El viejo y el mar

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Su desnudez narrativa, la simplicidad de su puesta en escena y lo escueto de su discurso, susceptible eso sí de rellenarse de contenido a partir de lecturas simbólicas, convierten a Cuando todo está perdido en una verdadera rara avis en el seno de Hollywood. Su exigencia, de forma meritoria, se convierte en gratificante experiencia para el espectador dispuesto para la aventura cinematográfica más sencilla.

 

Suena Holocene, de Bon Iver

 

 

Recién celebrada la octogésimo sexta ceremonia de entrega de los Oscar se confirma no solo que en la mayoría de ocasiones el nivel de los perdedores es mayor que el de los vencedores sino que incluso aquellos que quedan fuera de la disputa por la preciada estatuilla dorada son merecedores de un mayor reconocimiento –otra cosa, pensarán algunos, es que sea en forma de premio o no.- En este sentido, con una película como Cuando está todo perdido (All is lost, 2013), de J. C. Chandor, lo tenemos claro, y hay que afirmar sin ningún tipo de miedo o rubor que dentro de la producción reciente de Hollywood se trata de una de las obras más estimulantes, exigentes y gratificantes que han surgido del seno de la industria. Su propuesta, tan arriesgada que casi resulta suicida, consistente en narrar la dramática peripecia de un hombre mayor, “nuestro hombre” en los títulos de crédito –un avejentado Roberto Redford, sobrio y eficiente- que sufre un accidente cuando durante una travesía su velero choca con un contenedor lleno de zapatos proveniente de algún carguero.

 

Él, enfrentado a ese contratiempo y a la adversidad de la naturaleza, inclemente comme il faut, es la única presencia en la pantalla. No hay diálogos, y por no haber no se recurre al manido uso del monólogo interior a través de una voz en off –esta solo aparece al inicio, en una especie de flashforward, para reproducir el contenido de una carta que tiene mucho de despedida; tampoco hay ningún flashback, que nos ponga en situación previa a una narración que empieza in media res. Para los espectadores que busquen algún tipo de salvavidas dramático prepárense a morir ahogados. ¿Quién es ese hombre? ¿Qué hace allí, en medio del vasto Océano Índico? Preguntas que no nos va a responder su guionista y director y que ni tan siquiera hace falta que nos planteemos. La película es de una desnudez apabullante. Un aspecto que servirá para que se la considere una especie de parábola en la que ver signos distintivos en cuyo significado hallemos reflexiones sobre la vida moderna, la deriva existencial del ser humano en plena crisis del capitalismo, etc. Sin embargo, eso en lugar de enriquecerla, la empobrece. Tal vez sea una coartada útil para no tener que ejercer ese siempre incómodo ejercicio de tener que mirar sin más. Las técnicas del conductismo narrativo aplicadas a conciencia y llevadas al límite suponen la misma incomodidad en la que se halla el protagonista.

 

 

Cuando todo está perdido es un relato de supervivencia extrema, carente de discursos, que no pone de manifiesto alegatos obvios y truculentos y por lo tanto es más osada que 12 años de esclavitud (12 years a slave), de Steve McQueen. Es un relato minimalista, mucho más incluso que Gravity (Idem, 2013), la odisea espacial de Alfonso Cuarón, que no solo no se deja llevar por el énfasis y la grandilocuencia de la epopeya o por toneladas de sentimentalismo, sino que no necesita de envoltorios tecnológicos que parezcan hacernos trascender la pantalla físicamente pero no lo consigan emocionalmente […] Cuando todo está perdido, sin el recurso del 3D, pero a través de una puesta en escena que aprovecha al máximo las posibilidades de sus recursos, nos sumerge en la dramática aventura de su protagonista y, es más, nos lleva anímicamente de la mano de su protagonista con su cámara observándolo a la altura de los ojos. La mirada de J. C. Chandor nos conduce por el mismo desarrollo emocional que padece su protagonista: del estupor y el desconcierto iniciales pasando por la rabia y la frustración hasta llevarnos a la desesperación.

 

Esa experiencia emocional es nuestra recompensa a nuestra fidelidad a una película y a su protagonista. Una película en la que cuanto más aumenta su exigencia, contrariamente a convertirse en una experiencia ardua y dificultosa ,como la de su protagonista, enfrentado a todo tipo de incidencias, técnicas y climatológicas, más placentera y gratificante se vuelve en cuanto a aventura cinematográfica. Incuso cuando todo nos parece perdido, cuando estamos a punto de abandonar parece empujarnos, para que sigamos teniendo esperanza. Y nos devuelve la fe en un cine donde las cosas son sencillas, o al menos lo parecen.

 

Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.