El viento en tu cara

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Mi hija me preguntó si no me daba vergüenza dibujar tan pero tan mal. Avergonzado y aturdido, ahora me pregunto en qué momento olvidé dibujar. También cuántas otras cosas he olvidado para siempre

 

Mi barrio

 

En mi recuerdo, hacíamos carreras de bicicleta por las mañanas, jugábamos al fútbol todas las tardes, nos contábamos chistes y encontrábamos a las chicas por las noches. Con el tiempo, se fueron algunos chicos y llegaron otros, nosotros mismos comenzamos a ampliar nuestros horizontes, incursionando a otros barrios, conociendo a nuevos amigos, gileando a otras chicas. Ahora que vivo casado con una alemana me pregunto en qué momento fue que empezamos a perder todo aquello que en algún momento nos había parecido eterno. Casi no tengo tiempo para encontrar una respuesta pues ya mi hijo me mira impaciente con sus ojos azules, inocente de la infancia que perdí, en una ciudad, en un idioma que no son los suyos pero ya tampoco los míos.

 

 

Clases de dibujo con una niña

 

Mi hija menor me pidió que le dibujara un caballo. Después un perro y una flor. Una vez que hube dibujado los tres, se me quedó mirando de manera rara y me preguntó si no me daba vergüenza dibujar tan pero tan mal. Después, cogió sus lápices y, con la vasta experiencia de sus tres años, garabateó un caballo, un perro y una flor (no supe reconocer en qué orden). Por eso, avergonzado y aturdido, ahora me pregunto en qué momento olvidé dibujar. También cuántas otras cosas he olvidado para siempre.

 

 

La bicicleta

 

Fue el último de los hermanos pero el primero de todos en irse. Con algo de tiempo, reflexión y, por qué no decirlo, un asomo de olvido, casi hasta podemos entenderlo; no obstante, en aquel momento, cosa que jamás nos había ocurrido hasta antes de su partida, nos negamos a asumir la desgracia que nos abría los brazos, como si no hubiera bastado con todo el sufrimiento que su llegada trajo a nuestras vidas, el sufrimiento de ser distinto a nosotros pero al mismo tiempo una parte de nosotros. Recuerdo una tarde en la que se empeñaba en seguirnos con su bicicleta. Como siempre, bastaba con que empezara a pedalear para que de inmediato cayera estrepitosamente al suelo y empezara a dar esos gritos insoportables que nos hacían pedalear más rápido aún para llegar ahí donde no se les podía oír. No obstante, aquella vez fue distinta pues, apenas cayó por tierra, vimos a mamá que lo tomó en sus brazos y acercó sus labios para decirle aquello que lo hizo dejar de llorar y esbozar algo parecido a una sonrisa. Fue entonces que ocurrió el milagro: Paquito se levantó, montó sobre su bicicleta y, torpe, jadeante, feliz, nos dio el alcance a nosotros que, pese a nuestro rencor, lo recibimos como si fuese uno de nosotros. Un instante, pues Paquito siempre pedaleó más lento que cualquiera; por eso, uno a uno fuimos dejando la casa mientras él seguía siendo el niño de siempre, pese a que desde hacía mucho oliera a hombre. Pero a mamá nunca le importó, en la soledad de la casa siguió ocupándose de él, con celo y devoción, el más especial de sus hijos, aquel que le hizo perder un marido, el mismo que marcó nuestras infancias. Por eso comprendimos el dolor de nuestro hermano cuando mamá falleció, sus gritos y gemidos incomprensibles aunque claros en su propósito y orfandad. Después del entierro cada uno de nosotros regresamos a nuestras respectivas casas con nuestras mujeres y nuestros hijos. Lo demás nos lo contó la enfermera, también los policías y uno que otro testigo. Paquito salió de madrugada, en medio de la oscuridad, a pedalear con todas sus fuerzas en la autopista llena de coches. Cuando fuimos a recogerlo los de la morgue nos dijeron que nunca habían visto un cadáver con una sonrisa tan hermosa, tan inocente y tan injusta.

