En busca de Nastenka

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Nadie podía imaginarse que Zapatero era en realidad una ninfa del agua que pretendía apoderarse del río para no morir y retozar para siempre entre sonrisas.

 

El hundimiento socialista ha desatado el carnaval de los candidatos. Un carnaval más austero que antaño, pero carnaval porque se habla de política. Entonces cantaban y bailaban las ninfas y los faunos rodeados de monstruos góticos, y de mancebos y doncellas y Hombres Primitivos. Una juerga alrededor del árbol de invierno del PSOE, como aquel de Merry Mount que escribía Hawthorne, la historia de la colonia alegre de Nueva Inglaterra que destruyeron los puritanos del reverendo Endicott. De Nueva España tocan panderetas mientras tratan de elevar a los ídolos hasta la cumbre del monte Wollaston: los reyes del bosque celebrados entre campanillas y flores. Y más allá, desposeído, agotado como el macho vencido de una manada, se ve alejarse al viejo líder vestido de Dostoievski en su apariencia y su tristeza en contraste, como si en lugar de España fuera recorriendo las Noches Blancas en busca de Nastenka. Pero aquí ha de haber un cónclave que supere el frenesí típico de las carnestolendas porque se corre el peligro de elegir, otra vez, a una ninfa. Uno la recuerda no hace mucho, en la campaña electoral de Valenciano, nadando desnuda y sensualmente en sus aguas. En esta clase de actos, celebraciones y homenajes sus ojos se llenan de destellos y su rostro bronceado se expande en una gran sonrisa. Probablemente el único lugar donde aún se siente segura y confiada. Radiante y jovial, allí es donde se siente viva y donde, como un malabarista en el circo, ensaya sus mejores números en un estallido incontrolado de fuegos artificiales. Sus votantes no lo sabían. Y tampoco sus detractores. Nadie podía imaginarse que Zapatero era en realidad una ninfa del agua que pretendía apoderarse del río para no morir y retozar para siempre entre sonrisas. Hay que desconfiar de las hadas rojas (y blancas) que giran y consigo arrastran en la espiral a los hombres que apenas ven entre guirnaldas y flautas con sus cabezas de oso y de ciervo; rojas narices que se balancean ante las bocas, y ante los tribunales, y se alargan de oreja a oreja en eternos ataques de risa. Uno imagina al PP observando esta fiesta al tiempo que celebra otra en la intimidad, mientras los nuevos populismos intentan hacer leña del árbol que ya es de verano en un carnaval contagioso. La ninfa trató de destruir la alternativa y lo ha conseguido diez años después, explotándole a su partido la bomba entre las manos. Ya se ha cumplido la cuarta noche, incluso la mañana, y sólo falta que alguien empiece a echar de menos al narrador enamorado de San Petersburgo.