En torno a la percepción

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El hombre del pelo blanco viajaba en el metro de regreso a su apartamento de Brooklyn y por un momento había dejado de leer en el i-Phone, quizá sobresaltado por la súbita luminosidad que había penetrado en el vagón nada más salir el tren de la oscuridad del túnel. Levantó la vista y miró por la ventanilla. La plácida luz de la tarde doraba las destartaladas casas de madera, los porches multicolores, los tejados picudos y las copas de los árboles, cuya verde frondosidad hacía menos sucia y menos fea la herrumbrosa fealdad de los patios interiores que iban pasando delante de su vista según avanzaba el tren. Muchas otras veces había visto las mismas cosas, pero esta vez, no sabía por qué, contemplaba todo aquello con más intensidad, algo así como si fuera esa su última tarde en el mundo. Al llegar a su parada, no se levantó del sitio. Las puertas se abrieron y se volvieron a cerrar. El tren arrancó y él continuó con su ensimismada contemplación. En la lejanía, que pronto dejaría de serlo, vio que se recortaba una cresta roja de edificios de ladrillo sobre un fondo rosa, casi blanquecino. Se bajó en la estación de Brighton Beach y bajó luego despaciosamente las escaleras del armatoste metálico que se levantaba por encima de la calle. El bullicio de mercados y mercadillos, de tiendas y de tenderos le sacó de su postración. Miró la hora y pensó que a lo mejor sus amigos estarían ya, como otras veces, en la terraza del Tatiana. La tarde iba muriendo. El paseo marítimo de Coney Island era una feliz estampa de afables jubilados y jóvenes patinadores. En la playa todavía se veía a algunos bañistas rezagados, allá en la orilla, o andando lánguidamente por la finísima arena. Nadie de sus conocidos estaba en la terraza. El hombre del pelo blanco se fue a sentar en uno de los bancos del paseo y se acordó que con el i-Phone podía hacer fotos. Hizo más de veinte en poco menos de un minuto. La realidad percibida se nos escurre de las manos como el agua, pensó. En el diminuto monitor se fijó especialmente en la imagen de una gaviota que se había posado en la barandilla y luego en un par de bañistas que se quitaban pacientemente la arena de los pies. Miró esta foto y los miró luego a ellos, a la pareja de bañistas, que estaban todavía ahí, sentados, en silencio, contemplando, como él, el atardecer frente al mar. Oyó luego la voz de una mujer que cantaba, pero al darse la vuelta no encontró más que paseantes. La fugaz voz le había parecido un canto de sirena. Siempre literario se acordó de inmediato de aquel poema de Wallace Stevens en el cual alguien que pasea por el mar escucha a una mujer que canta, entre el oleaje marítimo. El hombre del pelo blanco sacó el i-Phone y se puso a buscar el título en Google. En poco menos de treinta segundos dio con ello: “The idea of order at Key West”. En voz alta empezó a recitar sus primeros versos:

She sang beyond the genius of the sea.

The water never formed to mind or voice…

(Cantaba más allá del genio de la mar.

El agua no se unció jamás a mente o voz…)

 

Al cabo de varias estrofas se detuvo y se puso a reflexionar. En Stevens el asunto es siempre el mismo, pensó. La realidad percibida está indisolublemente separada de nuestro lenguaje, de nuestro arte, de lo que podemos comunicar. El hombre del pelo blanco abrió el cuaderno de notas en el i-Phone y tecleo dificultosamente lo siguiente:

 

La voz de la mujer que escuché hace un momento –si es que la escuché- no representa ni puede representar nunca el murmullo de las olas, de igual manera que el bullicio de luz y movimiento que he experimentado en estas dos horas de ensimismada contemplación jamás podré comunicarlo a nadie, salvo por señas o por torpes gestos…

 

El hombre del pelo banco iba a añadir algo más, pero en esos momentos se le acercó alguien por detrás, un señor muy empingorotado, con chaqueta y pantalones blancos, quien tras darle una palmada en la espalda, le preguntó qué diablos hacía allí.

 

– ¿No decías que hoy tenías que quedarte en casa para escribir la entrada del blog?

 

El hombre del pelo blanco dio un pequeño respingo, pero al darse la vuelta y ver a su amigo, sintió una gran alegría.

 

– Hace una hora, en el tren, tuve algo, como una epifanía…

 

– ¿Una qué?

 

– En fin, ya te contaré. ¿Te gusta Wallace Stevens?

 

El señor de traje blanco se encogió de hombros.

 

– Tomemos algo.

 

Sin hablar nada más, los dos hombres se fueron para la terraza del Tatiana. Las farolas del paseo acaban de encenderse. Entre el murmullo de las olas y el de los paseantes, la voz de otra cantante volvió a oírse, pero esta vez pertenecía a una mujer gorda, toda pintarrajeada, que cantaba en ruso el “Kalinka, kalinka, kalinka moya”.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.