En precario

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Llueve sobre mojado y lo peor es que nuestras lágrimas se pierden en la lluvia. Es un lugar común, tan común que sobre el dolor ha crecido el callo, asegurar que, desde tiempos de Esquilo e incluso antes, el teatro se mueve mientras –o gracias a que– crepita en la parrilla de la crisis. Los clásicos nos han enseñado que la necesidad es la mejor leña para los fogones del ingenio, pero de ahí a instaurar el ayuno como asignatura en los planes de estudio de las escuelas de arte dramático hay un trecho, aunque cada vez más exiguo si nos miramos en el espejo de los tiempos que corren. Como en el cuento kafkiano, dedicarse al teatro va a resultar lo mismo que convertirse en un artista del hambre. A este respecto, Marcos Ordóñez acaba de publicar un texto magnífico en El País que ilustra  la precariedad en la que viven instaladas las compañías teatrales: Teatro español: el viaje a ninguna parte. Entregadas a los azares de las programaciones de los teatros municipales, no cobran, ven como los ingresos de taquilla son utilizados por la parte contratante para parchear necesidades perentorias y, en muchas ocasiones, se les reclama el abono del IVA por unos estipendios que aún no ha percibido, y a saber cuándo lo harán, si lo hacen.
 

¿Cómo producir nuevos espectáculos en estas condiciones? ¿Cómo mantener viva una actividad amenazada por los fantasmas de la inanición y el desánimo? Se suele repetir como mantra ilustrativo que el teatro es un termómetro que sirve para  medir la temperatura social y emocional de cada época. ¿Tendremos de verdad la temperatura terminal que marca ese termómetro? Por lo que a creatividad respecta, es cierto que se escriben textos muy interesantes, y hay notables directores y buenos actores, pero parece que el entusiasmo y la calidad de los trabajos no bastan para acercarse al umbral de la sostenibilidad económica. Aunque con el estómago vacío ni la orquesta toca ni el público baila, quien piense que en tiempos de crisis el arte es prescindible se equivoca.
 

Ya digo que llueve sobre mojado. Acabo de recibir el SOS desesperado de un lugar entrañable y ejemplar, el Teatro de Cámara Chéjov. Más de tres décadas lleva este recogido local, enclavado en el número 3 de la madrileña calle de san Cosme y san Damián, programando montajes cuya modestia presupuestaria es inversamente proporcional a la calidad y calidez de las emociones que proporcionan. Bajo la dirección de Ángel Gutiérrez, sumo sacerdote de esta rigurosa secta chejoviana, la sala ha ido capeando temporales y subsistiendo temporada tras temporada con dignidad admirable, ganándose el respeto del público y los elogios de la crítica. Gutiérrez, que tuvo como profesores a alumnos directos de Stanislavski, es un sabio de la escena forjado en la mejor tradición del teatro ruso. Ahora piensa en echar el cierre a su gran sueño, en clausurar el luminoso tabuco donde había hecho germinar la maravillosa semilla que se trajo en el equipaje cuando, niño de nuestra guerra civil crecido en la desaparecida Unión Soviética, volvió a España con un bien ganado prestigio como director y aplaudidas intervenciones cinematográficas (trabajó como actor en alguna película del formidable Andrei Tarkovsky). Catedrático de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, varias levas de nuestra gente de teatro pueden dar fe de su magisterio pedagógico.
 

La nota enviada por el Teatro de Cámara Chéjov estremece: “Hemos llegado a una situación insostenible, de cierre irremediable. Nuestro teatro siempre ha vivido en época de crisis, nunca hemos vivido los tiempos de bonanza; por tanto, cuando te niegan lo mínimo que permitía la supervivencia, solo te queda desaparecer”. No proporcionan detalles sobre el quién, el cómo y el cuánto de ese mínimo elemental para la supervivencia.
 

“Un teatro artístico –prosigue el mensaje– con treinta y dos años de historia y que es obligado a echar el telón ante la indiferencia de las administraciones. Somos una organización cultural dedicada a la divulgación del teatro. Si dejamos que la crisis se lleve por delante todo el trabajo hecho durante años, habremos destruido el hábito teatral en el público de jóvenes, mayores o niños que buscaban otras alternativas al teatro comercial. Lamentablemente, esto no es nuevo, ya lo dijo Lorca, pero se sigue pensando en el ‘ahora mismo’, sin pensar en lo que se va a destruir”.


Un síntoma del tiempo en que vivimos. Ya lo he escrito antes alguna vez: la crisis nos hace más pobres y más tontos. Pero el teatro sobrevivirá, ya lo ha hecho en las peores situaciones imaginables, incluso flotando en esas lágrimas que se confunden con la lluvia.

Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).