Elogio de Javier Reverte: la alegría de vivir

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“Los bosques
en noviembre
lloran ciervos”
Javier Reverte, ‘Haikus, Hablo de amor entre fantasmas’

El cementerio de Valsain, en Segovia, está levantado sobre una colina, en el exterior del pueblo, dominando la cordillera central, el puerto de Navacerrada, Peñalara y los picos colindantes. Un lugar prodigioso donde se alza este recoleto camposanto, y donde he subido para despedirme, a mi manera, de un viejo compañero y amigo que parece increíble que haya partido y no vaya a volver: Javier Reverte. El caso es que es un lugar bien elegido para descansar, sencillo, bello y aireado. Hasta en eso Javier fue afortunado, y quizá sea ese, su último gesto, un agradecimiento a una vida plena, a un mundo que siempre intentó comprender, pero sobre todo, del que disfrutó, de forma intensa y pasional a la vez que serena y dulcemente, sobre todo en su última época. El viaje, una actividad que implica desplazamiento, a veces riesgo, pero sobre todo salir de uno mismo y la literatura, la escritura, actividad que se realiza en soledad, hacia el interior de cada uno, sacando lo mejor de sí, fueron la sístole y diástole de su corazón, marcando en su sangre, como en sus libros, algo que siempre compartíamos: la alegría de vivir.

Javier Reverte quiso ser enterrado aquí. No es que él creyera mucho en esos ritos de paso, desde luego, pero quizá quiso hacer honor así a un lugar donde residió por temporadas en los últimos años, ya que le gustaba aquel entorno y darse paseos por los alrededores que le venían muy bien a su salud –al final se lo ha llevado un cáncer de hígado–. “He alquilado una casa en Valsaín”, me dijo un día, sabiendo que soy segoviano y ejerzo de ello. Le encantaba ese pueblo, a los pies del puerto de Navacerrada, donde se encerraba para escribir tras los viajes y en cuya naturaleza se sentía muy a gusto en todas las estaciones. Aunque yo le decía que desde Valsaín conocía muchos senderos para subir a la sierra, a las alturas de Peñalara, me contestaba que lo que le gustaban eran esos caminos por los pinares cerca del río Eresma. En realidad, como un Ulises volviendo a Ítaca, Javier volvía a un paisaje conocido. Desde los ocho años venía con sus padres a pasar los veranos aquí, y luego, por esas cosas de la vida, le tocó hacer varios meses del servicio militar en el campamento de Robledo, al lado de Valsaín. En el pueblo llegó a tener su círculo, como siempre hacía, compartiendo un vino en Las Brasas, echando una partida al mus, o recogiendo níscalos por la sierra con alguno de los lugareños, que ya no le miraban como un bicho raro, sino como alguien más del pueblo. “Me han preguntado sobre un lugar del mundo para vivir, y he contestado que una casa bajo una hermosa montaña, al lado de un bosque de robles y abedules y cerca de un río de aguas claras. La patria me da lo mismo. Lo que yo tengo aquí”.

Esa vinculación con Valsaín y el real sitio de san Ildefonso de la Granja se plasmó también en la donación de su biblioteca, miles de ejemplares que fue atesorando a lo largo de su vida. Parece que el ayuntamiento del Real Sitio está buscando el lugar adecuado que merecen esos libros.

Varias veces pensamos en vernos allí, pero por una u otra razón no pudimos concretarlo. Tampoco pude asistir a su entierro, reservado, por razones del coronavirus, a la familia, que ni siquiera pudo despedirse en su totalidad de él por el número de personas permitido. En condiciones normales me hubiera gustado decirle adiós. Pero también recuerdo sus palabras cuando murió nuestro común amigo Manu Leguineche, al que los dos queríamos mucho (me encantaba verlos jugar a los dos al mus en un bar de la plaza del Niño Jesús, cerca de la agencia que dirigía Manu). Cuando le pregunté si iba a ir al tanatorio me dijo que Manu ya no estaba allí y que él prefería recordarle en muchos otros momentos, vivo y vital.

