En tránsito – en el centro de la tormenta (azul)

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Horas de espera, filas interminables, cafés con leche a cuatro euros al cambio, llamados al consumismo por doquier, controles policiales… Los aeropuertos, esos extraños lugares de tránsito, tienen ya mucho de familiar para mí, y todos sus inconvenientes no me han quitado aún el gusto por volar. La costumbre no evita las mariposas en el estómago, sobre todo cuando vuelvo a casa. En unos minutos embarco rumbo a Madrid, y, aunque no hace tanto tiempo que visité mi ciudad, esta vez la intensidad emocional es aún mayor que otras veces. Porque hace cinco años -se dice pronto- que no paso en casa la Navidad. Porque esta vez somos uno más, y cuento cada minuto para abrazar a la mujer que está gestando ese milagro que es la vida. Porque en este 2012 de alto voltaje no sólo cambiamos de año, sino también de era; y no es que lo dijeran los mayas, es que muchos ya sentimos hace tiempo esas ondas de transformación que nos sacuden con fuerza.

 

Leo que, según el calendario maya, estamos en el Año de la Tormenta Azul desde el pasado 26 de julio y hasta el próximo 25 de julio. Diciembre está en el epicentro de esa tormenta, que es una tormenta de cambio para la humanidad. Los mayas leyeron en el cielo, hace cientos de años, que esta sería una época para soltar lastres, para romper con bloqueos y los nudos emocionales o mentales; que es, en definitiva, momento de prepararnos para una profunda transformación. Y ese cambio en marcha lo siento yo en cada ámbito de la vida. Lo siento en lo más profundo de mi ser, con una claridad como nunca antes. Lo veo en mi profesión, el periodismo, que ve cómo se rompen las viejas estructuras -los medios de comunicación tradicionales, que, como le ocurriera a la socialdemocracia, a fuerza de venderse al capital y traicionar sus ideales, se están quedando sin clientes- y se van creando las nuevas estructuras, aún en ciernes, pero cada vez más vigorosas, en forma de iniciativas diversas, originales, independientes y necesarias. Tengo el orgullo de participar en algunas de ellas: Fronterad, Carro de Combate, Números Rojos. Los periodistas nos dimos cuenta de que sin periodistas no hay periodismo; los prescindibles eran los empresarios, más ahora que las nuevas tecnologías facilitan, en tantos campos, prescindir cada vez más de los intermediarios.

 

Esa transformación profunda la siento también en la política y la economía, ahora que el sistema capitalista parece dar sus últimos coletazos, enfrentado con cada vez más evidencia a esas contradicciones intrínsecas que supo describir Marx hace un año y medio, y que vienen, ante todo, de la insostenible necesidad del capitalismo de crecer y seguir creciendo. Para crecer necesita acumular capital; y para acumular capital necesita robar. Expoliadas ya América y África, esclavizada -o casi- la mano de obra asiática, poco le quedaba al sistema ya por usurpar, así que se lanzó sobre las clases medias del sur de Europa. ¿Y cuando termine con ellas? ¿Y cuando no quede nadie más a quien despojar? Si no estalla antes una revolución global, el capitalismo acabará muriendo de éxito. Es apenas cuestión de tiempo, y los tiempos están muy acelerados.

 

Y también veo cómo se va transformando esa rígida división de género que durante siglos oprimió a hombres y mujeres, haciéndonos creer que debemos ajustarnos a unos moldes inasumibles. Las mujeres comenzamos a despertar; y todos juntos empezamos a recordar que siempre fuimos, cada uno de nosotros, energía femenina y masculina, y que la asimilación de sexo y género es una confusión cultural que, a fuerza de represión y mucha propaganda, terminó naturalizándose en nuestras sociedades. De una forma muy dañina, por cierto.

 

Así que, en el aeropuerto de Ezeiza, a pocos minutos de embarcar hacia mis primeras Navidades en España desde hace mucho tiempo, me siento afortunada de estar tan próxima ya de los míos, de todo lo bueno que dejo y me espera en la ciudad que me acoge, y de estos vientos de cambio que, si sabemos soltar los lastres y afrontar el oleaje con decisión y alegría, no pueden sino llevarnos a un lugar mejor. A un buen lugar. A la utopía.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.