Ellacuría, 30 años de un crimen impune. La entrevista que no tuvo lugar

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Entierro de Ignacio Ellacuría. Foto: Angel Colina

Era de las primeras imágenes al llegar a El Salvador aquel 16 de noviembre de 1989, y claro, dejaba un impacto visual difícil de borrar: un grupo de cuatro personas tendido en el césped, boca abajo, con las posturas que dejaba la muerte tras ser ametrallados con saña. Estaban vestidos con batines y ropas de dormir. El jesuita vasco Ignacio Ellacuría, rector de la universidad centroamericana, con una bata marrón y zapatillas de esparto, era uno de ellos. Dentro del edificio de la residencia de los jesuitas, otros dos sacerdotes más y dos mujeres, testigos incómodos de la matanza.

Los asesinos se habían empleado a conciencia y con crueldad. Habían vaciado cargadores –en los cuerpos de las dos mujeres había más de 20 impactos–, utilizado bombas de mano e incendiarias, todo para simular un combate que nunca existió, o una acción de la guerrilla. Las víctimas eran seis jesuitas –cinco españoles, uno salvadoreño–: Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López. Las mujeres se llamaban Elba Julia Ramos, empleada de hogar, y la hija de ésta, Celina, de 15 años. Eran la mujer y la hija del jardinero, Obdulio Ramos, que se habían trasladado allí pensando que estarían más seguras.

Posteriormente se supo que los asesinos habían movido los cuerpos de cuatro de los cadáveres que se encontraban a la derecha del patio, al lado del muro en el que fueron asesinados, para arrastrarlos al interior de los cuartos de la residencia donde fueron sacados de madrugada, un movimiento que no finalizaron. Sí lo hicieron con otros dos religiosos, dejando un espeluznante rastro de sangre. A uno de los padres, Juan Ramón Moreno, lo arrastraron al cuarto de Jon Sobrino, que estaba fuera del país. A su lado, un hallazgo muy simbólico. El único libro que se había caído de la estantería se titulaba El cristo crucificado.  Eran las dos de la mañana, cuando sobre la capital salvadoreña se cernía el toque de queda. A las seis y media, el padre Tojeira, provincial de la orden en Centroamérica, a cincuenta metros del lugar de los hechos, en otra casa separada por una calle, que había oído con angustia el tiroteo, recibió la visita de Obdulio, el jardinero, diciéndole que habían matado a los jesuitas, a su mujer y su hija.

Eso es lo que pudimos saber al poco de llegar a la Universidad centroamericana, minutos después de las 8 de la mañana, cuando acababa el toque de queda. Aún no todos los cuerpos habían sido tapados con la piadosa sábana. Era evidente que aquel crimen tenía una lectura simbólica, por cómo habían quedado las cabezas de los asesinados, acribilladas a ráfagas. Los autores de la masacre querían representar el descabezamiento de la intelectualidad crítica con el gobierno y las clases altas que tenían el poder económico y político en El Salvador. Aunque las autoridades hablaban de que los culpables habían sido los guerrilleros del Frente Farabundo Martí, el primer rumor que empezó a circular era que los autores habían sido los terribles escuadrones de la muerte, o los propios militares. Si no fuera porque la imagen de la muerte, y más si está multiplicada, es trágica y demoledora, todo hubiera parecido algo irreal. Algunos de los periodistas presentes hablaron de una muerte anunciada, y lo mismo hizo en España el exembajador español en El Salvador, Fernando Álvarez de Miranda, al que yo había conocido años atrás.

El cadáver de Ellacuría no era fácil de reconocer. Yo lo había entrevistado hacía menos de un par de años, pero no podía contraponer esa imagen de un hombre vital con aquel cuerpo tendido sobre el césped. Le habían disparado a bocajarro y las balas le habían deformado el cráneo y esparcido su cerebro por el muro y el césped. Un cerebro brillante y generoso que había regresado en los momentos de mayor peligro para estar junto a sus compañeros y su pueblo. Sabía que su ejemplo, en la UCA (Universidad Centroamericana), daba fuerza y valor a muchos religiosos jóvenes que se jugaban la vida a diario. “Sea patriota, mate a un cura”, era una consigna de los paramilitares en los tiempos de Monseñor Romero, unos años atrás.