Tienden los amigos supervivientes a glosar la figura de los ya idos, a glorificarlos, añorando esas aventuras, esos momentos vividos, en un lamento que es también añoranza de nuestro propio pasado, de un tiempo en el que no sé si fuimos mejores, pero desde luego éramos más jóvenes y eso, casi siempre, conlleva una dosis de esperanza y una confianza casi ciega en el porvenir. En este caso yo compartí con Javier Reverte dos temporadas, dos aventuras profesionales que fueron apasionantes –ya lo eran en su momento y ahora, al cabo de los años, con el deterioro del periodismo, se magnifican– como fueron el programa de reportajes En portada, de TVE, dirigido por Manu Leguineche, y La senda, un espacio sobre la vida y obra de grandes figuras, dirigido por José Luis Balbín para Antena 3. En ambos los dos fuimos reporteros, enviados especiales, viviendo acontecimientos trascendentes y entrevistando a curiosos personajes en ese final del siglo XX. “El periodismo me enseñó mucho sobre la condición humana –decía cuando hablábamos de ello, así como en las entrevistas que le hacían–, algo impagable para un escritor, te permite asomarte a muchos balcones del alma, conocer a todo tipo de gentes, políticos, asesinos, escritores, aventureros, actores, gente normal… También me enseñó a retirarme a tiempo, yo siempre quise ser escritor antes que otra cosa”.

Javier Martínez Reverte, Javier Reverte, era hermano mayor del también periodista y escritor Jorge Martínez Reverte e hijo del periodista Jesús Martínez Tessier. Estudió filosofía y periodismo, profesión que ejerció durante casi 30 años, trabajando como corresponsal de prensa en Londres, París y Lisboa, y como enviado especial en muchos países del mundo. Fue también columnista, cronista político, editorialista, redactor-jefe de mesa y subdirector del diario Pueblo.

Atraído desde siempre por la literatura, trabajó como guionista de radio y televisión y escribió novelas, poemarios y libros de viajes. El campanazo lo dio con El sueño de África, un libro que, por cierto, fue rechazado por varias editoriales y cuyo éxito estuvo en combinar sus experiencias con una cuidada documentación y trazar paralelismos con los itinerarios de otros escritores, en especial Joseph Conrad y su libro El corazón de las tinieblas. Esa técnica la emplearía en otros libros, y respondía a un genuino interés por el quehacer literario de muchos de sus mitos de infancia y adolescencia. A partir de El sueño de África pudo dedicarse a su particular sueño y a viajar, a escribir, a publicar, y ser reconocido. Otras obras que se pueden remarcar, además de la Trilogía africana comenzada con ese libro, fue la Trilogía de Centroamérica, novelas cuya acción transcurre en Nicaragua, Guatemala y Honduras, países que conocía bien, y el libro de viajes Corazón de Ulises, ambientado en Grecia, Turquía y Egipto (los dos sentíamos una pasión común: Grecia, y dentro de ella, el Peloponeso. Hay algo de los griegos, antiguos y actuales, que nos tocaba muy de cerca y donde nos sentíamos como en una segunda casa). Asimismo, y con su interés por navegar ríos, El río de la desolación, un viaje por el Amazonas donde enfermó gravemente de malaria (y donde cita algunos de mis libros que tienen que ver con el Amazonas). “Para viajar hay muchas razones, incluida la huida –decía–. Yo creo que es un acto de libertad y de conocimiento y estoy acuerdo con Jack London cuando decía que es más fácil irse que quedarse. Para mí, escribir es una forma de vivir”. Yo apostillaba con las frases de un viejo cómico que decía que “como lejos de casa, en ninguna parte”.

