Él

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Fiel, como si supiera de un peligro que hace absurdas las pequeñas miserias. Por encima de todo, su alegría provenía de no haber asfixiado el niño que llevamos dentro. Pero Germán tenía también la sorna de quien se toma todo en serio (familia, trabajo, amigos) y tiene por ello que defenderse de la pereza del mundo, de la informalidad de la gente. De ahí, con su cuerpo robusto, ese aire de coña, siempre a punto de soltar una gracia. Era su manera de escapar de los inevitables protocolos con los que recubrimos el día.

 

¿Por qué ser afable si lo más fácil es no serlo? No sólo por el gusto de agradar, que no es poco, sino también por una cercanía sentida con cualquiera. Él era así. Sonrisa franca y abierta a la confianza; casi hasta la confesión. Rápido en el hablar y en el hacer, en el servir. Lo cual no deja de tener su mérito, pues detrás seguro que estaban unas largas cuitas alimentadas por el manejo del timón mirando a la espuma cambiante de barlovento*.

 

El peligro de las olas solitarias y las piedras ocultas. Quien es patrón de barco, quizás también lo es en tierra. No especialmente taciturno, más bien lo contrario. ¿A qué va a temer? Con un estilo o con otro, es normal que un hombre de mar no sea en tierra muy comedido, especialmente prudente o tímido.

 

Y sin embargo, Germán lo era. Era todo eso dentro de sus maneras mundanas, ese  siempre dispuesto, esa bonhomía revestida de bromas. Aunque podía esperar a que hubiera un clima de confianza, la alegría en él era una manera de entrar en las situaciones, de hacernos partícipes de un mundo. Hasta en las aguas someras del verano era fácil verle en la proa ocupado en facilitar las cosas, negociando, casando distintos intereses.

 

Neneiro. ¿Qué dice de un hombre que sea atento con los niños, que sea capaz de escucharlos, de jugar con ellos, de enredarlos? Un hombres sencillo, al que por eso no le costaba callarse entre intelectuales. Seguro que pensaba: Yacallarán.

 

Fiel, como si supiera de un peligro que hace absurdas las pequeñas miserias. Por encima de todo, su alegría provenía de no haber asfixiado el niño que llevamos dentro. Pero Germán tenía también la sorna de quien se toma todo en serio (familia, trabajo, amigos) y tiene por ello que defenderse de la pereza del mundo, de la informalidad de la gente. De ahí, con su cuerpo robusto, ese aire de coña, siempre a punto de soltar una gracia. Era su manera de escapar de los inevitables protocolos con los que recubrimos el día.

 

Al recordarle es inevitable revivir las relaciones secretas que hay entre la vida, sobre todo si ésta es fuerte, y la desaparición fulminante.  Hay vidas que no parecen casar con el ir tirando, con los términos medios. En tal aspecto, tal como él vivió, así murió: latiendo a impulsos, de golpe.

 

La audacia de los hombres de mar proviene de estar en tierra vueltos, devueltos. Quiero decir, recién llegados de vivencias que no siempre son fáciles de contar. Uno ha pasado tantos apuros, ha trabajado tanto, se ha arriesgado tanto, que después en la barra de un bar es normal que siga navegando. Aunque esto sea compatible con la sencillez, insisto, con la discreción y el recato. Tal vez por esta razón eran un poco densos sus escasos silencios, como si se pudiera presentir que él estaba rumiando algo.

 

No todos sabrán de su largo celo, alimentado en interminables horas marinas de vigilia y trabajo, escrutando costas, fondos rocosos, vientos. Antes de sumergirse en las corrientes, de olvidar el grito de las gaviotas y el hondo mar de leva, Germán tuvo tiempo, bajo cielos muy distintos, de darle mil vueltas a las cosas.

 

Popular y querido, es obvio. Pero la muerte es esto, que algo esté lleno de vida y de repente no haya nada. La muerte es algo que ya estabaantes, algo así como la intimidad de cada ser con una cifra desconocida. Tal vez un homenaje a este hombre tendría que recordar también sus enigmas en vida, la hermandad que mantenía con lo que no se sabe.

 

Es natural que de él queden ahora demasiados ecos. Es lo propio sentir que su desaparición es increíble, que su silueta pueda volver a aparecer en cualquier momento. Dicen que su cadáver, devuelto casi intacto por el mar, tenía la misma naturalidad de su presencia franca. Como si estuviera preparando otra broma, a punto de una ocurrencia.

 

Su desaparición nos recuerda la enormidad de cada vida, aunque parezca sencilla. Nos recuerda la complejidad de todas las vidas, aunque sonrían. No sería extraño que el mar nos siga devolviendo nuevas capas de este hombre que murió como vivió, de forma enérgica. Entregado a los demás, a su mujer y sus hijos, a su trabajo y a los amigos, quién sabe qué pensamientos, qué temores, qué cuitas todavía guardaba bajo esa apariencia de hombre de una pieza, generoso, deseando agradar.

 

Recuperamos su cuerpo, cosa que no ocurrió con sus dos compañeros, Mané y Raúl. Tardaremos en recuperar otras vueltas de su modo de ser. Un poema de Graves recordaba que la muerte no es nada, nada más que el sello que cierra un frasco repleto. Nuestra obligación, con este amigo muerto prematuramente, es contribuir a llenar ese frasco.

 

* Germán Fernández murió al hundirse su barco por un golpe de mar entre las rías de Arousa y de Muros, en el mediodía del pasado 16 de diciembre. Los cuerpos de sus dos compañero en el Paquito II, Mané (Santiago Blanco) y Raúl (Antonio Ermo), siguen desaparecidos.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.