El viaje

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Esta mañana, en mi piso de Brooklyn, he sacado la mochila gris del armario, he doblado las camisas y los pantalones y guardado dos toallas, una para la playa y la otra para la ducha. El neceser tiene cada vez menos medicamentos, es decir, menos miedo y, desde hace un tiempo, ni cuchillas ni espuma de afeitar. Le he sacado brillo a la cámara de fotos y revisado como tres veces que no me olvidaba el pasaporte y la cartilla de vacunaciones. La mochila todavía está sucia de un polvo marrón que debe ser del parque de Amboseli en Kenia (con sus elefantes y su Kilimanjaro) o de mi último viaje a Mombasa, en un tren que atraviesa la llanura de noche como una serpiente de hierro -la metáfora es local-. Le he dicho a Carolina que viniera a tocar el polvo africano y ella ha acariciado la mochila y se ha quedado un segundo mirándose los dedos manchados de tierra. Nunca limpiaré ese polvo.

 

El ritual del viaje, siempre tan parecido y cada vez, único. Las libretas de bolsillo con algunos apuntes y algunos teléfonos de gente que no conozco que se meterá en la historia de mi vida y desaparecerá de ella en alguna estación desconocida todavía. Me llevo ¨Los detectives salvajes¨de Roberto Bolaño,  aunque no es para mí. Mexicanos perdidos en México. Arturo Belano, el chileno, nació como yo, un 6 de enero. Qué sensación la de ponerme la mochila y mirarme al espejo. Me hago mayor, pero la mochila siempre reclama su sitio, sus ganas de que me pierda en el mundo, como los mexicanos se pierden en México.

 

En un rato saldré hacia el aeropuerto de Newark en Nueva Jersey y me subiré a un vuelo con destino a Bogotá. Ahora estoy en el trabajo, miro por la ventana a la ciudad de la que tantas ganas tengo de despedirme y a la que tanto echaré de menos en apenas unas horas. El teléfono, el reloj y el portátil han cedido el sitio en el equipaje a unas gafas de bucear. Un amigo mío me enseñó que las gafas de bucear en el equipaje representan el estado más perfecto y elegante al que puede aspirar alguien que se va lejos. Sueño con ver peces de colores como los de Sicilia cuando era niño o los que persigo a arponazos en Ibiza con mi hermano Ramón.

 

Visito Colombia por primera vez y voy cargado de imágenes y algunas ideas que se desvanecerán en el taxi de camino a un hostal del centro. Siempre ocurre lo mismo, la huella y la nostalgia de lugares que uno nunca ha conocido. Esta noche me tomaré una cerveza y cenaré sabores nuevos y me daré cuenta de que el tiempo se ha detenido y no pasan ambulancias, ni camiones de bomberos, ni taxis amarillos y, entonces, el alma habrá llegado al cuerpo. Quizás tarde un poco más y vague sin alma por las calles oscuras de Bogotá. Me voy. Lo próximo, supongo, será más tropical.