Todo viajero, en algún momento, escribe sobre las motivaciones del viaje, lo que le ha llevado a salir de la comodidad de su butaca y la vida reglada. Javier lo hizo en La aventura de viajar (2006), donde relató su vida y sus itinerancias, que había comenzado primero en su imaginación en las excursiones infantiles, pasando por las crónicas periodísticas en lugares de conflicto a lo largo del mundo y su etapa de mochilero, alejado de circuitos convencionales, por parajes y paisajes inhóspitos y alejados de la civilización.

En 2009 publicó El río de la luz, su viaje por Alaska y Canadá, siguiendo la estela de su amado Jack London y la fiebre del oro. En mares salvajes (2011) describe su viaje por el Ártico y el paso del Noroeste, esa ruta del norte de Canadá que une el océano Atlántico con el Pacífico. Ahí, incluso, según contaba, en un bar tuvo que desengañar a un inuit borracho cuando este le preguntó de dónde era. Cuando Javier le contestó que de España, el inuit le dijo que allí eran todos negros. “Yo también lo soy”, afirmó él.

La pasión por la literatura irlandesa le llevó a publicar Canta Irlanda en 2014, donde relató sus recorridos sentimentales mezclados con los de esos autores que él admiraba desde la juventud. No podían faltar las leyendas de la isla y la letra de canciones populares locales. Irlanda, además, tenía para Javier un plus, como era lo que había vivido como periodista en Irlanda del Norte en los momentos álgidos del enfrentamiento del IRA con los británicos, aventura del pasado que asimismo rememoró.

“Un libro y un buen viaje te cambian”, solía decir, y era fiel a esa máxima y a esa pasión. Uno de mis amigos comentaba que es curioso que haya muerto en un momento en el que los viajes prácticamente han desaparecido, y aunque no hay, claro está, una relación causa-efecto, desde luego es posible que existan los sincronismos –o como decía Jung, las sincronicidades- en la vida. Pero de todas maneras, Javier, para mí, y para muchos de sus amigos, fue mucho más que un escritor de viajes o, en su momento, un brillante reportero y un buen compañero. El periodismo, como sabemos, fue cambiando, y los que lo ejercimos en aquel último momento brillante de los años 80 y 90 del pasado siglo acabamos haciendo otras cosas que tenían más o menos que ver con aquella profesión vocacional que nos arrebató. Y aunque nos habíamos conocido ejerciendo ese trabajo, la verdad es que no añorábamos, como otros compañeros, aquel tiempo. La profesión había cambiado y ninguno teníamos ganas de ejercerla con los nuevos parámetros y servidumbres. Apenas hablábamos de eso, cuando nos veíamos, y sí, cada vez más, de literatura, libros, historias y viajes. Lo que podía tener de atractivo el ser reportero –poder viajar y conocer otras realidades, hablar con personas de países y culturas diferentes– él lo hacía ahora con mucha más libertad, gracias a su éxito como autor de libros de viajes. Con el añadido de que sólo debía ser fiel a su libreta de notas, el único objeto que rescataría de cualquier naufragio.

Él encontró en la literatura esa manera de trascender el tiempo, con una mirada cercana que intentaba comprender a sus congéneres, sin ser complaciente, que ponía un punto de humor e ironía, que analizaba y daba claves, y que, sobre todo, trasmitía la alegría de vivir –siempre decía que el viajar era erótico– y de conocer los rincones maravillosos (y jodidos) del mundo. Guardo gratos momentos con Javier, no sólo del tiempo que trabajamos juntos, sino de nuestros encuentros, comidas, o incluso en la feria del libro, cuando después de firmar cada uno nuestras obras nos íbamos a tomar una caña y a comentar la temporada literaria o su último viaje. O como cuando visitamos a amigos comunes como José Luis Balbín.

Aunque tenía once años más que yo, yo sentía a Javier como de mi generación, tal vez por sensibilidad, maneras y creencias. Él militó en el PCE (Partido Comunista de España) y yo he sido siempre más libertario, pero en el camino de nuestra vida creíamos ya más en las personas y sus hechos que en las ideologías.

