En diciembre sí hay milagros

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¿Milagro?¿Qué es un milagro? Virgencita de Guadalupe: ayúdame a definirlo.

 

Nos hemos cansado de escuchar que la suerte es el momento en que la oportunidad y la preparación confluyen. Aquello no explica por qué esa señora antipática a quien ninguno de sus compañeros quería en el McDonalds, se llevó casi 250 millones de dólares con un boleto comprado con dinero de todos los empleados. Pero bueno, la idea es medianamente clara: en cuestiones profesionales, si te preparas, habrá en algún momento una buena oprtunidad laboral; y si tú has trabajado para estar listo, tú serás el que la obtengas. 

 

Aquello tampoco explica ciertas preparaciones que obstaculizan la realización de nuestros sueños. Por ejemplo, ayuda mucho que tu madre sea amiga íntima del director del departamento de diseño donde tú quieres trabajar. Te podrás preparar mucho; y después de una ardua entrevista probarás que eres el mejor y conseguirás el trabajo. Pero no te darán a ti, sino a él, el sueldazo que te permitiría comprarte el Audi A7 modelo 2013. Conténtate con tu Toyota Yaris: un Audi no lo es todo.

 

Si la suerte va por ese lado, los milagros corren paralelos. Milagro sería que cuando nunca te preocupaste por molestar a nadie para pedir más horas de clase, más trabajo; una mañana muy tranquila, mientras abres la puerta de tu oficina en Newyópolis; alguien (casi casi batiendo a todo dar sus alas de ángel) se acerque para decirte que le acaba de llegar un e-mail, que un compañero tiene trabajo obligatorio adicional en otras áreas; y que te van a poder dar la clase, el curso de enseñanza, el que ya creías perdido. Milagro, ¿o suerte? 

 

Definitivamente, no es preparación. En todo caso, la preparación ya pasó. No queda más que preparar. Porque mientras otros siguen tocando puertas, haciendo llamadas y representando el papel de desesperados (y a veces, lamentablemente, lo estamos); tú has cambiado tus prioridades del trabajo al descanso: has empezado a imaginarte vacaciones más largas, más tiempo con la familia, con los amigos y con la esposa; más horas en la casa para arreglarla o rediseñar esa revista de crónicas que quieres publicar hace más de un año; mucho más tiempo para escribir.

 

Algunos de nosotros somos muy buenos capeando temporales y comiendo del aire. Por extrañas circunstancias (¿buena suerte? ¿milagro?) nos han dotado de muy poca capacidad para la depresión, la angustia y la desesperanza.  A veces nos provoca abrazar a todos–si bien no tenemos trabajo seguro, ni mucho dinero, ni grandes premios en el horizonte–pero no abrazamos ni besamos a mucha gente porque nos pueden tomar por locos.

 

Así es, ya lo dije: Creo en los milagros. También creo en la buena suerte, en el trabajo duro, en las oportunidades y en la preparación. Lo paradójico es que resulta difícil creer en Dios después de creer en todo eso. Claro que –si me lo preguntan, a mi agnóstica manera– también podría existir Dios. ¿Por qué no? 

 

Sólo la Virgen de Guadalupe lo sabe.