¿En qué cambiará a Brasil una mujer presidente?

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Brasil va volviendo a la normalidad después de meses de larguísima, agotadora campaña electoral. Con todo, los carteles seguirán, como aquellos anuncios navideños, decorando las calles a lo largo y ancho del país todavía por un buen tiempo, ese en que todavía los medios de comunicación estarán entretenidos en contar, especular, chismear sobre cuál será la composición del Gobierno que asumirá el 1 de enero de 2011, por primera vez encabezado por una mujer. Dilma Rousseff. La gran incógnita. Ha dicho que quiere que un tercio de los 37 ministerios del Estado federal (sí, 37: la Administración brasileña es una maquinaria inmensa hasta el absurdo) sean mujeres: en el actual Ejecutivo, son apenas tres. Veremos hasta qué punto el hecho de que una mujer alcance la presidencia -‘nunca antes na história deste Pais’, que diría Lula- tiende a acelerar el proceso de feminización de la política, la sociedad y la economía de Brasil. De momento, los motivos para el optimismo no son demasiados, aunque el poder simbólico de una mujer presidente (y sí: seguiré sin escribir ‘presidenta’ diga lo que diga la RAE) sea innegable.

 

Leo en el semanario brasileño Época –hay que leer de todo…- un perfil de Dilma que me deja pensativa. Al margen de la línea editorial, que arremete en cada línea contra la ‘delfina’ de Luiz Inácio Lula da Silva, se colocan aspectos que tienen que ver con su carácter y con su aspecto físico que, me atrevería a decir, no se tratarían, o por lo menos no de la misma manera, si el presidente electo fuese varón. Todavía es tanto el camino que queda por andar, aquí en Brasil y en el resto del mundo, que a veces desespera. También me incomodan esos retratos que dibujan a Dilma Rousseff como una ‘dama de hierro’. Como Thatcher, Clinton, Merkel. Si una mujer llega a altas cotas de poder, difícilmente podrá escapar de esa etiqueta o bien la de la antagónica mujer pija y superficial (véase Cristina Fernández de Kirchner). Ejemplos patrios no faltan, de uno y de otro lado, de la vice a Bibiana Aído. Pareciera que no hay grises: no para las mujeres. Mucho prejuicio todavía; muchas luchas por venir. Y me digo: mujeres, cuidado. Evitemos que la conquista de iguales derechos pase por asumir iguales patrones, iguales formas de pensar, porque NO SOMOS IGUALES. Afortunadamente. Y debemos conquistar el espacio público que nos fue negado y hacerlo nuestro, aportar nuestra mirada femenina, que es otro modo de ver las cosas, que puede realmente cambiar el mundo. Un mundo que sea dirigido por fin por energías masculinas y femeninas, X e Y, yin y yang, caminando juntos hacia delante, y no por hombres despóticos que encubren su miedo con violencia y mujeres disfrazadas de hombres que se olvidaron de lo que son.

 

En Brasil, ese flamante país emergente que a partir de enero de 2011 presidirá una mujer, un 19% de las mujeres afirma haber sufrido algún tipo de violencia de género. Según un estudio de la Fundación Perseu Abramo, cerca de 2,2 millones de brasileñas son golpeadas cada año en el país. Una mujer golpeada por un hombre cada 15 segundos. Por no hablar de la violencia psicológica, que sigue silenciada, oculta. La violencia de género, aquí como en Europa, es sólo la punta del iceberg de una cultura machista y patriarcal que sigue subyugando a las mujeres. Las mujeres trabajan más horas para ganar salarios más bajos, aquí como en el resto de América Latina y del mundo.

 

Hoy me encuentro en la prensa esta noticia. La ablación en África es un ejemplo, de entre los más desencarnados y bárbaros, de cuánto queda de lucha por delante. Así que, por favor, no perdamos el tiempo en debates banales… y sí. Seguiré escribiendo presidente terminado en ‘e’..

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.