En Verona, visita frustrada (o quizá no tanto)

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Después de un viaje en tren demorado, llegué a Verona en medio de un temporal. Esperé un taxi, me mojé al subir y, una vez a salvo, le pedí al chofer que me llevara al Bed & Breakfast que había reservado. Extendí la mano: intenté mostrarle el papel donde días antes había anotado la calle, pero él hizo un gesto de negación, dándome a entender que no hacía falta, que sabía bien dónde quedaba. Durante el trayecto, que no duró más de veinte minutos, el hombre no pronunció palabra, yo tampoco hablé. Recién en la puerta, dijo secamente: “Llegamos”. Me dio la valija, antes le pagué y, cuando el auto aceleró, sentí una especie de desolación parecida al abandono. Entonces toqué el timbre –estaba ante una puerta maciza de hierro y doble hoja, en un edificio de tres plantas–. Nada. Algo inquieta, volví a intentarlo. Al rato, un hombre enjuto asomó tras unas de las hojas.

 

—Tengo una reserva –dije y pregunté por Antonella.

 

Enseguida, la puerta se cerró.

 

 

*    *    *

 

Tras una larga búsqueda por sitios de viajes, un día de marzo reservé –en forma directa y con dos meses de anticipación– una habitación con desayuno y baño privado en un B&B, situado en el centro histórico de Verona. La gestión de la reserva fue, en líneas generales, amable. Antonella, la dueña, me pasó por email la tarifa y me aclaró lo básico: un lugar familiar, sin recepción, y check in a partir de las dos de la tarde. Para confirmar, bastó un mensaje de aceptación y el envío de un número telefónico.

 

Ni tarjeta de crédito, ni depósito bancario, ni transferencia en garantía. El pago debía hacerse en efectivo.

 

—Solo le pido que nos avise la hora estimada de arribo –dijo

 

Eso, en síntesis, fue todo.

 

Días después, volví a comunicarme: quería saber cómo llegar al hotel desde la estación de trenes Porta Nuova.

 

La respuesta fue inmediata y con lujo de detalles. Incluía alternativas en bus, en taxi, a pie; datos sobre el tiempo que me demandaría llegar, según la opción que eligiera; e incluía, además, el link de un breve vídeo sobre cómo salir airosa si, por esas cosas de la vida, me perdía en la Plaza delle Erbe. Al final del mensaje, Antonella agregaba lo siguiente: “The B&B is at the N° 6. Ringbell Anti”.

 

“Buen síntoma”, pensé en ese momento.

 

“Buen síntoma”, lo recordaba ahora, parada ante aquella puerta maciza de hierro y doble hoja, y pensaba, además, que mi tren había llegado con retraso y que, quizá, la encargada había tenido que salir.

 

Después de largos diez minutos, una mujer diminuta me invitó a pasar. Lo que siguió fue el resultado (probablemente lógico) de algunos descuidos y de expectativas creadas al amparo de portales confiables, pero no tanto: tres pisos por escalera caracol cargando, con ayuda de Antonella, una valija de quince kilos, además de un bolso y una cámara réflex; infinitos tres pisos por escalera a media luz que culminaron en un cuarto, al parecer, bien puesto. “Al parecer” porque, debido a la falta de electricidad, la habitación estaba en penumbras y porque la escalera –inesperada, omitida, pasada intencionalmente por alto en las distintas páginas web– terminó por condicionar todo lo demás. Pedí la clave de WiFi, pero el WiFi, al igual que la luz, se había cortado.

 

—Es por la tormenta –me dijo Antonella.

 

Me quise ir.

 

Supongo que ella lo entendió porque después de mascullar en su idioma y de gesticular al modo italiano, acabó por agarrar un paraguas y acompañarme hasta la puerta de un hotel cercano. Y aunque no sirvió de mucho –el albergo estaba completo–, de algo sirvió.

 

—No hay problema –me dijo el recepcionista cuando le pedí permiso para conectarme a internet–, siéntese y busque tranquila.

 

Pero me advirtió que esa noche y la siguiente había conciertos en la Arena y que la ciudad estaba desbordada.

 

Desbordada, me enteraría minutos después, era poco.

 

Así las cosas, encaré la búsqueda. Recorrí la página de Booking varias veces, probé filtros diferentes –por presupuesto, por estrellas–, especulé con alojarme lejos del centro. En fin, el precio de los hoteles disponibles superaba los 150 euros la noche. Pensé que lo mejor sería irme de Verona, pero la tarde anterior había comprado un pasaje de tren a Rímini para dos días después y además, o sobre todo, no estaba de ánimo para cambiar de planes.

 

De repente, el recepcionista habló:

 

—Señorita –me dijo–, por qué no reserva en el hotel Al Castelo. Estoy viendo que tiene disponibilidad.

 

Me fije y, en efecto, tenía, pero solo para esa noche. En cualquier caso, tendría algo asegurado. Hice la reserva, di gracias por todo y me fui caminando hasta el Vicolo Brusco número 4.

 

 

*    *    *

 

Según internet, un Bed & Breakfast –o B&B, en su forma abreviada– es una propiedad independiente con reducido número de habitaciones que ofrece cama y desayuno, además de servicio de limpieza, mantenimiento y conserjería. El baño puede ser privado o compartido, el desayuno puede estar incluido en la tarifa o ser opcional, y la recepción, aun cuando el encargado o dueño de casa viva en el mismo edificio, funciona de modo limitado, usualmente de ocho de la mañana a ocho de la noche.