Aquella mañana del 16 de noviembre de 1989, el país, que llevaba cinco días inmerso en una dura ofensiva de la guerrilla salvadoreña –ya se habían producido un millar de muertos–, se despertaba con la trágica noticia, que se había expandido con rapidez. La muerte de Ellacuría eliminaba las posibilidades de una hipotética negociación entre el FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional) y el Gobierno salvadoreño y alejaba cualquier rápida esperanza de un pronto cese de las hostilidades. La guerra seguía y nosotros, el equipo de En Portada de TVE, acabábamos de llegar. Nos esperaban días de sangre, combates, muerte de un periodista inglés ante nuestros ojos y convivencias con los civiles desplazados. Todo aquello, que en ese momento ni imaginamos, se desató sobre nosotros como un terrible huracán tras el asesinato de Ignacio Ellacuría y sus compañeros.

La guerra que se arrastraba desde 1980 había producido ya unos 75.000 muertos y un millón de desplazados. A comienzos de aquel noviembre de 1989 la guerrilla había desencadenado una ofensiva en diversas zonas del país, denominada Hasta el tope. Los guerrilleros, con armamento ligero, habían tomado barrios enteros de la misma capital, San Salvador, sobre todo el sector nororiental. A cada toma de la guerrilla, que había lanzado más de un millar de hombres, se sucedían las represalias de la parte gubernamental, que temía perder la capital y se multiplicaban las acciones de los tristemente célebres Escuadrones de la muerte, un grupo paramilitar de extrema derecha, compuesto por civiles y militares, que parecía haber desaparecido en los últimos tres años del presidente Napoleón Duarte, y que volvieron a activarse. El ciclo infernal continuaba en ascenso. El ejército, asesorado por militares estadounidenses, empleó todo lo que tenía a mano, aviones, helicópteros, y todas sus tropas de reserva.

Antes de producirse la ofensiva guerrillera, Manu Leguineche, director de En Portada –además de un maestro y mi jefe, era un amigo– decidió enviar allí a un equipo. De hecho, el enfoque del reportaje, el hilo conductor, era un día en la vida de Ellacuría, tal y como hablamos. Llevaba ya el jesuita 22 años en el país. Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA, un vasco nacido en Portugalete en 1930, era todo un personaje y una entrevista obligada para todos los periodistas que pasábamos por El Salvador intentando entender el conflicto. En Ellacuría confluían tres elementos que lo hacían único. Por una parte, en filosofía, era el heredero de Xavier Zubiri, el continuador de su línea ética. Por otro, era un decidido partidario de la teología de la liberación, y había recogido el testigo del testimonio tras la muerte de Monseñor Romero, asesinado por un francotirador durante una misa. Fue acusado muchas veces de favorecer la causa de la guerrilla con su prestigio intelectual. Él y otros jesuitas habían puesto en marcha una fábrica de pensamiento y de crítica, que se cuestionaba el injusto orden social Yo lo conocía de viajes anteriores, hacía un par de años, cuando había hecho reportajes para la revista Panorama, en la cual trabajaba antes de pasar a TVE. En aquel tiempo visité el Salvador varias veces, para entrevistar en exclusiva para la revista a José Napoleón Duarte, el presidente democristiano que ya estaba afectado de un cáncer y sabía que el tiempo se le acababa sin conseguir la paz en el país. En aquel año de 1989 había estado en enero, en medio de otra ofensiva guerrillera.