A Javier siempre le sorprendió que el reconocimiento como escritor le llegara por los libros de viajes –en especial los soberbios sobre África–, y que pesara menos su obra de ficción o su poesía (24 libros de viajes, 12 de ficción, 4 de poesía, 5 de biografía y memorias, 1 de cuentos). Aunque él considerara que ese éxito sobrevenido –absolutamente merecido– no había hecho justicia con otras partes de su obra –algo que se fue progresivamente corrigiendo–, yo le decía que lo que le había pasado era algo magnífico y que había representado una especie de justicia poética. “Te da excusa para seguir viajando –le decía yo–, te alejas de la sórdida realidad que tiene a veces este país, te sientes extranjero en otro, y acabas volviendo, escribiendo y publicando”. Aunque estaba de acuerdo en líneas generales, siempre añadía para poner el peso en la balanza a sus seres queridos y a sus amigos, a sus ritos, a todas esas cosas en las que también vivía Javier. Una buena persona, con una gran capacidad de trabajo, amigo de sus amigos –son legión–, una mirada reflexiva no exenta de ternura, buena pluma en variados campos (sorprende su faceta poética, que seguramente se valorará en el futuro).

En los libros de viajes volcaba lo que mejor sabía hacer: mezclar la técnica periodística, el reporterismo de altura, con el conocimiento histórico, el sabio uso de la documentación para explicar el contexto, las conversaciones de campo, los toques literarios y la observación del paisaje, sin descuidar lo que sabe todo buen viajero y que él pregonaba: que el viaje te cambia, porque cambia tu percepción del mundo y de las cosas, y hay que trasmitir fielmente, con rigor, humor y poesía lo vivido, para que sirva de algo y se refleje en lo escrito.

“Mis libros de viajes parten de una emoción. Algo que he leído, algo que he escuchado, una nostalgia de algo impreciso…”, le oí explicar en una entrevista. “Tengo una emoción y la necesidad de ir a un lugar, como una nostalgia de lo que no conozco. Una vez que tengo esa emoción empiezo a diseñar el viaje, y la idea todavía un poco vaga del libro. Y, cuando empieza el viaje, ya todo cambia”. Hablábamos de ese impulso, que él desde luego tenía de esa época infantil y juvenil cuando leíamos a esos autores que nos marcaron.

Javier escribió sobre lo que representaba la aventura (su lema era “salud y aventuras”, así felicitaba el nuevo año a los amigos), una palabra que el diccionario de la Real Academia Española define con muchas limitaciones. “Aventura, en mi opinión, no es partir en busca del riesgo, ponerte en peligro, asomarte al miedo y colocar tu vida en el filo de la navaja. Para mí, la aventura consiste en asomarte a ese lado de la realidad que no conoces, atreverte a pasar la línea de lo que ignoras. Y hacerlo con toda la emoción de quien espera una sorpresa agradable. Todo viaje significa eso, por más que sea un viaje organizado puntillosamente, por más que casi todo esté previsto de antemano. Porque cualquier viaje supone una violación de la normalidad, salirse de la vida organizada que repites cotidianamente, alterar el orden monótono de las cosas, colocarte en el lado contrario al que ocupan el tedio y el aburrimiento. Y en cualquier momento surge, tal vez cuando menos lo esperas, la sorpresa anhelada. Si la sensualidad del viaje es comparable al amor, su lado aventurero es muy semejante al proceso de creación literaria. Escribir no es nunca, por muy meticuloso que sea el escritor, una tarea organizada hasta su más íntimo detalle. Al contrario. El creador literario se sumerge en las páginas de su libro, sumido en los brazos de la imaginación, como quien se adentra en una selva densa y oscura. Los personajes y las situaciones, por más que las haya planeado, surgen de pronto, inesperadamente, y toman caminos imprevistos. El protagonista puede negarse a serlo y el secundario puede exigir el primer papel de la obra. Y el escritor debe seguirles. De ese modo, acaba viajando de la mano de su obra por territorios ignorados y sorprendentes: debe, en fin, como el viajero, aventurarse”.

