El último enemigo

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      A los que seguimos con vida nos corresponde clamar contra la muerte. La dejamos entrar en casa sin oponer resistencia, como si tuviera títulos y derechos legítimos. Lo más que solemos es tratar de acotar el ritmo, el modo, el lugar de sus apariciones. Se le han hecho demasiadas concesiones a la muerte. La historia de las religiones es la historia de su administración; la de la filosofía, por lo general, la de su aceptación; la de las artes, la de su sublimación; la de la ciencia, la de sus vanos remedios. Demasiada capitulación, excesiva impotencia.

      Esta odiosa connaturalidad se ve acrecentada por lo fácil que nos resulta su producción artificial. La Humanidad ha aniquilado ya a tantos semejantes, se adelanta con tal frecuencia y destreza a la labor inexorable de las fuerzas naturales, como para no estar ya en disposición de sobrecogerse en demasía ante la muerte. Frutos de una sangría interminable, descendientes como somos de víctimas y matadores, la esperanza de una muerte tardía y serena nos parece el único horizonte deseable. Ciertamente no sería poca ganancia. Pero el grito más humano va aún más lejos: muerte a la muerte, muera la muerte. Sólo ese alegato nos eleva sobre los demás mortales.

      Porque es injusto que el hombre muera. El hombre es el único ser que no debe morir, que no merece esta condena, que tiene derecho a la rebelión más radical que cabe. Que se extinga todo lo demás, está en su destino; pero que muera un individuo racional, eso es un escándalo impensable. Sólo ese ser capaz -por su conciencia- de saltar sobre cualquier frontera, que vive justamente en y de la transgresión de los límites naturales, sólo él habrá de verse libre de aquel mandato universal. El único ser que anticipa el horror de su desaparición individual, que maquina sin descanso contra su mortalidad, que anhela su permanencia…, es el ser con vocación de superviviente. Para el resto de criaturas vivas podrá ser bastante que la extinción de los individuos sea vengada por la pervivencia de la especie. El hombre no se contenta ni con este subterfugio animal ni con cualquier otra imitación de la perdurabilidad personal. Descendencia, dinero o fama resultan torpes remedos de la eternidad ansiada.

      Quien es capaz de decir «yo» no puede alienar su aspiración de inmortalidad en ningún representante abstracto. El que ha sabido amar y hacerse amar, el capaz de cualquier gesto humano, debe saber que en eso mismo transciende a la muerte. Quien se separa por su conciencia de la comunidad que forma todo lo viviente no aceptará compartir al final su misma suerte. Lo demás es delito de lesa humanidad, traición a lo que nos hace humanos. Quien los cometa, se hace reo de deserción o engaño y, ése sí, debe repararlos con su muerte.

      Entretanto, que no se finja confortarnos con débiles razones o con promesas ilusorias. Ha pasado el tiempo de creer en lo que no vemos. Pues no se muere en virtud de un pecado que la Humanidad arrastre desde siempre; más bien la muerte es el pecado mortal cometido contra el hombre. Mejor aún, como escribe Canetti, el hombre peca porque se muere. «La brevedad de la vida nos hace malos. Un día se verá que con cada muerte los hombres se hacen peores. La muerte no sería tan injusta si no estuviéramos condenados a ella de antemano. A cada uno de nosotros, incluso a los peores, nos queda la excusa de que nada de lo que hacemos se acerca a la maldad de esta condena que pesa de antemano sobre nosotros. Tenemos que ser malos porque sabemos que vamos a morir. Todavía seríamos peores si, desde el principio, supiéramos cuándo». Religión y filosofía han rivalizado en predicar la resignación ante la muerte, en presentar como una liberación lo que es el síntoma más elocuente del fracaso humano, en trivializar el más decisivo acontecimiento individual. Aquel entrañable Epicuro, en su afán por promover la imperturbabilidad, llegó a la mentira: «Así que el más espantoso de los males, la muerte, nada es para nosotros, puesto que mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y, cuando la muerte se presenta, ya no somos nosotros…». Como si fuera un instante, y no un proceso que coincide en su integridad con el período mismo de la vida. Como si se tratara tan sólo de la mía, y no ante todo de la muerte de los otros, que no hace sino prefigurar la propia mía…