Hice varios reportajes sobre la situación salvadoreña, visité las zonas controladas por el FMLN –llegaba uno a ciertos pueblos y había que esperar allí esa noche a que bajaran los guerrilleros– y también cuarteles recién atacados del ejército en Chalatenango, donde se podían contar en el patio del cuartel una docena de guerrilleros muertos. Visité asimismo la UCA, donde hablamos con Ignacio Elacurría y Jon Sobrino durante más de una hora. El rector de la UCA tenía un discurso coherente, ya que contaba que “además de la formación y la investigación académica, objetivo de todas las universidades, la UCA tenía que encargarse de intentar resolver el problema inaceptable de la injusticia en este país y en todo el área centroamericana”. Era evidente que con estas palabras, Ellacuría, que no era un radical, sabía que estaba amenazado. Meses antes de su muerte, había hablado de la necesidad de poner fin a aquella guerra, cuya causa, según recordó era el control de unas pocas familias ricas –las famosas catorce familias dueñas de la práctica totalidad del país– sobre la mayor parte de las tierras productivas en un país de campesinos harapientos. Pero también criticaba a la guerrilla, porque pensaba que el tiempo de las revoluciones había acabado y el cambio solo se podría abordar desde la negociación. “La guerrilla ha cometido muchos errores y algunos crímenes, pero no se puede pensar en lograr la paz en El Salvador sin hablar con ella e intentar resolver el injusto orden social que es su base”.

Cuando comenzó la ofensiva del FMLN, Ignacio Ellacuría estaba en España. Había acudido a Barcelona a primeros de noviembre, donde había recibido el Premio de la Fundación Comín, otorgado a la UCA. Mientras, el gobierno y la guerrilla combatían a lo largo de todo el país y el 11 de noviembre llegaba la batalla a San Salvador. Tras una gestión de Manu Leguineche, pude contactar por teléfono con el jesuita, que me describió la situación en términos duros y difíciles, aunque seguía siendo optimista, y me dijo que estaba viendo la manera de regresar. Decía que a pesar de todo era necesario, más que nunca, el diálogo con el presidente Alfredo Cristiani, un miembro de la oligarquía latifundista que había estudiado con los jesuitas, apoyado por los Estados Unidos. Quedamos en realizar una entrevista en la sede de la UCA el día 16 de noviembre. Nuestra llegada estaba prevista para la tarde del día 15, prácticamente casi a la vez que volvía él.

Ellacuría adelantó su regreso a El Salvador al 13 de noviembre. Nosotros sufrimos varios retrasos en las escalas de nuestro vuelo y no pudimos llegar el 15 por la noche debido al toque de queda impuesto en el país. Finalmente llegamos a El Salvador en la madrugada del 16, hacia las 6 y media de la mañana, cuando se empezó a conocer la matanza que había ocurrido aquella madrugada en la UCA. Allí, en el aeropuerto, ya hubo una pregunta extraña: ¿Vienen ustedes por lo de la muerte de los curas españoles?, preguntó un funcionario. Tiempo después me pregunté por qué aquel funcionario lo sabía con tanta rapidez, cuando no habían pasado ni una hora desde que se habían descubierto los cadáveres. Pero en aquel momento, aturdido por las horas de vuelo, no podía entender de qué se trataba. Llegamos al hotel, aún en pleno toque de queda, con tiroteos y explosiones más o menos cercanas. Desde allí llamé a la UCA. Me dijeron que había habido un tiroteo por la noche y que habían matado a seis jesuitas, pero quién descolgó el teléfono no facilitó ningún nombre. Me temí lo peor. Volví a llamar, hasta que pude hablar con alguien que me confirmó que entre los ocho muertos estaba Ignacio Ellacuría y varios de sus compañeros. Con las mismas, llamé a Evaristo Canete, el operador de cámara –con el que había ya hecho otras guerras–, Andrés Luque, el realizador, y al sonidista José Luis Ransan y salimos un minuto después de acabar el toque de queda, con un nudo en la garganta, con nervios. Fuimos de los primeros en llegar, y desde luego, creo que el primer equipo de televisión. Algún fotógrafo y algún periodista, tan abatidos y mudos como nos quedamos nosotros al llegar al césped, delante de la residencia, donde estaban los cuerpos, vigilados por militares. Unas cintas parecían limitar el perímetro de los crímenes. Dentro y fuera del edificio, los autores de la matanza habían disparado con fusiles de asalto, ametralladoras, cohetes y granadas, para hacerlo pasar por un ataque de la guerrilla, o porque se emborracharon de horror y muerte. La pólvora y su olor, ese vértigo macabro, a veces produce locura pasajera. En las oficinas y dependencias, más horror: paredes acribilladas, mobiliario y objetos quemados, y una escena macabra, ante la cual el estómago te daba un vuelco. En la habitación donde mataron a la empleada y su hija. En media hora, aquello se llenó de cámaras y grabadoras. A Canete no le falló el pulso, como tampoco lo hizo en los días siguientes, cuando más de una vez nos jugamos la vida en el frente de batalla. Entrevistamos al padre Rogelio Pedraz, administrador de la UCA: “lo triste es este país, que se merece una mejor causa, este pueblo se merece un mejor trato. Murieron seis sacerdotes, dieron su vida, pero han muerto 75.000 personas ya”. Le pregunté lo mismo que habían hecho otros, ¿por qué se quedaron allí? “Se quedaron por lógica racional –me contestó–. Si la zona donde yo vivo está rodeada por militares, si han venido, me han registrado la casa y no han encontrado nada comprometido, estoy viviendo en un sitio seguro”.