Nada que añadir. Si acaso, que en el estilo, a Javier Reverte le gustaba ser sencillo y claro, directo, como el gran Manu Leguineche, y como proclamaba su admirado Albert Camus, uno de los escritores que más le habían emocionado (sobre el que había escrito el libro El hombre de las dos patrias, porque sentía que le debía ese homenaje): “Los que escriben con claridad tienen lectores. Los que escriben oscuramente tienen comentaristas”.

Aunque confesaba que había terminado por ser un escritor, a él la primera pulsión de la vida –quizá influido por su padre–, lo que le pedía de verdad era una existencia emocionante. Se crio, como yo, entre tebeos, y libros de aventuras después que hicieron volar la imaginación de nuestras generaciones. Sus héroes eran los míos, y por eso podíamos hablar de Sandokan o Long John Silver, además de los que surgieron luego como Aquiles, Ulises, Eneas, Lord Jim o Alexis Zorba. Quizá tuvimos la suerte de empezar a leer a grandes autores, y sumamos Cervantes a Conrad y London, Malraux a Melville, Hemingway o Camus a Homero o Esquilo. “Nunca eres nada si no te admira un niño”, solía decir con frase que no admitía réplica y que nos llevaba a los dos a esa época en la que vibrábamos con las novelas que caían en nuestras manos infantiles.

Le fascinaban los literatos que habían vivido una existencia aventurera y llena de peligros “Todos ellos y otros cuantos son, en definitiva, autores en donde la acción y la palabra no se entienden la una sin la otra. Por eso, no es extraño que los escritos de todos ellos sean por lo general apasionados, como yo intento, modestamente, que lo sean los míos”.

Aunque no abominaba de la palabra turista (“todos somos turistas en la vida”, decía), viajaba fuera de los meses y los horarios dictados por la moda, ajeno también a la tiranía de los circuitos y los monumentos esenciales. Para él era más valioso a veces la conversación con un parroquiano en un café que la visita a un museo. “Deambular es la mejor manera de viajar”, decía. “Es cierto que es un privilegio tener tiempo para no ajustarse a un programa, cambiar el rumbo del viaje. Lo bueno es desviarse del camino, improvisar, que te sorprenda un poco la vida. En ese sentido, se parecen muchísimo el viaje y la literatura. Porque, ¿qué es la literatura? Es un proceso de creación para el propio escritor, en el que va descubriendo nuevos caminos, que un personaje que ha concebido como el centro de su historia no quiere serlo. Ese proceso de creación, de sorpresa, es lo que da tensión a la literatura y emoción al propio escritor. En el viaje sucede lo mismo. Cuando das la vuelta hacia otro lado es cuando el viaje empieza a entrar en lo imprevisto y empieza la aventura. Curioso, la palabra aventura rima con literatura”.

“Me cuesta más la ficción y por eso me gusta más hacerla: es un reto superior al de los libros de viajes. Pero me gusta escribir libros de viajes porque me salen de manera muy natural”. Siempre el mejor viaje esperaba, era el siguiente, decía, buscando esos lugares, esas terras incógnitas en su propio mapa interior “iría a un sitio donde nunca haya estado”.

Trabajador incansable, escribía aunque estuviera mal, y sobre todo en sus últimos tiempos, cuando el cáncer le estaba minando. Así me lo confirmaba Chelo León, su mujer, que tardará mucho tiempo en reponerse de la compañía de un hombre con quien compartió más de 50 años de vida. En su presencia murió, con la mano de ella en su cara, recuerda con la voz encogida por la emoción. Javier acababa de llegar hacía poco de un viaje a Irán y Turquía (decía que no podía estar sin viajar más de tres meses) para completar el último libro que estaba corrigiendo y que será su última aportación a la literatura de viajes. Aunque otros de sus libros póstumos serán un volumen de cuentos y uno de poemas.

