En busca de un proyecto

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Hace unos días mi amigo Eduardo me echó en cara cariñosamente mi indolencia y me rogó que hiciera algo con mi talento, como si ese talento que me atribuía lo estuviera yo malgastando en ociosas lecturas y en escritos banales. Me defendí. Le dije que me tenía en demasiada consideración y que en realidad mi único talento consistía en hacer creer a mis allegados que desperdiciaba un talento que estaba lejos de poseer.

 

¡Memeces!- exclamó Eduardo. Te conozco bien. No me vengas ahora con esas. La falsa modestia te sienta fatal. En el fondo eres un pozo de vanidad. Si no te lanzas al ruedo es por miedo al fracaso. Nos conocemos. Tienes más miedo que vergüenza.

 

Cobarde no soy.

 

Eso es lo que te crees. ¡De ilusión también se vive! Muchas bravatas, pero yo quiero verte algún día comprometido en un proyecto de envergadura, a la altura de tu talento, y no escondiéndote en coartadas ridículas que ni tú mismo te crees. Te presentas como si estuvieras de vuelta de todo, como si te diera igual ocho que ochenta. A mí no me engañas con ese estoicismo de pacotilla.

 

Mi amigo siguió con su rapapolvo. Cuando entra en combustión difícilmente se le para. Viendo que las puyas que me lanzaba no surtían el efecto deseado y eran como cosquillas por las risas que me provocaba, trató de personalizar y me recordó la vida ejemplar de dos viejos amigos recientemente fallecidos. Ambos, a diferencia mía, habían tratado de dar lo mejor de sí hasta el final de sus días.

 

¿Y de qué les valió tanto esfuerzo? ¿Qué fueron sino verduras de las eras?- espeté.

 

Eduardo no se inmutó.

 

Valió para dejar tras de sí harto consuelo su memoria… por más que tú despreciaras el libro de memorias que escribiera uno de ellos.

 

¿Yo?

 

Sí, sí, no te hagas ahora el disimulado. Tú fuiste quien me dijo que las memorias de nuestro querido amigo habrían sido memorables si tuviera mayor talento literario. ¿Lo niegas?

 

Eso está sacado de madre. No sé qué pretendes…

 

Pretendo decirte que tu supuesta falta de ambición es impostada. ¿Memorias memorables quien no cree en la posteridad? Y no quedó ahí la cosa, sino que recuerdo muy bien que añadiste que en otras manos más diestras el libro habría sido tan bueno o mejor que Austerlitz. ¡Otras manos! Pongo la mía en el fuego que pensabas en ti…

 

Le atajé:

 

Pensaba en ti, querido. Y pensaba en tantos otros escritores con enorme talento sin nada interesante que contar. Nuestro viejo amigo había pasado por experiencias absolutamente únicas y quizá no las contó con arte suficiente…

 

Vi asomar por entre los labios de mi amigo una sonrisa victoriosa.

 

Te tengo cogido.

 

No sé de qué me hablas…

 

Sí que lo sabes. Ars longa vita brevis. Empieza un proyecto, el que sea, y hazlo, como dices, con arte suficiente, con sabiduría suficiente, hasta llegar al final o hasta donde te alcancen buenamente tus fuerzas. De lo contrario pensaré que eres un cobarde… o algo mucho peor.

 

¿Peor que cobarde?

 

Sí, bastante peor. Pensaré que tienes razón y que, en efecto, careces de talento.

 

Nos reímos los dos un buen rato ante el chascarrillo y pasamos luego a hablar de otras cosas, sin volver a tocar el asunto. En estos días, sin embargo, le he dado vueltas a lo dicho entonces. Eduardo puede que no vaya descaminado. A lo mejor me conviene salir de los cuarteles de invierno y elegir, como sugiere, un proyecto, quizá dos. ¿Cuáles? Los desconozco todavía. Pienso que a lo mejor debería ir escribiendo un diario que sea mitad ficción y mitad realidad, y colgarlo en este mismo blog al menos una vez por semana. Lo llamaría “Proyecto 1”. En cuanto al otro, al «Proyecto 2», podría versar sobre mi investigación y también lo iría colgando semanalmente en el blog.

 

¿Me comprometo?

 

No lo sé todavía. Lo consultaré con la almohada de mi diván… y con mi talento.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.