En la casa de Robert Graves

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Hace dos semanas fui a la casa de Robert Graves. No sabía de su existencia. Fui a visitar el pueblo en la montaña y allí encontré los carteles que indicaban su dirección. Dejé a mi familia y a mis amigos en Sóller, en la playa, y volví a Deyá a través de esa carretera que podía ser amalfitana pero más recoleta y bonita. Más familiar. Ese paisaje que podía ser el de Navacerrada con el mar a veinte minutos.

No había nadie. Quiero decir que no había ningún visitante más. Un placer único e inesperado. Una señora extranjera (inglesa, sin duda) me dio unas breves indicaciones en la entrada. Aún puedo sentir la viva emoción infantil. Yo era un niño con una perspectiva, una aventura, alucinante. Todo parecía vivo, actual. El jardín, diseñado por él, estaba en uso. Se oía el ruido de la fuentecilla y se podía sentir el joven empuje de los limoneros y de los naranjos.

Todos esos rincones con sillas y mesitas de hierro pintadas de verde. Me senté en ellas y contemplé desde allí la parte del valle cerca de los acantilados. En esa silla se había sentado Robert Graves y ahora estaba sentado yo, como si yo fuera Robert Graves. Estaba jugando a un juego delicioso. Esa era mi casa y yo podía pasear por ella con la total libertad de un sobrevenido propietario.

Fui bordeando por dentro la tapia exterior que linda con la carretera y llegué a la entrada al túnel de lo que él llamaba “el grotto”, la gravera natural donde celebraba los cumpleaños el poeta, a los que invitaba a todo el pueblo, y dónde se representaban obras de teatro que se escribían allí mismo. Ahora está cerrado el acceso por peligro de derrumbamiento, pero se puede ver todo desde arriba.

Seguí hacia el fondo de la finca, bordeando ricas especies de árboles y recorriendo delicadas veredas mientras observaba la casa en derredor. En la otra esquina, al final de la cuesta de entrada, se puede ver el generador eléctrico traído desde Suecia con la esvástica nazi en su placa dorada. También la rueda de la bomba de agua que a él no le gustaba hacer girar.

Eran las cuatro de la tarde y el calor era sofocante. Volví a rodear la casa y subí por la entrada principal, que en realidad casi nunca fue usada. No voy a detenerme en describir el interior (se puede ver todo, con fotografías, en la web) sino mis sensaciones. Porque allí estaba Robert Graves. Era como si se hubiera marchado sólo un momento.

Su ropa estaba colgada de las perchas, en las paredes y en los armarios semiabiertos. Sus sombreros, sus chaquetas de paño fino, como provenzales. Una camisa de color hueso descansaba perfectamente doblada sobre un cesto, igual que si la hubieran dejado allí recién sacada de la plancha. Era de la famosa marca de camisas inglesas Viyella. Lo ponía en su etiqueta visible y esplendorosa. No pude evitar tocarla con los dedos como un voyeur desenfrenado.

La cocina y la despensa con las cajas abiertas, en uso, de productos ingleses como té y mantequilla. Los paños colgados, el fregadero con las palanganas. El comedor. En una vitrina, en la pared, una botella a la mitad de Johnnie Walker etiqueta roja, y en una esquina una baldita con algunos de sus libros de jardinería. Por el pasillo a la izquierda llegué a su despacho. La silla de trabajo con una chaqueta fina de color beis cubriendo el respaldo. La mesa enorme e irregular de buena madera con todos sus instrumentos de escritura dispuestos.

Yo no podía creerlo. Me detenía y escuchaba el silencio apabullante de mi soledad. Cerré los ojos para guardarme el olor de ese lugar, del hogar del poeta, del autor de Adiós a todo eso. No quería marcharme de ninguna de sus habitaciones por el temor pueril de no impregnarme lo suficiente de ellas y del momento.

A continuación del despacho, donde escribió Yo, Claudio, estaba la habitación de la imprenta. Una máquina mítica e imponente como su propia historia. Luego subí al piso de arriba donde estaban el despacho de su primera mujer, el de su segunda mujer y el dormitorio, casi una celda con una cama embutida, estrecha y corta para los dos metros de estatura del escritor.

La colcha, la mesita en un lado con los libros. Las fotografías familiares con sus marcos. Las lámparas para leer en la pared y el cabecero. Vi su cuchilla de afeitar y algunos efectos personales en un armarito de madera pintado de blanco que debió de estar en el cuarto de baño que ya no existe, suprimido, junto a otras estancias, por una pequeña exposición impresionante con fotografías y documentos y objetos de Graves.

Cartas manuscritas de Gertrude Stein, por ejemplo, con el membrete de su domicilio de París en la Rue de Fleurus. Monedas del Imperio Romano, primeras ediciones de sus libros y de los libros de otros escritores publicados por su editorial, documentos de identidad, pasaportes, manuscritos de sus obras. Su toga de Oxford…

Luego quise ver la casa de nuevo, desde el principio, pero cuando me disponía a bajar las escaleras me encontré con la señora de la entrada que ya estaba cerrando la casa. Le pregunté si podía bajar un momento y me dijo con su estupendo acento inglés que ya era tarde y que ya todo estaba oscuro pues había cerrado las contraventanas, como si ya todos en la casa se hubieran ido a dormir.

Me dio por fantasear que en realidad estaban todos allí. Robert y sus mujeres, incluso sus amantes. O incluso Ava Gardner, que estuvo de visita. Pensé que esa mujer con aspecto de institutriz ocultaba algún secreto terrible y esotérico, muy del gusto de la historia oculta del artista nacido en Wimbledon y enterrado allí, en Deyá, en la isla de Mallorca, en el precioso cementerio que no me dio tiempo a visitar.

La señora inglesa, la institutriz, la guardiana de las llaves, me empujaba hacia la salida con gestos discretos, pero nada sutiles. Debía de pensar por mi actitud que albergaba intenciones de aposentarme en la casa. Yo pensé que me invitaba a salir porque temía que escuchara a alguno de los habitantes en su intimidad y me estremecí de gusto.

Al final una puerta automática trasera me devolvió al jardín donde me asaltó el canto de millones de cigarras que me devolvieron a la ruidosa realidad. Bajé las escaleras y me encontré encaramada en la pared la bicicleta de Robert (ya era sólo Robert), y luego volví a ver el generador nazi y la rueda de la bomba de agua y me entretuve recorriendo despacio los pequeños caminos, entre los árboles y los rincones encantadores.

Abajo, al principio de la cuesta, en la entrada a la propiedad, vi otra vez a la dueña atravesándome con la mirada. Me di la vuelta y contemplé por última vez aquella casa, mi casa, y sonreí al pensar, sin pronunciarlo: “Buenas noches, Robert”.

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