Emancipación

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Yo me emancipé pronto, a los diez años. Quiero decir que yo a los diez años seguía en casa de mis padres pero llevaba ya una vida perfectamente paralela. Eso fue lo que me procuró a mí la independencia real, pues comía cuando me lo permitía la escuela, y cenaba por las noches, como los adultos, antes de encerrarme en mi cuarto a acabar las tareas.

 

Yo me emancipé pronto, a los diez años. Quiero decir que yo a los diez años seguía en casa de mis padres pero llevaba ya una vida perfectamente paralela. Eso fue lo que me procuró a mí la independencia real, pues comía cuando me lo permitía la escuela, y cenaba por las noches, como los adultos, antes de encerrarme en mi cuarto a acabar las tareas. Ya entonces disponía de servicio, y a pesar de algunas trifulcas violentas, especialmente cuando había pescado, la cosa funcionó bastante bien hasta que me fui de casa. Entonces era otra mujer la que una vez a la semana venía por mi piso a dejarlo más o menos como estaba cuando lo encontré, y aunque al principio todo iba bien, y sólo había que recoger las botellas propias, una mañana me llamó por teléfono para preguntarme si al pobre también había que limpiarlo. Recordé que llevaba una semana con un pobre en casa, y aunque le había advertido que los lunes llegaba la asistenta y debería estar fuera, el pobre se quedó allí echado en el sofá esperando a lo mejor que la mujer lo afeitase y lo fregase, como en las películas. Tuve que volver del trabajo a la carrera y convencerlo de que se fuese, pues tener a un pobre en casa es cool una semana, pero ya más empieza a resultar cansino. Mientras, la chica observaba todo entre la desolación y el espanto; las había visto de todos los colores, pero aquello empezaba a ponerse truculento. El pobre acabó marchándose tan tristemente que lo eché de menos un mes, pero lo que no pude prever es que también se acabase despidiendo ella. Fue tras un domingo que pasé entero en la cama con la sensación de que si pisaba el suelo me quedaría allí pegado para siempre. Ni me atrevía a asomarme el salón, ya que parecía haber allí vida humana, o la suficiente vida animal como para que de vez en cuando se moviese el sofá. Cuando volví del trabajo el lunes, feliz por reconciliarme con el Ambipur, el frescor de las sábanas y los suelos intachables, me encontré de nuevo en la boca del infierno, con esa peste a afterjaus que dejan las casas indignas. La chica, supe luego, no duró ni un minuto. Me dejó por algo absolutamente extraordinario: por cerdo, que ya hay que ser cerdo para que te deje la chica de la limpieza.