El Via Crucis de Lance Armstrong

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El ciclismo es algo tan duro y el sufrimiento tan intenso que llega a ser absolutamente purificante… Alguien me preguntó hace tiempo qué placer podía yo tener en seguir corriendo. “¿Placer?” –le dije. “No entiendo la pregunta. Nunca lo hice por el placer. Lo hice exclusivamente por el dolor”.

                                                                     Lance Armstrong

 

Anoche seguí a ratos en la televisión la primera parte de la entrevista que le concedió Lance Armstrong a Oprah Winfrey, y digo a ratos porque he de decir que la entrevista (o más bien, la confesión de pecados y la subsiguiente entonación de mea culpa del otrora poderoso ciclista) no era un espectáculo precisamente grato de ver, aunque sí lleno de morbo, un poco como debían de tenerlo, allá por los tiempos recios de la Inquisición, los autos de fe y las retractaciones de los herejes antes de echarlos a la hoguera o ponerlos en la picota con una coroza en la cabeza.

 

La pública confesión de Armstrong, eso sí, se llevó a cabo en un confesionario recoleto, casi íntimo. La gran sacerdotisa de la televisión americana y el deportista más fraudulento de la historia reciente estaban sentados los dos frente a frente, en sillas funcionales, en medio de una decoración neutra, insustancial, con una mesita de café detrás de ellos, una repisa adornada con algunos cachivaches anodinos –una bandeja rústica, un cirio amarillo, dos tarros de vidrio- y, como fondo, un balcón de visillos blancos. La entrevista se inició con unas cuantas preguntas que solo admitían el sí o el no, sin posibilidad de matiz, de ambigüedad o de astutas escapatorias: 1) Empleó sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento en la carrera, ¿sí o no? 2) Entre esas sustancias estaba el EPO, ¿sí o no? 3) Se puso transfusiones de sangre, ¿sí o no? 4) En todos los siete tours que ganó tomó sustancias prohibidas, ¿sí o no? El ciclista tragaba saliva, miraba con la pupila dilatada y respondía a cada pregunta con un sí, que unas veces le salía lacónico y otras algo más elocuente, pero en todos los casos cada sí ponía punto y final al cuento de hadas que se había iniciado poco después de su curación del cáncer.

 

Tras la confesión, arrancada tan de cuajo, llegó el momento de reconocer y pedir perdón por sus muchos renuncios y mentiras, por sus delaciones y furibundos ataques a antiguos colaboradores y periodistas, por las querellas judiciales, por las insistentes, por las obstinadas declaraciones de inocencia, por el regodeo fanfarrón de sus triunfos, por la desmedida soberbia desplegada a lo largo de los años desde que empezó a subirse al podio. Siempre se ha dicho que el ciclismo es sufrimiento, pero no creo que ni en los repechos más empinados del Tourmalet o del Alpe D’Huet el dolor haya sido mayor que el experimentado por Lance Armstrong en esta entrevista con Oprah. El dolor físico no es quizá tan insoportable como el dolor que provoca la pérdida del honor, que es, como decía Calderón, patrimonio del alma.

 

Y viéndole pasar por todo ello, mientras miraba incómodamente a su inquisidora y no dejaba de tragar saliva, se me ocurrió pensar que a lo mejor este sufrimiento del alma era la última fase, la etapa final, el desiderátum que todo ciclista busca dentro del masoquismo inherente en este deporte y que, siendo así, Lance Armstrong, en su humillante descenso a los abismos de la ignominia, había superado otra vez al resto de sus muchos competidores.

 

Alguien se ha apresurado a decir –creo que en el New York Times- que Armstrong se ha limitado a confesar, sin explicar todavía el por qué de sus acciones. Si no lo ha hecho, yo tengo ya mi propia explicación, que es ésta: toda la montaña de mentiras que fue acumulando el ciclista tejano a lo largo de estos años no tenía otro objeto que subir algún día por esa dolosa y empinada montaña, siendo quizá la entrevista con Oprah su primera estación, entre las catorce que aún le quedan de su vía crucis. ¿No dejó dicho ya en algún sitio, cuando le preguntaron, que él no competía por placer sino por el dolor que el ciclismo le causaba?

 

         

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.