El día anterior varios periodistas y amigos habían comido con él en un restaurante, y le regañaron de alguna manera por volver al país cuando la guerra había llegado a las calles de la capital y sabiendo que estaba señalado por los militares y los escuadrones de la muerte. Ellacuría respondió que su sitio estaba allí, junto a los suyos. No es que fuera valiente, es que era coherente. Había curas mucho más expuesto que él al riesgo diario, trabajando en las comunidades pobres, pero el jesuita vasco era el que le iluminaba con su doctrina, que daba una fuerza tremenda a la iglesia, así como era un dolor de cabeza para el Papa, que después ignoró su figura, como la de los otros mártires católicos durante una visita posterior a El Salvador.

El sucesor de monseñor Romero, el arzobispo de El Salvador, Arturo Rivera y Damas, llegó al poco, y se quedó horrorizado. Allí mismo les bendijo, también con un nudo en la garganta. “El odio les ha segado –nos dijo–, el mismo odio que segó la vida de monseñor Romero. Pero nosotros en estas circunstancias, queremos decir ésta sola palabra: que este sacrificio signifique el fin de esta violencia y que de ninguna manera pueda ser pretexto para que esta violencia continúe”.

El Padre José María Tojeira, provincial de Centroamérica de los jesuitas, contaba que había sido la experiencia más fuerte de su vida. Narró cómo estaba a cincuenta metros del lugar donde los mataron, en otra casa distinta, separados por una calle, y oyó los disparos, a las dos de la mañana. “A las seis y media vino el esposo de la empleada de hogar, a avisarnos que habían matado a los padres, a su mujer y su hija. Fui allí, reconocí los cadáveres y acto seguido empieza el proceso de búsqueda de la verdad, de defensa de los derechos de los pobres de El Salvador apoyándonos también en la búsqueda del derecho a la justicia. Y es sobre todo defender a personas que no tienen quien las defienda. La gente, cuando matan a curas, se rasgan las vestiduras y se asusta mucho, pero cuando matan a campesinos, o a gente pobre de los barrios, esto no sale en los periódicos y no se preocupan demasiado.

En el funeral, el español José María Tojeiro, provincial de los jesuitas en Centroamérica, afirmó que no habían logrado matar a la Compañía de Jesús, ni a la Universidad Centroamericana. Vestidos de blanco, decenas de jesuitas y representantes de otras comunidades religiosas centroamericanas concelebraron la misa, que estuvo presidida por el arzobispo de San Salvador, Rivera y Damas.