Una faceta que hay que destacar, y que también viví de primera mano, asistiendo a sus triunfos y sus reveses, fue la pelea que inició a partir de 2015 contra la Seguridad Social y una ley que volvió a desempolvar el PP (Partido Popular) que hacía incompatible percibir una pensión y derechos de autor. Si tienes pensión puedes tener millones en rentas de propiedades, en acciones, pero no puedes publicar y generar derechos de autor. Tal y como hablábamos cuando comenzó esa lucha –donde él se sentía como una especie de agitador de a pie–, con una ley como ésa, Cervantes –que publicó la segunda parte del Quijote a los 68 años– y otros tantos autores no habrían dado sus mejores obras a nuestro acervo cultural. Hacienda le había sancionado con la devolución de cuatro años de pensión por haber cobrado derechos de autor de sus libros –le pedía 120.000 euros–, lo mismo que les ocurrió a otros autores e incluso traductores. En aquellos años se puso de moda el pago en especie, y un autor que estuviera cobrando una pensión cobraba una charla con cajas de botellas de vino, un jamón o cosas parecidas. Fruto de esa lucha, que comenzó junto a la Asociación Colegial de Escritores, se formó en otoño de 2015 la Plataforma Seguir Creando, que exigía la anulación de las sanciones y la homologación de la normativa con la de los países europeos. Javier se empleó a fondo en esa batalla en la que salió a la palestra en ruedas de prensa, mesas redondas y todo tipo de actos. A veces me contaba las conversaciones algo surrealistas con los grupos políticos, con ministros, en fin, que le daban la razón, pero luego hacían poco. Como por ejemplo, la ex ministra Fátima Báñez, en una reunión con la plataforma Seguir Creando, les dijo que le gustaba la poesía, pero Javier decía que no creía que hubiera leído siquiera el Quijote ni que le importara: “Ha sido una campaña dirigida contra la cultura, porque el PP considera que es su enemiga natural”.

Aunque Javier ganó el primer round, el juicio a la Seguridad Social en los tribunales, que fallaron a favor de la aprobación de la compatibilidad de la pensión y los derechos de autor, la Seguridad Social recurrió. Javier tuvo que llevarlo al Tribunal Supremo –que admitió a trámite su último recurso, la última noticia que tuvo del asunto– y emitirá su veredicto ya con carácter póstumo. Aunque Javier ya no la verá, quedará también como uno de los que impulsaron esa dignificación del autor e impulsor del Estatuto del Artista, todavía en desarrollo.

En una entrevista en la revista Qué leer, se explayó y criticó al gobierno entonces en el poder. “El PP, en política cultural, es el arácnido más ponzoñoso que ha producido nuestra historia tras el franquismo–contestaba en esa entrevista–. El ministro [José Ignacio] Wert dejó un erial cultural al salir del gobierno, y la ministra Fátima Bañez completó el desafuero penalizando la creación. La ministra Bañez buscó la peor de todas las alternativas al considerar que el dinero que un creador ganaba por actividades culturales no eran derechos de autor, sino, según sus propias palabras, “derechos de autor neutros”, una suerte de trabajo habitual, lo que es un atropello a la cultura y la creación, porque los gastos, beneficios y pérdidas de una obra de creación son imprevisibles. Yo pago mis impuestos, no se trata de eso, sino de poder seguir creando. He estado cotizando a la seguridad social cerca de 40 años”.

“Crear una obra es una aventura y un ejercicio de libertad, y no tiene nada que ver con el afán de ganar dinero, aunque todos los escritores queremos que se nos pague por nuestras obras. Cuando uno crea, vive subido en una suerte de instante de entrega suprema a la obra, en buena manera un instante feliz –es mi caso–. Y yo creo que resulta valioso para una sociedad porque, en mayor o menor media, signa el carácter de la vida humana, y señala caminos de libertad, o al menos, de interpretación de algo tan hermoso y terrible como es existir. Fíjate la diferencia, Alejandro Magno llevaba la Ilíada en su mochila, y Rajoy, el Marca. Larra decía que en España escribir es llorar, para el PP es delinquir”.

