Empanadas operativas en cajas idiomáticas

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El otro día entré en una sucursal de Bankinter. Había un cartel que decía: “Determinada operativa de caja por parte de un no cliente de Bankinter puede conllevar un gasto de 2 euros”. Me hice la ingenua:

 

“¿Qué significa eso?”

“Pues que algunas operaciones de caja tienen un coste si no eres cliente del banco”.

“Ah. ¿Y por qué no lo ponen así?”

“Pues porque se dice así”.

 

Punto final. Da la sensación de que alguien se propuso dar esa información de la manera más retorcida, oscura y fea que fuera posible, y lo consiguió, desde luego. Observarán que a la hora de explicarlo lo tienen clarísimo y se hacen entender. Pero se ha extendido como una mancha de aceite la idea de que el lenguaje oscuro es prestigioso. Una plaga que parte de la política, recogen los medios, y recala ya –y con nota- en la banca. Laus Deo.

 

Todos sabemos que el español medio tiene un terrible problema con la pronunciación de los otros idiomas. Por ejemplo, en la tele puedes oir que te dicen tranquilamente “marquís” si mencionan a Marcuse, “gud seiv de cuin” por God save the Queen y “sul” por soul o cualquier otra palabra inglesa que tenga esas dos vocales juntas. Un poquito de francés por aquí, un poquito de inglés por allá y ya tenemos la empanada mental. Porque si presentas un espacio que ven y oyen centenares de miles de personas, y aunque no estés obligado a conocer varios idiomas, lo normal sería conocer las reglas de pronunciación básicas de los más utilizados en la información diaria. Pero ¿qué digo? Si cuando tienen que pronunciar Xunta dicen Sunta, o si se esfuerzan algo así como Qsunta…

 

A José Ignacio Wert, flamante ministro de Educación y varias cosas más, le he oído yo decir en una tertulia de la SER (en noviembre) “delincuenciar” cuando la frase pedía a gritos un delinquir. Vamos, otro afectado del mal de los archisílabos. 

 

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.