El entierro, multitudinario, tuvo dos vertientes. Por un lado, el funeral oficial, en la capilla de la UCA, presidido por las autoridades oficiales, entre las que se encontraba la delegación española, presidida por el subsecretario de Exteriores, Inocencio Arias. La llegada del presidente Cristiani, vinculado a Arena, el partido de extrema derecha, aunque sin guardaespaldas y en un lugar secundario, originó momentos de gran tensión. Se escucharon gritos de algunas personas contra él, que fueron silenciados por los jesuitas. También, sin que nadie en principio lo supiera, asistió uno de los históricos líderes de la guerrilla, Rubén Zamora, que estaba refugiado en la embajada de México. En mitad de la homilía fue recibido con grandes aplausos, y luego fue uno de los que llevaron a hombros el cadáver de Ignacio Ellacuría. Los seis féretros fueron transportados a hombros desde el auditorio hasta la iglesia de la universidad, donde fueron sepultados en unos nichos excavados en la pared.

Fue muy criticado después el comportamiento del embajador español en El Salvador, Francisco Cádiz, por sus comentarios desafortunados en el funeral. Varios periodistas, entre ellos Andreu Claret, de Efe, y Joaquín Ibarz, de La Vanguardia, oyeron, y luego comentaron, que el señor embajador había dicho en el funeral que “se aburría mucho, porque no había ni una sola tía buena”. Unos días antes no había querido recibir a una delegación de los jesuitas que pedía refugio ante las continuas amenazas de muerte que sufrían. De hecho, ya los habían señalado en la emisora de los militares, Radio Cuscatlán, donde un individuo había pedido el día anterior que les volaran la cabeza. Los asesinados fueron considerados mártires de la fe y la justicia. En los muros de aquella capilla donde habían sido depositados los féretros se podía leer una frase de Óscar Arnulfo Romero, el obispo asesinado en 1980: “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Ese pueblo, que en número de miles y miles de personas abarrotaba las calles fuera de la capilla, esperaba y lloraba a quién bien quería. Un pueblo que a lo largo de los días siguientes me demostró una enorme capacidad de sufrimiento y una humanidad sin límites. Atrapados a veces entre dos fuegos, como nos quedábamos también nosotros, su capacidad de superar circunstancias adversas me admiraba.

Pude hablar con Manu Leguineche, mientras enviábamos el material por satélite. “No habéis llegado tarde, la muerte se adelantó”, me dijo para reconfortarme, algo que repetiría en la entradilla que hizo al programa. Pero eso sería más tarde. En ese momento, poco se podía decir. Había que seguir trabajando, como habíamos hecho en otras guerras y conflictos, para intentar trasmitir al mundo el horror de aquellas muertes sin sentido. No era aquella la primera guerra que cubría. En los días siguientes, la guerra continuó con toda su crudeza. Salíamos hasta el límite que controlaba el ejército y veíamos y grabábamos las columnas de refugiados, unas 40.000 personas trataban de escapar de la ratonera. Desde el comienzo de la ofensiva guerrillera, los hospitales se habían llenado en pocas horas de muertos y heridos. El Frente Farabundo Martí se había parapetado en los edificios, había levantado barricadas y resistía al bombardeo de los aviones y helicópteros del ejército, lo que más temía.

Entrevistamos a los que salían de la zona de combates. Nos decían que había saqueo, pillaje, lo más bajo, lo más pobre que hay, están rompiendo puertas, arramblando con lo que pueden sacar, entre el ejército y la guerrilla, que tenía armamento ligero y ametralladoras. Varios días después, cambió la táctica de los asaltantes, y de un tradicional combate de posiciones donde podría salir peor parada, pasó a introducir grupos de hombres en guerrilla urbana, una táctica que utilizaba desde 1984, infiltrarlos detrás de las líneas del ejército, para forzarle a conquistar casa por casa, puesto por puesto. Varias veces en esos días nos vimos entre dos fuegos. En esos momentos solo quedaba echarse al suelo y esperar a que pasara la balacera. La ciudad entró en una especie de caos, en los que había que estar muy atentos al ruido. Por una parte, disparos de armas automáticas, las columnas de humo de los bombardeos, las aspas de los helicópteros, los ladridos de los perros perdidos, los lamentos de los heridos, los lloros de las mujeres que salían abandonando sus casas, mezclado todo con las sirenas de las ambulancias, el paso de los vehículos blindados, las conversaciones por radio de los militares. En las aceras, cadáveres descomponiéndose por el calor, ese olor dulzón y nauseabundo de la muerte que impregnaba el aire por estratos.

