En busca del corazón de las palabras

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Tengo tantos ejemplos de contumacia donde se ve que lo del malhablar se consolida sin remedio… Sigan leyendo, por favor.  Y también demuestran –por si hiciera falta- que a mí nadie me lee, o acaso me leen unos poquitos que no se lo cuentan a los muchitos que ni saben que existe este blog, e incluso puede querer decir que algunitos me leen pero pasan olímpicamente de mis consejos…De todas maneras, insisto, y hoy con una carga de profundidad extraída de un artículo del crítico teatral  Marcos Ordóñez, que comenta la obra Acorar.

 

Tengo tantos ejemplos que muestran que lo del malhablar se consolida sin remedio… Sigan leyendo, por favor. Y también demuestran –por si hiciera falta que a mí nadie me lee, o acaso me leen unos poquitos que no se lo cuentan a los muchitos que ni saben que existe este blog, e incluso puede querer decir que algunitos me leen pero pasan olímpicamente de mis consejos… De todas maneras insisto, y hoy con una carga de profundidad extraída de un artículo del crítico teatral Marcos Ordóñez, que comenta la obra Acorar.

 

Acorar es un verbo catalán que se refiere a la habilidad del matarife para acabar con el cerdo “de un golpe seco, rápido y preciso, y por extensión, llegar al corazón”. El acorador es un experto muy buscado, el sumo sacerdote del sacrificio. Ordóñez define la obra,  que transcurre en un día de matanza en el campo, con los primeros fríos, como “un festival del lenguaje, de la narración, de la memoria”. Para el crítico, el autor, Toni Gomila, trata de recuperar los nombres de las cosas, las viejas palabras que se van olvidando. “Porque los jóvenes saben diferenciar entre un Golf GTI o GTX, un iPhone3 o un iPhone4, cosas efímeras (…) pero nada de las cosas permanentes, trascendentes. No distinguen manzanos, perales, cerezos, encinas u olmos: sólo dicen “árboles”. Ni un búho de una lechuza, un tordo de un mirlo; sólo dicen “pájaros”. Y Gomila rinde homenaje a sus mayores, a los que todavía recuerdan los nombres de todas las partes del cerdo. “Si cambiamos de palabras, dice el narrador, cambiamos de mundo. Si con una debilidad cobarde descuidamos las palabras, mueren los conceptos y mueren los pueblos, porque en las palabras está el alma de los pueblos”.

 

¿Qué puedo añadir yo a esto? Casi nada. Por ejemplo, que no sólo es un problema de los jóvenes,  ni mucho menos. A menudo me dicen que es inevitable que desaparezcan palabras porque desaparecen los oficios o las realidades que las crearon. Si ya no hay artesas en las casas, es lógico que la palabra entre en desuso y se refugie sola en el diccionario. Pero eso no va con los pájaros ni con los árboles (esperemos) y sin embargo qué pobre, qué poco preciso es nuestro lenguaje, y más el de los urbanitas, tanto jóvenes como mayores.

 

Al otro lado del mundo de Acorar, vean qué bonito es no saber qué hacer con las preposiciones, como en la frase, oída en la radio: “lo que subyace de…”, o el festival verbal de esta otra, también de alguien sin duda alfabetizado y por lo que se ve con acceso a los medios de comunicación: “No se permite poder pagar el alquiler”. Siempre me ha intrigado esta manía de anteponer el verbo poder a todo lo que se mueve. A ver si algún semiólogo me ilumina…

 

Pero dejo para el final este engendro, sacado de un suplemento, dedicado a la “excelencia empresarial”,  de un importante periódico nuestro de cada día. Que dice, creo recordar que en el titular, que “se va despertando una conciencia empresarial  sobre la importancia del compliance”.  Más abajo, por aquello de que se entienda mejor, dicen “cumplimiento normativo”.  Y para acabar aclarando que “un compliance programm efectivo puede excluir la responsabilidad penal de las personas jurídicas”. Uf, menos mal, aunque nos hubiéramos quedado también muy tranquilitos si hubieran escrito –ellos o los editores- “un programa de cumplimiento normativo”. 

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.