Encendido, intermitente, apagado

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En Francia los intermitentes del espectáculo se quejan en algunos de los reicntos más asentados y prestigiosos. Lo que defienden es una utopía en España.

 

La estampa se está poniendo de moda este verano en Francia. Se va a levantar el telón, pero no se levanta. En cambio, una voz anuncia por megafonía que debido a los paros convocados por los intermitentes del espectáculo, este tendrá que retrasarse. Entonces se suben (que no toman, ni ocupan) el escenario o alguna superficie aledaña y leen sus reivindicaciones.

 

Acaba de ocurrir otra vez, en la función de Il turco in Italia, de Rossini, grabada por Arte hace dos semanas y que se representa este verano en el festival de Aix en Provence. Es más que recomendable, por cierto; pero llama especialmente la atención que la cadena ha dejado, en el vídeo, las protestas iniciales de los intermitentes.

 

Los intermitentes somos todos los que tenemos profesiones liberales, los que nos levantamos con empleo y estamos en paro en las horas de sueño. Los intermitentes somos todos aquellos que hemos decidido no saber qué haremos mañana; sí lo que haremos pasado; y no tener ni idea de lo que ocurrirá al otro. Aproximadamente.

 

Claro que esta figura, allá por la primera mitad del siglo XX, ya se aplicaba a los trabajadores del cine franceses. Para los productores era carísimo sostener la plantilla necesaria de continuo; y, para ellos, un horror no tener trabajo garantizado durante todo el año. Así nació el régimen de los intermitentes, que da derecho a la prestación por desempleo durante los meses valle, siempre y cuando se cotice un mínimo de horas anuales que ha ido variando con el tiempo.

 

En la actualidad, a los que por ejemplo colaboran con una temporada o festival como el de Aix este régimen les viene que ni pintado: no vale la pena, para montar tres óperas, tener una plantilla contratada doce meses; pero para una nación preocupada por su cultura, tampoco lo sería que estuvieran (ejem) poniendo copas los dos tercios restantes del año.

 

A la mejor manera española, el gobierno francés ha decidido que los intermitentes (artistas, a fin de cuentas) están chupando de un bote ahora mismo insostenible. Con la que está cayendo, ya se sabe.

 

Francia, cuyo sector escénico y cinematográfico es célebre por su sindicalización, organización y respeto estricto a los horarios y condiciones laborales, no ha tardado en reaccionar. A Olivier Py, recién aterrizado en la dirección del festival de Avignon, le tiraron ocho de los trece espectáculos programados, en mitad de una vorágine de polémicas con el Frente Nacional y un panorama, como poco, convulso. Pero incluso él, cansado y visiblemente triste por el advenimiento, defendía que los intermitentes debían seguir existiendo.

 

Es difícil calcular, sin estar en Francia ni conocer a fondo su sistema de pensiones, cuánto hay de justo en las encontradas posturas. Pero el mero hecho de que exista una preocupación, un régimen especial ya es algo precioso y de un valor inmenso. Lo mismo que en el Reino Unido exista una lista de criterios específicos para dar subvenciones a las artes y que, además, estas se paguen con los (pingües) beneficios de la lotería nacional.

 

Pero aquí, en España, no nos subimos a escenarios si no es para armar la marimorena; no paramos si no es con una gran explosión, una enorme catarsis. Aquí, como única respuesta, un número y tres letras: 21% de IVA.

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.