Los hospitales, que visitamos todas las tardes, estaban desbordados, con gente por los pasillos, sollozos y lamentos, gritos de niños. Eso fue así durante los siguientes días, porque el día después del asesinato de los jesuitas tuvimos otra experiencia cercana de muerte.

Por la mañana del 17 de noviembre, tras terminar el toque de queda, y una vez desayunados, los coches de prensa comenzaban el desfile casi en caravana hasta llegar al frente de Mexicanos y otros barrios. Ese día nuestro coche salió el último. Los tiros y las explosiones sonaban muy cercanos cuando bajamos del coche. Además del tiroteo oímos gritos. Eran civiles y algunos periodistas, que bajaban el cuerpo de un hombre malherido. Me adelanté con bandera blanca y grité al conductor que se acercara con el vehículo, una furgoneta donde habíamos puesto las letras TV con cinta adhesiva. Evacuamos al herido, casi inconsciente, con la mirada perdida, al que reconocimos. Era un periodista inglés que había llegado la noche anterior y que había desayunado con nosotros, incluso habíamos intercambiado algunas palabras no hacía una hora. No sabíamos su nombre. El coche partió veloz para el hospital, llevando también a la inmensa mayoría de los periodistas que habían salido y allí, en la base del cerro, nos quedamos el equipo de TVE, mientras arreciaba el combate, con algunos periodistas como Antonio Caño o Lidia Vilalta. Aunque no bajaba la intensidad del tiroteo, Evaristo Canete y yo subimos hasta la cima de la colina. Nos encontramos con un sargento que llevaba puesta la chaqueta de cuero del periodista y con cara de pocos amigos. De hecho, nos amenazó veladamente, diciéndonos que era muy peligroso para los periodistas y donde había caído uno podían caer más. En esa chaqueta, en la cartera, localizamos la documentación con su nombre, David Blundy y esas cosas que te dejan mal el cuerpo, una foto de su hija con frases muy cariñosas en su reverso. Tenía 44 años y era el reportero del London Sunday con base en Washington.  Cuando Canete me dijo que teníamos material suficiente volvimos a la base de la colina, mientras las balas silbaban por encima de nuestras cabezas y algunas se clavaban en las chapas y tejas de las casas por encima de nosotros.

Más tarde fuimos al hospital, donde pudimos ver a David Blundy por un momento, inconsciente, a través de un cristal. Se lo llevaron al quirófano y al rato un médico nos informó que no habían podido hacer nada. La bala le había perforado el pulmón. Nunca se consiguió saber de qué bando era el francotirador, aunque por donde le había entrado y la dirección en la que subía siempre pensé que había sido el ejército.

Han pasado 30 años de aquello, y como digo en mis novelas, el pasado siempre vuelve. El asesinato de Ellacuría y de los otros cinco sacerdotes conmocionó a la comunidad internacional, especialmente a Estados Unidos, y desde luego, contribuyó al final de la guerra. Pero antes de eso, el embajador norteamericano, William Walker, el Departamento de Estado y el Pentágono intentaron achacar el crimen a la guerrilla y se esforzaron al máximo por obstruir la investigación, presionando a una única testigo que salió con vida aquella noche, Lucía Cerna, y que acabó refugiada en Estados Unidos. El testimonio de Lucía, que lo vio todo, fue clave para vincular al ejército de El Salvador con la matanza, y aguantó todas las presiones, que llegaron a ser muy fuertes.

Sin embargo, a pesar de las manipulaciones, la opinión pública estadounidense reaccionó contra su gobierno, y puso en dificultades al presidente George Bush. El Congreso organizó una comisión investigadora, presidida por el representante demócrata Joe Moakley, que se esforzó por descubrir la verdad y mencionó la responsabilidad directa en la planificación del asesinato del jefe del Estado Mayor del Ejército, coronel René Emilio Ponce –ya fallecido–, quien después sería ministro de Defensa.