Javier tenía muy claros algunos referentes, como Cervantes, Don Quijote y su mundo de valores y le gustaba que en España hubiera hombres y mujeres dispuestos a jugárselo todo por la honra y la libertad. “El peor defecto de España es la abundancia de seres mezquinos, la envidia. Existe en otros países, pero aquí tenemos, como decía Unamuno, una envidia de calidad”, afirmaba en la misma entrevista.

En medio de la pelea con los funcionarios y políticos, y tal vez porque era un nuevo acicate, Javier no dejó de trabajar y publicar. Nuevos libros de viajes (Un verano chino, New York, New York, Confines, Suite italiana) y una novela, Banderas en la niebla, la última entrega de su Trilogía sobre la Guerra Civil. De la anterior, El tiempo de los héroes, sobre el general comunista Juan Modesto, hablamos varias veces, sobre todo de la oposición de los mundos comunista y libertario (él tuvo la deferencia de hablar bien en ella del anarquista Melchor Rodríguez, El ángel rojo, cuyo libro yo había publicado hacía años). Javier hizo una última incursión en la Guerra Civil en un volumen de cuentos que acaba de publicarse: Cuentos de trinchera y retaguardia (Ediciones del Viento): “escrito con la ilusión y audacia de asomarme a un género nuevo para mí”. Cuentos que tuvieron origen en narraciones contadas por mayores y amigos, peripecias de la contienda sobre todo con el fondo del frente de Madrid.

Tuvo casa en Garrucha (Almería) –donde salía a pescar con la gente del pueblo y donde fue muy feliz– y en Pravia, y acabó en Valsain, quizá porque había poca gente, por los paisajes, los paseos y la cercanía a Madrid. Era de buen comer y beber, de sonrisa fácil y abrazo largo, de querencias y fidelidades, y le gustaba disfrutar la vida.

Así que, aunque no haya podido ir al entierro, he subido al cementerio de Valsaín y luego he paseado por esos bosques por los que paseaba Javier. Los árboles estaban vestidos de los colores del otoño y me he despedido, a mi manera, de un hombre honesto y generoso -hizo prólogos de libros de amigos o gente que acababa de empezar en este oficio del escribir-, que fue buen compañero, de un amigo que lo fue de muchos, de un buen escritor y de una mejor persona. Nunca mejor que a él se le podrá decir: que la tierra te sea leve. Él, que la recorrió a lo largo de los cinco continentes. Cierro con uno de sus poemas, de su último libro recién publicado, Hablo de amor entre fantasmas (Bartleby Ediciones). En el prólogo a su poesía completa, publicada en 2004, Trazas de polizón, según recordaba Manuel Rico, Javier escribía: “Sigo creyendo, como escribí alguna vez, que la poesía es la verdadera palabra del hombre, la que mejor puede retratar su alma perpleja y la complejidad de su corazón, ya que incorpora en su expresión la melodía, la emoción, el instinto, las contradicciones del espíritu, la irracionalidad, el misterio, la reflexión y la ambición de lo absoluto”.

Te echaré de menos, Javier, con tu humor, tu risa y tu ironía. Te echaremos de menos. No sólo tu familia y tus amigos, también tus lectores.

Lamento

I
La muerte se nos muestra en los ojos del otro
cuando, de pronto, su mirada se disuelve en agua
y la luz que desprende
se desvanece como brasa en la cerilla.

La vida es un frágil aliento,
una sutil respiración,
el delicado rumor de la seda al doblarse.

Y se va tan deprisa,
esfumándose,
como los hilos de humo
que desprenden las últimas pavesas de la hoguera.

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