En blanco y negro…

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Cuando quería mostrar sus emociones más íntimas, Picasso utilizaba el blanco y el negro. Era como mejor expresaba su mundo interior, esos temores recurrentes que a todos nos persiguen y se esconden muy adentro, y que solo los grandes genios por aquello de ser genios son capaces de plasmar en un lienzo con austeridad y maestría.

Y mirad por donde, salvando las distancias, a mí me pasa igual. Ni soy Picasso,  ni soy pintora, ni mucho menos peco de austera,  pero mi vehemencia esa de la que tanto presumo, me hace también ver las cosas importantes, blancas o negras. Pocas veces existe el gris en mi escala de valores, ni siquiera el gris marengo. Soy de las que creen en los impulsos y en las primeras impresiones. Soy de las que pongo barreras infranqueables o entrego mi corazón en bandeja.

Ya sé que en el término medio está la virtud, diréis, en ese ansiado equilibrio, pero no todos los actos admiten ese punto medio. Por eso, a mí no me gustan ni los contrastes ni los colores innecesarios: me gustan las cosas que se resuelven cuanto antes, si es posible hoy mejor que mañana.  No me gustan las medias tintas, y aunque con los años mis posturas se han ido suavizando- la edad es lo que tiene-  sigo siendo un poco tremendista en mis emociones más íntimas. La pasión fuerte de los extremos: extremos drásticos, lejanos, a veces tan alejados de la realidad como paradigmas del yin y el yang. La pasión del que vive al borde del caos.

Siempre ha sido así, también con los afectos. Sé que no dice mucho de mí, pero puedo pasar del mayor interés a la indiferencia en cuestión de un momento, del enamoramiento más supino al olvido. ¿A quién no le ha pasado tener a alguien en los altares de la mitomanía y que un mal gesto, un comentario desafortunado hagan que todo se tambalee?

A mí me ha sucedido con alguno de mis amores más frívolos descubrir un buen día, que esos pequeños defectos que antes te hacían gracia, cosas sin importancia la mayoría, detalles tontos como no bajar la tapa del wáter, o dejarse olvidados los zapatos en mitad de la habitación, ya no hacen sino molestarte. Y aunque intentas fingir normalidad maquillando una situación que ya no te convence, sabes en el fondo, muy en el fondo, que las cosas han cambiado hasta un punto de no retorno. Sabes que aquella especie de Clark Gable, fanfarrón, culto, soñador que te quitaba el sueño y que dejaba las tazas de café en el fregadero, no es sino una engañifa,  y que sus bondades se las llevó el viento, como sabes también que el amor que no devasta, no es amor, ni es nada y  lo comprendes mientras terminas tropezándote con esos malditos zapatos en mitad de la noche.

No hace falta que diga que esta tendencia mía a desentenderme de los matices, de pasar de un extremo a otro siguiendo los dictados del corazón,  me ha traído más de un quebradero de cabeza, más de un enfado y más de una charla con la gente que quiero. Pocos entienden que en medio de mis contradicciones, aflore esta obstinación con la que intento convencer al mundo de mis posturas, usando argumentos que a veces solo yo sé descifrar y que sin embargo pierden sentido cuando los muestro al mundo: se desinflan cual sonrisa forzada. Sin querer, no hago más que acumular confusión como quien acumula libros en un estante, o como quien se asoma a una ventana dentro de otra, en un libro de Vila-Matas o en una película surrealista y monocromática de Buñuel.
 

Pero no…, para bien o para mal, soy así: contradictoria por naturaleza. A veces me puede la vehemencia y otras me dejo llevar siguiendo el camino más fácil: el del corazón.  Lo único que tengo claro es que ni pintando mis respuestas en rabioso blanco y negro como hacía Picasso, soy capaz de encontrar el camino verdadero: mi camino, y mirad que lo busco, pero nada, no hay manera…

 

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[Ojala fuera menos impetuosa, me gritan mis pensamientos, ojalá fuera capaz de asumir esos infinitos tonos de gris, esos tonos que dan verdadero valor a los colores, que los dotan de movimiento, de profundidad, de contenidos, de vida… Ojalá fuera capaz de entender que mi vida dejaría de ser en blanco y negro si fuera capaz de agregar esos matices que dieran un poco de luz a mi descolorido mundo. Quién sabe, lo mismo un día… ¿Verdad amigo?]

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Cuadro: El beso de Picasso

Manuela della Fontana, escritora oculta. Después de trabajar muchos años en el mundillo editorial, rodeada de facturas e impuestos, decidió dar el gran salto y retomar esta “vocación” suya escribiendo con mayor regularidad. Fue entonces cuando empujada por algunos amigos salió a la luz, compartiendo sus vivencias en su blog Soñando con maletas y en las revistas vozed, e Hyperbole donde colabora habitualmente. @enmanuelle2002