Embassy

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embassy

 

 

Después de cinco meses viviendo otra vez más en mi país de origen me ha costado volver
a Madrid, que ha sido mi casa estos últimos diez años. Estas son semanas de
reuniones con amigos y familia, y muchas comidas. Siempre choca comprobar que en
tu ausencia nada ha cambiado, que todo y todos siguen tal y como eran; una
comprobación que tiene a su alrededor un ligero olor a mortalidad. Claro que ha
cambiado el gobierno entero, pero eso en el gran esquema de las cosas tiene una
importancia mínima para nosotros que no vivimos de subvenciones y que no
circulamos en coches blindados.

 

Ah, un gran cambio para mí ha sido la reforma que han hecho en Embassy, en la calle Ayala, esquina con la Castellana. Mi debilidad por este sitio a
lo largo de muchos años ha sido un especie de secreto sucio. Aunque fue fundado
por una mujer inglesa de corte liberal, en la época franquista se convirtió en
un local para los ricos del barrio de Salamanca, los que salían fielmente en ¡Hola! en sus años dorados, los que vestían como si fueran de caza en Austria o que
imitaban, siempre con errores a veces risibles, el look de un aristócrata
británico. Fue y sigue siendo el anti Cafe Gijón, el otro lado de esa moneda,
ubicado incluso en el otro lado de la Castellana (ese ancho camino que cuando
yo llegué a España en 1969 se llamaba Avenida del Generalísimo Francisco
Franco).

 

Pero Embassy tiene unas cualidades muy difíciles de resistir si uno va de sibarita
por la vida. Tiene un delicatessen de fiambres y vinos y mermeladas
maravilloso, y una patisserie fuera de serie. En el bar se ofrece un servicio de
té como si fuera el Hotel Ritz, pero a un precio mil veces más razonable, y unos
cócteles como dios manda, y para alguien como yo, a quien le gusta mirar a la
gente, te da la oportunidad de observar un mundo tan pasado de moda, tan
madrileño, tan exótico que da mucho gusto. Si quiero ver a los progres o a las
chicas cool pues podría pasar por el Delic o por Casa Fidel, pero para eso
tengo a todo París o mi propia Nueva York. La clientela de Embassy hoy en día es
más difícil de encontrar y también debo decir que a lo largo de los años lo que
no ha cambiado allí ha sido la simpatía y la profesionalidad de sus camareros y
camareras.

 

Pero sí, de pronto, desde la última vez que fui, ha cambiado de aspecto y
no sé si me gusta. Ha abandonado bastante su tono verde, ese verde tan
particular de este país y tan identificado con la dictadura, por el blanco. Quedan
restos de cómo era, por supuesto, pero lo que más se nota es una clara inclinación hacia el blanco. Al entrar hace unos días fue chocante para mí, y
temí lo peor, que poco a poco se transformase en un local moderno. Lo
que me consuela al elegir una mesa, al estar allí pidiendo mi merienda a las
siete de la tarde, es que, por mucho que los pintores y los dueños hayan querido darle un toque más contemporáneo, los clientes siguen siendo los mismos. Hasta
los más jóvenes, luchando gloriosamente contra el mundo como es hoy,
seguían preservando los rasgos, los tics, los tonos de voz y ese concepto de la
moda tan alucinante. Sigue el local este tan querido por mí oliendo al Pardo, a
las porterías elegantes de Núñez de Balboa, a La Granja. Que en paz no descanse.

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