En la torre de ficción

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Newyópolis:

 

Vivo en una torre de ficción. Desde hace 13 años. ¿Recuerdas? Un avión camino a Nueva York:

 

1. Usabas un desodorante distinto (Hecho en Perú).

2. Sólo conocías el mundo en kilómetros, en kilos y en centígrados.

3. Nunca supiste tu tamaño en pies ni en dedos gordos.

 

Tampoco habías echado gasolina por tu cuenta ni hablaste tanto rato en una lengua distinta. La luz te cegó, por ratos. Es que la neblina de Lima y su cielo gris es una cosa que te marca. Falta decir que vi más gente, que marché entre calles llenas, que asumí mi provincianismo, por extrañas razones sintiéndome como en casa.

 

Te ves solo ¿solo, solo? En esas caminatas desde Grand Central hasta Madison Square Garden. Buscando qué comer. Ya trabajabas. Tantos años de sistemático estudio y buenas notas, para estacionar un vehículo en reversa y comprobar que los espejos retrovisores de los BMW se doblan hacia abajo cuando vas a estacionarte.

 

Viajar. Dejarte estar en el silencio obligado por la distancia, ver al Perú como lo ven los desterrados. Pasándola bien, sin duda, porque tu carácter no te fuerza a deprimirte ni a la gran tristeza, te jala a ver. No eres el ambicioso ni el maldito, eres un pequeño camarón que avanza por las veredas de la gran biblioteca, que se queda parado en la línea cuando le corresponde, que pide un libro que ha dejado a medias, que mira a las muchachas, la cantidad de muchachas en esta ciudad. Pronto descubres que ellas también están solas.

 

Miedo a parecer distinto. Miedo a convertirte en uno de ellos. Miedo a no poder ver jamás una película en un cine de barrio. A no vivir, a ser un zombi, un marcado, un judío, un musulmán, un cristiano que no puede ir a la misa.

 

Nueva York era distinta cuando yo pisé tierra por primera vez. 10 de julio de 2000. Pies inquietos, libros apiñados uno contra el otro, todos en inglés ¿Qué debo leer? ¿Qué debo llevar a ese picnic en Bryant Park? ¿Cómo debo vestirme para esta entrevista en una oficina en una calle con un número al que sigue una W? El profesor Atilio nos ponía en el patio central del colegio y nos obligaba a mirar el cielo y encontrar el oeste. Salgo de la estación del metro y observo pasmado el cielo entre los edificios. Se trata de identificar una mole y saber que ella está al sur: Grand Central al sur. Allí donde se acaba Park Avenue. Perros, muchos perros con correas sujetándolos, muchos bebés con correas sujetándolos, muchos hombres y mujeres sujetados. Es difícil que se besen un hombre y una mujer sobre la hierba mojada

 

 

Entonces caminé

Y mis pasos hicieron el ruido de la nieve

Y pensé en Uppsala, en Bergman

Me inundó la cara un recuerdo

Y supe

Que llegó el momento

De ser otro.

 

Una tierra que bloquea el paso, un pequeño parque hundido entre las calles en forma de cuadrícula, entre sus números pares e impares. Rodeo la manzana, aparezco en Harlem. Venden novelas eróticas sobre la vereda (me imagino una calle del centro de Lima) y una mujer negra, panzona y fea, avanza sobre los libros y los pisa. Varios silencios que llenan las mañanas del Brooklyn, un árabe que me da los buenos días y me prepara un sandwich, una bicicleta que llega hasta un lago en el parque, una licorería con barras de metal y vidrios antibalas. La chatarra que cubría la nieve, los sonidos de los trenes que hacían que el piso vibrara de pronto. Inclinado, en puntas de pie, señalo la punta de una antena.

 

Ebrio, porque ser yo no es lo que era antes. Con otra identidad, un agente nuevo, contratado por quién sabe quién. ¿Por mí mismo? Rodeado de libros. Ese es mi destino.