de su apoyo al gobierno libio de Fayez al Saraj, incluso con el envío de 2.000 combatientes, frente al Ejército Nacional Libio del general Jalifa Haftar, que avanza hacia Trípoli y defienden Rusia y Francia. La Conferencia Internacional sobre Libia celebrada recientemente en Berlín, busca que el país no se convierta en una nueva Siria. Pero el turco –como se le denominaba en España, su ancestral enemigo– se revuelve en los foros internacionales y su acercamiento a Moscú parece, según los días, acrecentarse o tambalearse. El presidente Recep Tayyip Erdoğan sobrevivió al golpe de Estado de 2016 y gobernará con un sistema presidencialista y autoritario hasta 2023.

El viaje sigue hacia la Capadocia, un colorido sistema de formaciones geológicas que no despierta la pasión del cronista –el paseo en globo supera los doscientos euros– aunque sí los frescos de las iglesias rupestres del valle de Göreme; de elegir alguna, la Iglesia Oscura, con la representación de la traición de Judas. La ocupación monástica del lugar se remonta al siglo IV. Subsiste la pregunta de hasta qué punto Turquía vuelve al islamismo que rechazó Atatürk pero que sus sucesores fueron recuperando y Erdoğan abraza sin ambages. Más lejos de Europa que nunca, fuera de la OTAN por sus compras armamentísticas a Rusia, que le costaron sanciones de Estados Unidos, conteniendo a los kurdos tras la implosión de Siria y con una desconfianza creciente hacia Moscú, volver hacia dentro, hacia el poderoso islam del imperio otomano, puede ser una solución o una necesidad.

El camino conduce al este sin que el viajero aprecie un significativo aumento de la islamización en la vida cotidiana, pero la ruta está trazada. Hay una parada técnica en el caravanserail de Sultanhan, una de esas fortificaciones en las que se refugiaban las caravanas que cruzaban Anatolia desde los tiempos de los seleúcidas y fueron la cuna de una civilización. Muy cerca está Konya, donde llegó Pablo de Tarso y capital del sultanato desde finales del siglo XI hasta mediados del XIII. Dicen en voz baja que no es aconsejable desviarse porque se trata de uno de los principales bastiones turcos del islamismo radical: las mujeres van cubiertas, no se vende alcohol en ningún lugar público, se observa escrupulosamente el ramadán y los cristianos no son bienvenidos.

El periplo concluye en la explosión griega y latina del occidente turco, con Éfeso, Pérgamo y Troya a orillas del Egeo, y una moderna infraestructura turística y playera. Es como volver a casa y a las atestadas piscinas termales. El viajero siente cierta sensación de desconcierto, rodeado de souvenirs, mientras lee el delicioso relato del género “manuscrito hallado” de Pamuk El astrólogo y el sultán (hay una edición más moderna y traducida directamente del turco con el título El castillo blanco). Todavía le espera algún sobresalto. Ha compartido parte del recorrido con un animoso vasco que acaba de someterse a un implante capilar y lleva el cuero cabelludo –al aire por prescripción médica– taladrado y ensangrentado. Tal vez por ser vasco no ha renunciado a su recorrido vacacional.

La sorpresa salta a la vuelta cuando, solo en el tramo del avión asignado, se cuentan diez, veinte, cerca de treinta cráneos trepanados con heridas purulentas. El viajero, que gasta buen pelo, es reacio a todo aquello que lleve la etiqueta de ‘tendencia’ y desconoce la práctica y la moda, aunque su curiosidad le costará la propaganda en web durante los próximos años. Cuenta el proceso con verdadero  ingenio este usuario. Unos 700.000 extranjeros se someten al año a este tratamiento en Turquía que, con una media de 4.000 folículos por cabeza, puede salir por dos o tres mil euros con viaje y hoteles incluidos.

Ante este panorama conviene no adormecerse en el avión. ¿Una venganza de los jenízaros? Esta vanguardia de los ejércitos otomanos dotó a los sultanes de la infantería de choque de la que carecían y con la que emprendieron sus grandes conquistas. Eran cristianos jóvenes esclavizados y formados férreamente a los que ofrecían privilegios y prebendas, incluido el alcohol, en el improbable caso de que lograran sobrevivir. Hasta su disolución en 1826, gozaron de enorme influencia política en el sultanato, y solo después de dispersarles pudo pensarse en cierta modernización del país. Algunos libros de historia señalan que antes de llegar a Lepanto muchos jenízaros desertaron en las costas griegas y balcánicas de donde eran originarios y su escaso número fue lo que propició la derrota. Las cabezadas a deshoras producen visiones terroríficas, como los jenízaros combatiendo a los moros de Franco. Pero ya estamos en Madrid.

Turquía, entre la islamización y el culto al pasado imperial otomano.

 

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorEl yoga de la escoba
Artículo siguienteÉrase una vez en Charlie Manson, previo 2
Carlos G. Santa Cecilia
Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es jefe de la Sección de Publicaciones de la Biblioteca Nacional y responsable de libros y ebooks de fronterad.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí