El valor del mestizaje en la construcción de América. Genealogía y coincidencias de un acontecimiento para dos continentes

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“Primer desembarco de Cristóbal Colón en América”, Dióscoro Teófilo Puebla y Tolín, 1862.

A 210 años del inicio de la independencia y la descolonización de países como Colombia, un apellido familiar hallado en los registros históricos es la excusa para entretejer este hilo común que tenemos, desde el primer desembarco español en las Américas, una irreversible madrugada del 12 de octubre de 1492.

Hoy se puede decir con mayor certeza que los genes de la independencia vinieron en las mismas carabelas del descubrimiento que capitaneó el almirante Colón. Oficiales, marineros y grumetes de la más variada procedencia del hoy territorio español fueron la semilla filial, que descendencias y años más adelante se opondrían a la dominación del Reino de España, aunque no a su legado sociocultural.

La tripulación que conformó a los afamados navíos de la Pinta, la Niña y la Santa María, según los últimos estudios, no ascendió a más de 90 o 120 navegantes, distribuidos entre 25 y 40 individuos según la capacidad de cada una de las naos. Embarcaron en ellos diferentes vecinos de las localidades donde se realizaron los preparativos para la salida del insospechado viaje. Algunos eran adinerados y propietarios de las naves marítimas, otros cualificados en las destrezas necesarias de la mar, también sirvientes y ayudantes rasos, pero pocos soldados, y menos mujeres; al menos en este primer viaje.

Desde los poblados de Palos de la Frontera y de Moguer en la provincia de Huelva, en la costa oeste de Andalucía en España, se fletaron también personas privadas de la libertad, algunos marineros encarcelados, acusados de homicidios y rebeldes condenados. Sus oportunidades para mudarse del calabozo consistieron en aceptar el mandato de los Reyes Católicos, y hacer parte de la expedición de un tal Cristoforo Colombo; posiblemente genovés; otros dicen que gallego, catalán… Aquel misterioso hombre se dirigía rumbo al inexplorado oeste, o al menos hacia las supuestas Indias de las especias y el abundante oro, según su intuición y erróneos cálculos. La encrucijada que se les planteó, tanto a los penados para resolver su libertad como a los aventureros de la época, era una muy difícil de rechazar.

Los registros, hoy en día disponibles, dejan entrever que la variopinta tripulación estuvo integrada por apellidos tan populares en Latinoamérica como Sánchez, García, Torres, Pérez, Martínez, Fernández, Pinzón, Triana, Medina o Morales, entre muchos otros de origen castizo. Las crónicas señalan que varios de ellos perecieron durante el viaje (de ida o de regreso). Pero aquellos que lograron alcanzar las primeras costas disfrutaron de las novedosas y desconocidas viandas: el maíz, el tomate o la papa eran aún desconocidas en Europa. Así también se tropezaron con la desnudez de las mujeres indígenas, a las que tomaron sin ninguna restricción moral según su santa fe. Colón describió con afinado detalle a esos primeros taínos de la isla de Guanahani (San Salvador-Bahamas): eran de “muy lindos cuerpos y caras, los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, van desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron […] traen una cosa de algodón solamente tan grande que les cobija su natura y no más y son ellas de muy buen acatamiento, y son de la color de los canarios, ni negros ni blancos […] y de ellos solos los ojos, y de ellos solo la nariz”.

Esas primeras huellas en la arena, ocasionadas por la tripulación original, como las de miles de los siguientes navegantes (el segundo viaje traería a más de 1.500 soldados de golpe), aún están entre nosotros los hijos de América Latina, y no deja de ser curioso que también sus apellidos circulen y se entremezclen, como lo han hecho siempre, y sean parte de nuestra historia compartida.

Algo de cultura popular y menos de populismo

A los eventos del Descubrimiento de América como a los de la Independencia de los territorios hay que agregarles más recursos explicativos populares y menos ruegos populistas. Una necesidad para aproximar la historia a las nuevas generaciones y reinterpretar los hechos desde nuestro contexto. Basta con recordar, entre los muchos filmes recreados, uno como Cristóbal Colón: el descubrimiento (1992). Una película con unos jovencísimos Catherine Zeta-Jones y Benicio del Toro, acompañados por un ya asentado Marlon Brando, y que ofrece la oportunidad de rescatar aspectos tanto anecdóticos como histriónicos sobre la travesía. Aunque como toda saga esté basada en los clichés comunes de la grandiosidad épica, y en una mirada corta sobre los aborígenes –producción al uso hollywoodiense–, también contiene esta narración innumerables detalles y referencias históricas.

En la cinta, uno de los pasajeros de la primera tripulación, Alonso de Morales, viaja en la embarcación de la Niña como marinero. En medio del angustioso viaje se ata con desesperación a los cabos de la vela mayor para pedir a gritos que lo regresen a su amada península ibérica. Pero este mismo Morales vuelve a aparecer, minutos más adelante, entregado al placer visual que producen las turquesas aguas de las Antillas. Rodeado por las innumerables indígenas taínas disfruta de más placeres por sus orificios, ya que esnifar y aspirar tabaco era un lujo desconocido. Así como lo era también tumbarse en una “hamaca”, saborear una “guayaba”, picarse con un “ají” o navegar sobre una “canoa”; todas ellas voces taínas reconocidas hoy en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

Así es como a Morales, en su frenesí descubridor, se le ve apretujando a estas mujeres indígenas con los pezones descubiertos –ellas transitan sin las reglas de recato europeas– y van con menos paños que sus coetáneas del viejo mundo. Los fotogramas transmiten la evidencia de que la estirpe de Morales está garantizada. Es el inicio de un mestizaje que apenas comenzaba a definirse. Pero de imprevisto el ingenuo soldado se ve atravesado por la larga espada de su capitán, ya que además de haberse desatado en el éxtasis descubridor, se encontraba disfrutando sin pudor de una indígena igual de deseada –parar ser raptada o violada– por su inmediato superior.

Así es como en medio de la trifulca provocada se escucha: “Eres un asesino –le dice otro marinero durante el combate–. Ahora saben que no somos dioses…”.

Es verdad que las sensuales taínas que allí se representan, solo incrementan un desgastado estereotipo; y que, aunque lo consideremos justo únicamente explota el canon preestablecido de los primeros relatos, de las inexactas y subjetivas crónicas de Indias, o de las pinturas que sobre el primer desembarco se realizaron luego, varios años después y bajo una visión exclusivamente eurocéntrica.

En ‘Tierra Firme’, costas de América del Sur

Los episodios paradójicos no han dejado de manifestarse a lo largo de la historia, esta vez 300 años más adelante en Colombia; en la ciudad epicentro de la independencia del Nuevo Reino de Granada (alguna vez Bacatá, esporádicamente Nuestra Señora de la Esperanza, otras veces Santafé de Bogotá y hasta el momento, Bogotá D.C.).

En este lugar reaparecieron por coincidencia otros congéneres con ese apellido Morales traído por el mar, aunque bien podría ser cualquier otro. Estos nuevos habitantes de la ciudad sabanera hacen parte de la comunidad “criolla” –una sociedad criada fuera del Reino de España, pero considerada descendiente de españoles–. Al frente de un portal, padre e hijo de esta familia, protestaban por el insulto recibido por un español vociferante, que los rechazaba por indignos, y por la solicitud en préstamo de un supuesto florero de cerámica barroca; hoy muy conocido popularmente.

Era el año de 1810 y habían pasado ya tres siglos de genealogía y mestizaje. Sin embargo, enfrente a la Calle Real, en la casa de comercio de un gruñón llamado José González Llorente, estos Morales recibieron la injuria que, aunque fue preconcebida en detalle por los conspiradores, fue la dinamita precisa para desatar la ira en el pueblo.

Mucho antes del improperio emitido por el español Llorente, se cavilaba sobre el mejor mecanismo para organizar una junta de gobierno independiente y la pronta expulsión del virrey Amar y Borbón. Los ideales de libertad e igualdad transmitidos por las traducciones de Antonio Nariño, los textos como el Memorial de agravios de Camilo Torres, la estrategia política de influyentes como José Acevedo y Gómez, las arengas de José María Carbonell; entre otros destacados, como los científicos Francisco José de Caldas y Jorge Tadeo Lozano, conformaron los ingredientes necesarios para que los más ilustres e intelectuales criollos, quizás cerca de 100, tomaran el impulso de alentar –dentro del sistema de “castas” impuesto– a campesinos, a mestizos, a algunos pocos mulatos libres, pero mucho menos a indígenas (ya pocos quedaban) y negros (sin derechos), en la participación de las revueltas de aquel día de mercado, en el que se lanzó ese primer grito popular de independencia.

No querían ya los criollos seguir siendo súbditos de otros súbditos. Pero tampoco tenían claro qué hacer con todo el andamiaje establecido por la aristocracia colonial, mucho menos con la esclavitud, que perduraría varios años más, hasta 1851. Aunque la desigualdad social ya estaba inscrita. La oportunidad de elección y de representación, para esa nueva idea de nación, estuvo muy limitada a la burguesía de los “españoles americanos”, a su condición de hombres letrados, propietarios, mayores de edad, como al cumplimiento del concepto religioso de “limpieza de sangre”.

Los notables americanos se enfrentaron a los españoles, sobre todo, por el aumento de impuestos, el control del comercio del tabaco y el aguardiente, y el nombramiento de peninsulares en altos cargos; en detrimento de los locales, es decir, de ellos mismos como hijos de europeos con derechos.

La crisis de respuesta del reino español, debido a la incapacidad por la invasión de Napoleón, fueron el espacio idóneo para configurar la rebeldía. La fórmula creada, y que ha sido reinterpretada de innumerables formas, consistió principalmente en exacerbar al español y probar su ira ante la petición del florero (ramillete o adorno), para un saludo previsto al recién llegado, comisionado Antonio Villavicencio. Pero la tradición española de blasfemar en conjunción con las heces, fue la más hiriente de las formas escatológicas para referirse a ellos ante tal solicitud: “Me cago en el comisionado y en todos los americanos”, dicen que pronunció Llorente en su enfado y como negación al préstamo. Podría haberse cagado también en la leche, en Dios, en la mar o en los muertos, tenía medios lingüísticos para escoger su fórmula de desprecio, pero esta primera fue suficiente para que el abogado Antonio Morales lanzara su puño, bofetada o palazo contra Llorente –según la versión de cada narrador–; y se diera inicio así a una revuelta masiva, con el pueblo reunido en día de mercado en la plaza. No hay detalles claros sobre si el florero se resquebrajó en las proclamas de aquel momento –la Casa Museo de la Independencia en Bogotá conserva los supuestos restos–, pero aquel día si se fragmentó el antiguo orden impuesto por el régimen del imperio español.

Sucedidos los hechos del 20 de julio de 1810 se redactó, en la madrugada, un acta con las condiciones de la pretendida independencia. Francisco Morales, el padre de Antonio Morales y su hermano habían asegurado con su teatralización, la presencia fija en este nuevo gobierno donde obtendrían los cargos que conservarían sus privilegios.

La nueva junta aun gobernó en nombre del rey Fernando VII, aunque estuvo dispuesta a regresar la soberanía a este, siempre y cuando él mismo viniera a “reinar entre nosotros”; una trampa dialéctica imposible de cumplir. No fue hasta el año de 1976 cuando por primera vez un monarca español pisó tierras latinoamericanas, una visita en cabeza de Juan Carlos I a los seis meses de la muerte de Franco; en donde también desfiló por tierras colombianas. Desde el logro de esa primera independencia han transcurrido 210 años, en los que se ha venido construyendo el pedregoso y violento camino de un pueblo soberano, indeciso en su forma de gobierno (federalista o centralista), como en la búsqueda de una ciudadanía integradora en razón del alcance de su “libertad”.