 

A diferencia de lo que se cree, el B&B no suele ser la mejor opción para quienes buscan alojamiento barato. Su fórmula básica –estructuras pequeñas, servicios no estandarizados, ambientes con sensación de hogar– lo convierte muchas veces en una modalidad menos económica que un hotel de dos y hasta de tres estrellas, pero más auténtica.

 

Debido a mi trabajo –además de escribir crónicas, hago auditorias en hoteles que aplican normas de calidad–, paso gran parte de mis noches en cuartos de hotel que no elijo. Sin embargo, cuando viajo por placer y debo elegir, recurro en ocasiones al B&B. Y lo hago desde el año 2011, cuando probé el servicio por primera vez y descubrí que era una solución para quienes, como yo, buscaban apartarse de los estándares de la hotelería tradicional y disfrutar de una estancia más genuina: una solución, hasta que llegué a la casa de Antonella en Verona y quise irme.

 

Y me fui.

 

Dos horas más tarde, estaba, paradita, ante la puerta del hotel Al Castelo.

 

 

*    *    *

 

El Vicolo Brusco es un pasaje angosto y adoquinado que conecta la Avenida Cavour con la Via Cattaneo. Casi en el centro, entre una calle y otra, se alza el hotel, un edificio antiguo recientemente renovado. Por decisión de la casa, la puerta principal permanece con llave día y noche, y quien está ahí para abrirla y darles a los huéspedes la bienvenida es Aldo, metro cincuenta, dentadura incompleta, anteojos de ancho armazón: una caricatura felliniana. Fue él quien me hizo pasar y quien me dijo en su idioma que la encargada había salido y que si deseaba subir a la habitación, antes de que ella volviera y pudiera registrarme, debía dejarle la tarjeta de crédito. Me dijo, supongo, algunas cosas más, y yo, que a esa altura estaba en modo de tolerar muy poco, alcé la voz.

 

—Necesito un enchufe –dije–, necesito conseguir alojamiento para mañana, por favor.

 

Silencio.

 

Aldo no hablaba inglés, pero sonreía: una sonrisa dibujada.

 

Entonces señalé un tomacorriente, dije password, dije WiFi. No me importaba subir al cuarto y chequear que todo estuviera en orden. En realidad, lo único que quería era asegurarme una cama para el día siguiente y salir de ahí y disfrutar Verona, que a esa altura brillaba ante el sol de la tarde y un cielo despejado.

 

La encargada llegó justo cuando yo encontraba una habitación en un B&B situado en pleno centro.

 

—Pero, ¿dónde?

—Acá nomás –me dijo Katia, lo más tranquila–. Por qué no va y lo mira antes de hacer la reserva, no sea cosa que le pase lo mismo que ya le pasó.

 

“Tiene razón”, pensé. Y salí. Pero en el interín –no fueron más de diez minutos–, alguien me ganó de mano y reservó el único cuarto disponible.

 

Cuando volví al hotel, me desmoroné en una de las sillas del lobby y me puse a llorar como si estuviera atrapada en medio de una batalla.

 

Sentado a tres mesas de distancia, Aldo me miraba con cara de entender poco o casi nada o, al menos, eso parecía.

 

Después habló con Katia. Y al rato, dirigiéndose a mí (los ojos flotando en la pantalla), me confesó que vivía con su mujer, una rumana con carácter, y que disponía de un cuartito muy modesto donde yo, si quería, podría pasar la noche. Siempre que hubiera traído pijama.

 

—¡¿Pijama?! –dije.

 

La observación me desconcertó. Pero dije que sí, claro, como si a esa altura no pudiera hacer otra cosa más que eso: asentir.

 

—Si usted está de acuerdo, dormiría en la piecita que le digo. El baño lo compartiría con nosotros.

 

Después agarró el teléfono y marcó. Llamaba a su mujer, iba a pedirle permiso para invitarme a la casa. Y mientras aguardaba a que ella atendiera, me hacía señas con la mano, un gesto de “quédese tranquila, por favor”.

 

La respuesta de la rumana fue terminante.

 

—Lo siento –me dijo un segundo después, compungido.

 

Aldo era el hombre más generoso del mundo, el tipo de hombre que podía de darle sentido y gracia a cualquier viaje malogrado. Si por algún motivo, mi visita a Verona se interrumpía ahí mismo, a lo mejor no me importaba tanto. “En definitiva –me dije–, todo lo que busco cuando viajo tiene que ver con lo mismo: con experiencias que me acerquen a personajes como él”.

 

En su libro Larga distancia, Martín Caparrós confiesa tener temor de no poder viajar sin la excusa de un relato futuro, un relato que funcione como amenaza y que lo obligue a ver lo que no miraría. “Cualquier viaje sin esa amenaza –sospecha– sería de una levedad insoportable”. Bruce Chatwin sostiene que todos necesitamos un reto que nos sirva como excusa para vivir, y que para el viajero esa excusa reside en cualquier sueño. Paul Salopek, por su parte, dice al inicio de su experimento Fuera del Edén: “Estoy en una travesía. Voy en pos de una idea, una historia, una quimera, quizá un disparate”.

 

Un disparate.

 

Cuando logré tranquilizarme, conseguí una habitación en un hotel de la Avenida Cavour, a metros de donde estaba. No me importó la categoría, ni el ranking, ni leer críticas, ni nada. Supuse que tampoco me importaría hacerlo en el futuro. Después de todo, acumular saberes no me había servido de mucho. Al día siguiente, la mudanza sería rápida. Reservé enseguida y salí. La lluvia parecía haberlo limpiado todo, también mi malhumor, y ahora Verona resplandecía como si acabara de crearse.

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