La muerte de los mártires de la UCA contribuyó finalmente a la paz en el país, porque visibilizó que hubiera 80.000 muertos. Ofreció la posibilidad de buscar más justicia en El Salvador, declaró años más parte el padre Tojeira, el provincial jesuita.

A pesar de haber pasado 30 años desde la matanza de la Universidad Centroamericana, los culpables no han pagado por los crímenes. En septiembre de 1991, catorce militares fueron enjuiciados en El Salvador, pero sólo dos fueron condenados y liberados después gracias a la ley de Amnistía aprobada por la Asamblea Legislativa. Según las investigaciones, la matanza fue ejecutada por una unidad de élite denominada La Tandona, al mando del coronel Guillermo Alfredo Benavides, con órdenes directas del jefe del Estado Mayor, René Emilio Ponce, y la aprobación de Humberto Larios, ministro de Defensa. Desde 2009, el asesinato de Ignacio Ellacuría y sus compañeros está siendo investigado por el juez Eloy Velasco, de la Audiencia Nacional, que pidió la extradición de 16 militares salvadoreños y que consiguió que una magistrada norteamericana aceptara extraditar a España a uno de los coroneles implicados, Inocente Montano, quien espera juicio aquí. Recientemente un juzgado de El Salvador ha vuelto a abrir la causa por la matanza. Los encausados en el proceso de la fiscalía salvadoreña son el expresidente Alfredo Cristiani (1989-1994), los generales Humberto Larios, Juan Bustillo, Francisco Fuentes, Rafael Zepeda, el fallecido René Emilio Ponce y el coronel Inocente Montano. Por este crimen únicamente está encarcelado el coronel Guillermo Benavides, condenado a 30 años de prisión en 1991 por trasladar la orden de asesinar a los jesuitas al grupo que irrumpió en la UCA y a quien se ha negado el indulto y la conmutación de la pena.

En la actualidad, el cuerpo de Ignacio Ellacuría yace enterrado junto con las demás víctimas en la capilla de la UCA. El lugar donde fueron asesinados es actualmente una rosaleda, plantada no sólo en su memoria, sino en la de todos los muertos de la ofensiva salvadoreña. Son ocho rosales, uno por cada víctima, formando una corona circular y durante años, ha sido cuidado por Obdulio Ramos, el jardinero de la UCA que perdió allí a su mujer y a su hija. “Es necesario el recuerdo, cada vez que florece una rosa es como si floreciera su memoria”, decía.

Años después se inauguró el centro de los mártires de la UCA, con objetos, prendas de los asesinados, libros quemados y hasta un diccionario de italiano atravesado por las balas esa noche. En una pared, una urna por cada uno de los asesinados, guarda un trozo de tierra salvadoreña empapado con su sangre. El centro ilustra sobre todas las víctimas de esa terrible guerra, como los mil asesinados en la matanza de El Mozote, en la que el ejército obligó a un millar de mujeres, ancianos y niños a cavar su propia tumba antes de ser ejecutados a quemarropa. Desgraciadamente, las historias de muertes, masacres y conflictos se siguen repitiendo en Centroamérica, en un mundo que sigue siendo injusto y que sufre convulsiones de todo tipo. Uno llega a pensar que está dentro de nuestros genes, que es parte de la condición humana, del poder y del dinero.

Miles de salvadoreños conmemoraron este pasado sábado el 30 aniversario de la masacre de seis padres jesuitas y dos mujeres ante la amenaza de que el Congreso apruebe una ley que amnistíe a los autores intelectuales. Por otra parte, el actual rector de la UCA, el religioso de origen español Andreu Oliva, presidió la tradicional “procesión de los farolitos” –miles de velas para alumbrar lo que allí sucedió hace 30 años–, que quiere “simbolizar la marcha de este pueblo junto con sus mártires, una marcha que sigue tratando de empujar la historia hacia la verdadera liberación”.

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