Los ilustres impulsores aún tuvieron que enfrentar males peores, varios de ellos fueron fusilados y ahorcados en los años siguientes durante la Reconquista española. Este devenir hacia la independencia solo tuvo fin en otra imagen icónica reconstruida; con la batalla de 1819 y Bolívar encaramado sobre el diminuto puente de Boyacá. Avanza el tiempo y ahora solo nos separan 201 años de herencia del sistema colonial, pero nos mantenemos unidos a otras formas, que van más allá de los lazos lingüísticos o los socioeconómicos, y que son visibles cuando observamos la fragmentación de la diversidad continental, el desequilibro social sostenido, el uso de la violencia, o los conflictos de construcción de unidad nacional en algunos países de la región.

Una historia de paradójicas coincidencias

En un último salto hasta nuestros días en pleno siglo XXI, y a través del pliegue genealógico de millones de vidas y de personas, nos topamos de frente con un descendiente de indígenas aymaras de apellido Morales –aunque reitero podría ser cualquier otro de los tantos apellidos que migraron, este es solo un pretexto para estas líneas–. Aquel hombre, según su ideología de gobierno, “inspirado en las luchas del pasado, en la sublevación indígena anticolonial y en la independencia”, ha logrado revolcar el orden social en su propio país. Evo Morales Ayma, hijo de agricultores y criadores de llamas fue presidente durante 13 años del Estado Plurinacional de Bolivia. Ha liderado un amplio movimiento sindicalista, de indígenas y de izquierdas, muy controvertido sin duda, pero admirable en su significancia y trasposición de las élites tradicionales.

Es así como desde los primeros navegantes desorientados en la mar un 12 de octubre, pero embriagados de ambición, temor y placer, se desenlazan aún las consecuencias más indescifrables ante nuestros ojos. Mantenerse atento y cuestionar el pasado oficial es una obligación, así como dejar espacio para comprender las huellas del pasado, aunque tengan que ser reubicadas en mejor lugar, pues son la mejor herramienta para resguardar lo sucedido a las nuevas generaciones, comprender de nuevo y decidir sobre nuestro tiempo.

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Algunos textos, fuentes y museos consultados

Bibliografía:

Orlando Melo, Jorge. Historia mínima de Colombia. Colombia, Turner publicaciones, 2017.
Eslava Galán, Juan. Historia del mundo contada para escépticos. España, Planeta, 2012.

Caballero, Antonio. Historia de Colombia y sus oligarquías. Colombia, Planeta, 2018. Samper Pizano ,Daniel. Lecciones de histeria de Colombia. Colombia, Penguin Random House. 1993.
Álvarez, Juan. INSULTO. Breve historia de la ofensa en Colombia, Seix Barral, 2018.

Recursos online:

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. www.cervantesvirtual.com
Criollos: The Birth of a Dynamic New Indo – Afro – European People and Culture on

Hispaniola. Lynne Guitar. Ph.D. History, Vanderbilt University (2000).

Marín Leoz, Juana Ma. ‘Genealogía de un acta. Los firmantes del Acta del Cabildo Extraordinario de Santafé del 20 de julio de 1810’. Memoria y sociedad 15, no. 31 (2011): 10-28. Revista, Universidad Javeriana. Colombia.

Museos

Casa-Museo Colón. Valladolid, España.
Museo de América. Madrid, España.
Museo de la independencia. Casa del Florero. Bogotá, Colombia. Museo de las carabelas del descubrimiento. Huelva, España. Centro Expositivo Pabellón de la Navegación. Sevilla, España.

Algunas imágenes consultadas:

1.- Primer desembarco de Cristóbal Colón en América, 1862. Óleo sobre lienzo, 330 x 545 cm. Puebla y Tolín, Dióscoro Teófilo. (Ayuntamiento de A Coruña). Propiedad Museo del Prado. España.

2.- Landing Of Columbus, 1847. Óleo sobre lienzo, 12′ x 18′ . John Vanderlyn. (Capitolio de los Estados Unidos en Washington D. C.

3. Christopher Columbus. The Discovery. Película de John Glen. Warner Bros, 1992.

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