El viaje

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Buhardilla y libros. Un rincón en el jardín para la conversación. Sola en la cama o junto a algún amor de paso. Entre el desorden, siempre una llegada segura en la caótica vida madrileña. Me encamino hacia Sol. Transeúntes. Tráfico intenso. Me abro paso como puedo. Un día menos para el verano. El diccionario define ‘veranear’: Pasar las vacaciones de verano en lugar distinto de aquel en que habitualmente reside. Discrepo. Mi verano o eso que llaman vacaciones es el mismo portátil, asfalto y el paso de una tarde que ya no volverá. Atrás quedó la adolescencia de mochilas, bocadillos de tortilla de patatas y sacos acampados en la sierra. Decía Julio Camba que no hay nada como los lugares imaginarios para vivir. Lugares llenos de literatura previa. Por eso me enamoraba el cine en pantalla grande. Los mapas antiguos. Y, odio el asiento de en medio en el avión. Me pone la incertidumbre que provoca toda nueva partida. Creo que desde mi primer viaje largo -aquel fin de curso- a Italia, cruzando media Europa en coche, deseé viajar. En el metro que me lleva a Gran Vía hojeo La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini. Italia vuelve a mí como las selvas de Conrad o las ventanas woodyallenescas de Nueva York. Successo (1959) encargó un reportaje a Pasolini y al fotógrafo Di Paolo. Al volante de un Fiat, recorrieron la costa italiana. Desde Ventimiglia hasta Trieste. Ante sus ojos estallaba el estío, “espléndidas playas al máximo de sus posibilidades, el ideal del verano, empeñarse con todas las fuerzas en ser felices y, por lo tanto, serlo realmente, para mirar y ser mirados, en una romería de amor”. En Forte dei Marmi ve a Agnelli, “grueso, próspero, bronceado. Se niega a ser fotografiado”. En Fregene visita a Moravia, “escribe nueva novela, El tedio”. Coincide con Fellini rodando La Dolce Vita. Ancona, Rímini, Venecia y la Serenísima. Al fresco, jubilados, parejas. Sin decir nada. Casi. Sin mapas ni guías, coincido con Pasolini en su obituario: “En los salones no se puede hacer el amor, ni tampoco en las camas. Hace falta un césped de la periferia, un trozo de desierto”.

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