 

 

El señor Gamarra

 

Siempre nos llevaba en su Volkswagen anaranjado hasta nuestra casa. Todavía recuerdo sus ojos sonrientes, a través del retrovisor, con cada una de nuestras ocurrencias, anécdotas e historias. Nos ponía música, nos contaba chistes e incluso nos regalaba sánguches. Jamás lo vimos molesto o fastidiado, como otros padres que conocíamos, el nuestro entre otros. Por eso, nos resultaba imposible entender el carácter introvertido de nuestro amigo Andrés Gamarra, su hijo, los ojos apagados que tenía, su voz casi inaudible, esa actitud indolente que le hizo repetir año tras otro hasta que al final lo perdimos de vista. Pero no perdimos de vista al Volkswagen anaranjado pues muchos años después, cuando éramos adolescentes madrugadores, cuando ya casi habíamos olvidado los años de la escuela primaria, lo veíamos recorrer en silencio y culpable las calles a la búsqueda de cualquier chico que quisiera subir, decían, a cambio de unos cuantos billetes.

 

 

El cartero

 

Había caminado toda la mañana por la ciudad, buscaba retrasar de esa forma el regreso y la consecuente discusión. En mis pensamientos, me veía explicándole que ya nada nos reunía, el silencio había terminado por imponerse entre ambos; por eso, lo mejor era que nos separásemos, que cada uno tomara su rumbo, de espaldas al recuerdo, hasta ser olvido o, lo que es lo mismo, dejar de existir. Pero apenas llegaba a la puerta del edificio algo me obligaba a dar media vuelta una vez más, como si el contemplar la separación (o su perspectiva) me permitiese entrever, no sólo lo engorroso de la situación sino también la incertidumbre y el vacío frente a una nueva vida. A esa hora la ciudad es una agitación constante de peatones, es sencillo encaminar sus pasos a ninguna parte. Basta tomar una calle en el mal sentido para perderse en regiones nunca antes conocidas, ignoradas por la experiencia. Así que mis pasos terminaron llevándome al cementerio de la ciudad donde las bancas vacías, de tanto en tanto ocupadas por algún jubilado, vagabundo o solitario, brillaban bajo el cielo del verano. Reinaba un silencio hecho de polvo sin tiempo, un silencio en el cual me instalé no sin cierto alivio. Una paloma se acercó a pedirme de comer; después, una familia pasó llevando un ataúd, una mujer lloraba adelante; más tarde, apareció un sacerdote sudoroso y circunspecto, con una levita negra que se hinchaba al viento, el mismo viento que corría las hojas de su misal abierto. Cuando me dije que ya se hacía tarde me estaba esperando, era hora de regresar. Fue que lo vi. Al inicio me pareció, con sus inconfundibles chaleco y gorrita azules, una imagen tan incongruente que imaginé preguntaba por una dirección. Sin embargo, en lugar de dar media vuelta, como me lo esperaba, cruzó el umbral con su bicicleta y su alforja. ¿Entre los nichos, las criptas y los mausoleos, qué demonios hacía un cartero?, pensé mientras lo veía perderse en uno de los pabellones, preocupado por dar con la dirección correcta, con un sobre en la mano. ¿Qué mensaje podía dejar a quienes ya no tienen oídos para escuchar, ni palabras más allá de la muerte? Me di cientos, miles de razones que me explicaran su presencia, pero el cartero ya estaba de regreso sobre la alameda, sonriente y sin sobre. Cuando pasó a mi lado, impertérrito, magnífico y triunfal, me miró de soslayo. Me levanté detrás de él y lo seguí. Una paz agitada me poseyó, una violencia tranquila me embargó. Al fondo de la calle la silueta del cartero se perdía como el anuncio de algo que jamás llegó ni llegaría. Entonces supe lo que debía hacer.

 

 

En un país desconocido

 

Como muchos otros, creímos que cambiar de lugar, de referentes e incluso de idioma, nos permitiría darle un nuevo impulso a nuestra relación. Apenas llegamos al aeropuerto y vimos toda esa gente dispuesta a tomar el avión, todos esos rostros extranjeros hablando en lenguas desconocidas, nos convencimos de que adentrarnos en lo desconocido nos uniría más y, nadie lo sabía, tal vez terminaría con nuestras disputas, constantes, intensas, fatigadas. Los primeros días, mientras reconocíamos la ciudad, nos sentábamos en alguna terraza, ocupábamos cualquier banca, aprendimos nuevamente a tomarnos de la mano, incluso a decirnos esas palabras que el pudor y el orgullo terminan por empolvar. Con el tiempo, sin embargo, cualquier excusa fue conveniente para intercambiar una ironía, soltar algún sarcasmo o enunciar cualquier crítica. Ahora que nos hemos separado para que cada uno pueda dar un paseo camino con las manos en los bolsillos por una calle cada vez más concurrida. A mi izquierda y a mi derecha los hombros y codos de la gente se estrellan a cada instante con mi cuerpo, mientras por detrás algo me empuja, una fuerza que me obliga a avanzar sin dilaciones. Veo los rostros de la gente, todos esos desconocidos, que se detienen un instante en mí para olvidarme después y un sentimiento extraño nace en mí, me lleva a buscar en mis bolsillos, desgarrar el mapa y arrojar mis documentos. Al fondo de ese mar de cabezas, creo distinguirla, parada en el medio de la plaza convenida, mirando a la izquierda y a la derecha, intentando convencerse de que es imposible esperar en vano, cuando se espera a alguien que de verdad nunca llegó.