       Y puesto que no hay consuelo posible frente al compendio de toda desgracia, no hay preparación más digna de la muerte que su repudio. En lugar de dejarse morir, acariciar la rebelión, repensar el adánico proyecto de ser como dioses. En lugar de distraerse de ella, militar fieramente contra la muerte en todas sus formas y en cualquiera de sus signos, contra sus justificaciones e ideologías, frente a sus administradores y ejecutores, contra sus pompas y sus obras. He ahí la tarea más excelsa que cumple al hombre. Porque sólo cuando nos hayamos atrevido a acabar con la muerte, aunque sea ella quien al final nos derrote, habremos merecido descansar en paz.

      Madre desnaturalizada ha sido para nosotros la naturaleza y bien pródiga para los seres menos dotados. Pues por lo general se ha complacido en asegurar larga vida a piedras y árboles, a los que nada les va en ello, y en recortar en cambio avaramente la existencia de quienes la experimentamos como nuestro principal tesoro. Madre más auténtica ha sido nuestra segunda naturaleza, la cultura, quien ha tomado a su cargo la tarea de protegernos de la muerte. La cultura no trata sólo de arropar en lo posible nuestra patente menesterosidad sino, yendo hasta su raíz, de remediar nuestra más flagrante mortalidad. De momento, ha fallado en este segundo cometido. Si hasta ahora se ha esmerado en producir al menos tantos instrumentos de muerte como medios de vida, habrá que achacarlo al escaso aprecio que el hombre siente aún hacia sí mismo. Si todavía se esfuerza primordialmente en marcar las diferencias entre los humanos -sexos, naciones, clases sociales-, ello viene a probar que no ha reparado lo suficiente en la condición perecedera que tan tajantemente nos equipara. Que no ha comprendido cómo nuestra igualdad más básica la pone nuestro carácter de morituri : seres que van a morir y lo saben.

       Cuando por fin la cultura (es decir, el cultivo de la humanidad en el hombre) afronte su misión de volvernos inasequibles a la muerte, no digo yo que ese día estaremos a un paso de la divinidad, pero seguro que evitaremos añadir a nuestro infeliz estado -por mortal- más causas artificiales de pesar. Tal vez entonces hayamos inventado, al menos, los únicos sustitutos dignos de la inmortalidad anhelada: la comunidad libre, la paz perpetua, la fraternidad universal. ¿Quién sabe? A lo mejor en ese futuro, reconciliados entre nosotros mismos, hasta nos reconciliábamos con nuestra propia muerte.

 

Mayorcito, de 1945. Por origen local y afición personal, confieso que me sería aplicable aquel absurdo de pertenecer al “pensamiento navarro”. Imparto clases de Filosofía Política y Teoría de la Democracia en la Facultad de Filosofía de San Sebastián (Universidad del País Vasco). Me han publicado varias recopilaciones de artículos de prensa sobre cuestiones civiles actuales, muy en particular sobre el nacionalismo vasco de nuestros pecados. Entre mis ensayos éticos estoy prudentemente satisfecho de La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, La tolerancia como barbarie (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral. En materia de filosofía política creo que son útiles manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia; El saber del ciudadano; Las nociones capitales de la democracia, obras colectivas de cuya edición he sido responsable. Soy colaborador habitual, desde el año l986, en las páginas de "Opinión" de El País y, más tarde, de El Correo y Diario de Navarra. Venido de movimientos ciudadanos como ¡Basta ya!, me afilié al partido Unión, Progreso y Democracia desde su nacimiento. Y no hay mucho más que contar.