‘En una orilla brumosa’. Antología de relatos seleccionados por Verónica Gerber Bicecci

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Normalmente, cuando me encuentro frente a una obra de arte contemporáneo, sea una pieza vanguardista y distópica, o una instalación de generosa altura con algún nombre impronunciable, la perplejidad es la primera reacción que me invade. Aunque intente luchar contra ello –nadie sabe la envergadura de mis esfuerzos–, la incomodidad permanece intacta. De nada sirven las gafas redondas y el atuendo negro, recordando a Giorgio Strehler y Ornella Vanoni cuando querían homenajear a los existencialistas franceses; tampoco el lápiz de japonesa factura y el cuaderno con amarillento papel reciclado sirven de algo. Y como últimamente parece estar muy de moda el diseño minimalista y el esencialismo conceptual, ni siquiera una leyenda en negrita, o unas dos líneas de tamaño 10 –porque la vida es un constante desafío visual– ayudan para una correcta interpretación.

“Qué estupidez –dirían algunos artistas– lo importante no es lo que es, sino lo que ves”. ¡Chorradas! –me atrevería a decir yo–. El arte no puede resignarse a ser puta, a ser lo que los demás quieren que sea. ¡Ay de nosotros si se convirtiera en contemplación pasiva de uno mismo! La incomodidad, la incertidumbre y el empacho podrían ser fundamentales para despertar en el espectador una dinámica activa de reflexión y de percepción de lo ajeno. Es por esa razón que la antología de relatos editada por Verónica Gerber Bicecci constituye no solamente una prueba insólita sobre las posibilidades intrínsecas de la escritura, sino que contribuye a revertir de forma brillante los conceptos mismos de literatura, arte visual, ciencia ficción y distopía.

Porque si es cierto que los autores de estos relatos apelan al cambio contra el modelo de capitalismo tardío y del neocolonialismo, hay en estas reivindicaciones agridulces una suerte de anhelo optimista que mitiga, al menos en parte, la carga provocadora de dichas proposiciones. Y es justamente esta perspectiva más sosegada la que revela, en mi opinión, un cambio de rumbo digno de atención. Ya que no obstante la heterogeneidad temática y estilística, en cada relato parece haber una aspiración constante hacia el pasado: la construcción ficticia de un futuro que supere, de una vez por todas, los límites del sistema capitalista de mercado, sirve en este caso para crear nuevos lazos menos conflictivos con la historia. El pasado y el futuro comparten, de esa manera, el carácter incierto y onírico de cualquier realidad que no pertenezca al tiempo presente.

La filosofía de Sócrates vuelve para interactuar con Cleverbot, un software creado para cuestionar la condición humana (A. Kopf, ‘La nueva voz de lo inanimado’, p. 74); la comparación con la tradición puede servir para concebir una nueva forma de arte en la que ya no hay distinción entre la lógica verbal y visual, y en la que la imagen misma supera esta dicotomía: “lo visual no es simplemente lo que se ve. Lo visual es lo que no se lee” (M. Montalbetti, ‘La nuestra es una época visual’, p. 67). El cuestionamiento de las causas que han llevado al cambio climático y a la destrucción de la Tierra y de la existencia del hombre, tal y como solemos considerarla, acompañan los varios intentos de construcción de un nuevo sistema lingüístico, en comunión con otras especies animales o robóticas.

El nuevo lenguaje se convierte, entonces, en un medio para superar el antropocentrismo o el “autismo antropocéntrico” (A. Guzik, ‘Caligrafía cetácea’, p. 83) para por fin llegar a una “visión posthumana” (H. Steyerl, ‘Medya: las autonomías de las imágenes’, p. 45), que poco o nada tiene que ver con las viejas concepciones distópicas de la literatura reciente.

“¿Acaso no sabéis, colegas que nuestro deber es pasarlo sabroso junto a todo lo viviente y lo muriente? […] ¿Y no es cierto también que el infumable escritor Mario Vargas Llosa se pasó los últimos cincuenta años de su vida despotricando contra las utopías […]? ¿Y por qué hablar ahora de Mario Vargas Llosa, diréis, ciegos a los desplazamientos y las imposturas del significante? Porque Mario Vargas Llosa no es Mario Vargas Llosa. Mario Vargas Llosa es un holograma creado por los Nuevos Virreinatos Fósiles, un holograma que baila con la última Isabel Preysler de carne y hueso en los salones del Hotel Ritz de Londres. Dejadme que os diga mi verdad incontrovertible: si el holograma de Mario Vargas Llosa ha dedicado todos sus esfuerzos a convencer a la humanidad de que las utopías son malas, eso solo puede significar algo: las utopías son buenas” (J. Cárdenas, ‘Teoría del escombro’, p. 198).

 

En una orilla brumosa. Edición y prólogo de Verónica Gerber Bicecci
Primera edición: abril de 2021
Taller Editorial Gris Tormenta
ISBN: 978-607-99130-0-7
https://www.gristormenta.com/rba

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