 

 

Justicia poética

 

El escritor “X” está sentado frente a su ventana y espera. Espera a su personaje “Y”, quien, cansado de su infame destino literario, le ha pedido cita para, imagina “X”, exigirle mejoras rotundas e inapelables en las siguientes entregas. El escritor “X” enciende un cigarro y piensa en su próxima novela. Lo que no sabe “Y” (que se está demorando demasiado) es que en la siguiente novela el vacilante y bastante influenciable “Z” lo asesinará. Un asesinato estúpido y hasta irracional, pero por eso mismo más inesperado y sorprendente para los lectores. Es en ese mismo momento que ve aparecer a “Y”, quien se para en la esquina, mira la hora y dirige con una media sonrisa la vista hacia su ventana sin parecer haberlo visto. “¿Qué hace?”, piensa intrigado el escritor “X”. Suena el timbre, “Y” sigue parado en la esquina, “X” se dirige a la puerta para abrir y descubre, atónito, molesto y finalmente resignado a “Z”.

 

El verano siguiente, los lectores lamentarán la inexplicable muerte del gran escritor “X” y  que la historia haya quedado inconclusa.

 

 

Sobre el arte de escribir

 

La crítica fue lapidaria. Mi libro, repleto de lugares comunes, era en resumidas cuentas un ejemplo de cómo los jóvenes de ahora piensan más en ser escritores que en escribir. Para escribir era necesario, antes que nada, ser un buen lector, haber leído a los clásicos. Consciente de mis defectos, decidí no volver a escribir hasta no haber llenado mis lagunas literarias. Primero, comencé con los griegos y los latinos (que me parecieron ilegiblemente geniales). Después fueron los españoles como Cervantes y la picaresca. Luego fue el turno de los ingleses, antes que nada Sterne (de quien siempre había escuchado hablar, pero a quien poco comprendí). Siguieron los franceses y los rusos del larguísimo siglo XIX. Finalmente me leí todas las novelas de la famosa Lost Generation americana, varias de las cuales me parecieron amarillear por culpa del tiempo. Cuando, por fin, me decidí a escribir lo hice seguro de que ahora sí daría forma a la novela de un lector maduro, un artesano consciente de los secretos de su altísimo oficio. Una vez que hube terminado mi obra se la entregué al editor y esperé pacientemente. Pasó un fin de semana y nada. El crítico dedicaba alegremente su columna a la primera publicación de un talentosísimo joven autor. No recuerdo al cabo de cuántas semanas apareció su comentario con respecto de mi libro. En él celebraba mi evolución como artista pero al mismo tiempo lamentaba los caminos que había seguido mi arte, caminos tortuosos y erróneos que me habían perdido para siempre. Después se preguntaba si, para ser verdadera, acaso la literatura no requería guardar antes que nada aquel aliento primigenio, esa mirada pura sin condiciones ni determinantes que, y aquí terminaba el crítico, solamente puede tener el desparpajo, la inconsciencia y la ignorancia de un joven que recién se pone a escribir sin haber leído una sola línea de otros escritores.

 

 

 

 

Félix Terrones (Lima, 1980). Escritor, crítico literario y traductor. Doctor en literatura de la Université Michel de Montaigne de Burdeos, gracias a una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Es asistente en la Université François Rabelais de Tours (Francia) y ha publicado las novelas A media luz y El silencio de la memoria, además del libro de relatos Cenizas y ciudades. Los textos aquí recogidos pertenecen al libro El viento en tu cara, que publicará la editorial granadina Nazarí este año 2014. Su blog, aquí

Autor: Félix Terrones