Encoñe literario

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Hace unos días Carlos Cebolla me preguntó quién era mi autor favorito, mi dios literario. Carajo, ¿un dios?, pensé, no tengo la menor idea. Estábamos al pie de una quebradita, cerca de su cabaña hippie, sentados a la sombra de un pino mirando bajar el agua por la montaña como si la vaina fuera de lo más entretenida. Y lo era. Mirar y escuchar sin decirnos nada. Pero se nos acabó la dicha de lo que corría por el agua. Y del silencio.

¿Mi autor favorito? Le dije tratando de ganar tiempo. Otro plon y otro empuje. ¿Mi encoñe? A ver, hoy por hoy, mi encoñe podría ser el señor Enrique Vila-Matas.

Carlos Cebolla me miró sin creerlo. Pues, pero he tenidos otros amoríos, le dije y me adelanté para salvar mi pellejo de una cantaleta asegurada.

Carlos alzó las cejas como un reto. A ver ¿quién? Me ha gustado, dije, Montaigne, Henry Miller, Bolaño. Muchos. No, diga uno solo. Pero, pues, no es un dios, dije pensando en el lodazal en que me hundía, es para mí un semi-dios: Fernando Vallejo. ¿En serio? Carlos arrugó la frente. De la literatura latinoamericana, digo, me adelanté para limitar la vaina.

Otro plon y otro breve silencio. Menos mal dije semi-dios, pensé, porque así me daba un poco más de margen. Pensé en Giral cuando decía que nos faltaba crítica, medios, escritores que comentaran, lectores de ensayo, ensayistas, nos faltaba un ecosistema de comentaristas artísticos. Esa palabra “ecosistema”, ay dios, sigamos. Y no sé por qué también me puse a pensar en MariAntonia. Otro empuje. Otro plon. Deseé que volviera, que hubiera valido la pena haber intentado ser un romántico, así como la canción del Barón Rojo, “la magia no se romperá”, y sentí que me cayó encima el efecto, no importa, “todo está bien si estás aquí”.

También agradecí haber salido del tema del dios literario y haber entrado en algo más concreto como la literatura latinoamericana. Bueno, tampoco es un semi-dios, le dije a Carlos. Digamos que es un patrón que frecuento, y que me da por seguirle la pita a lo largo de una semana, una semana cada año.

Carlos Cebolla se quedó callado y más adelante seguimos comentado este canon. Decía que le gustaría revisarlo, al menos, volverlo a leer. Cuando me lo dijo me pareció un poco pretencioso, pero luego me pareció muy razonable. Siempre es bueno no tragar entero y verificar por cuenta propia. A Carlos le gustaban las listas, los top five, los top ten, enfrentaba en el ring escritores y armaba desafíos entre equipos y escuelas literarias. Por eso su pregunta por el dios literario no me sorprendió. Carlos era de esa talla. Otras veces me había preguntado por la escritora favorita o por la mejor novela erótica.

Hace unos años el hombre cambió su vida. Pasó de peligroso pistolero a ser parte vital de una biblioteca pública en el corregimiento de Santa Elena. Allí tenía un taller de escritura creativa ecológica. Imagínese. Pasó de ser un sicario a ser un hippie-abraza-árboles. En la cárcel estuvo en uno de los talleres de escritura donde era un alumno juicioso, aunque lo que más le sedujo fue la lectura, prueba de su inteligencia. Por cuenta de sus lecturas acumuladas en el camarote de la prisión tal vez creyó que mi encoñe literario era Stendhal, Cervantes o Víctor Hugo. Pero no. Por su puesto que me gustaba mucho Wilde, Poe, Stevenson y Montaigne, y sufro un encoñe anacrónico cervantino. Y aun así, yo tampoco iba a ser tan altanero como para contestar con semejantes nombres. Por eso, lo mejor, era hablar de nuestra literatura.

Carlos tenía la biblioteca en el segundo piso de su cabaña, un lugar que consideraba sagrado, o al menos eso creía yo porque nunca me había invitado a conocerla. Era muy raro porque, si hay una cosa que se muestre a las visitas, es la biblioteca. Bueno, si los amigos no son como Guille que al menor descuido está metiéndose debajo de la chaqueta algún libro que le guste. Lo cierto es que esa biblioteca de Carlos me daba mucha curiosidad. Ese lugar, ese segundo piso de su cabaña.

Eran las seis de la tarde cuando me despedí. Caminando por entre bosques, antes de la carretera, me quedé pensando en Roberto Bolaño que decía que Borges era un dios. La hora de venir a acordarme de esto, me regañé. Pero entonces: cuál sería un buen criterio para seleccionar uno entre una docena, uno solo, como dios personal, un encoñe literario.

 

Al mes volví a visitar a Carlos Cebolla. Esta vez vi un revólver 38 que brillaba en la barra de la cocina. Carlos mantenía una vida de estrato medio alto, un hippie bien bañadito y tomando whisky. El hombre tal vez seguía con algún negocio de los bajos fondos. Cuando notó mi cara de imbécil mirando el revólver, me dijo que de vez en cuando practicaba tiro. Para no perder mis propiedades, dijo.

“Para no perder sus propiedades”, pensé, propiedades de gatillero creo que quiso decir.

Entonces me invitó a subir a su biblioteca. Al lado de las estanterías tenía un par de sofás individuales y una lámpara para asegurar una lectura cómoda para él y su novia LauraEme. Además tenía una alfombra y mil adornos en las paredes y el techo. Carlos era un hippie hecho y derecho con sus piedras de poder, talismanes, atrapa sueños, pirámides y toda esa cantidad de trebejos y desorden, como si fuera un hacedor de manillas y collares, un inventario de maricaditas varias como para salir a vender en la feria artesanal de San Alejo. Pero obvio que Carlos no era un vendedor ambulante.

Uno de los muebles de la biblioteca estaba atiborrado de literatura europea. En el último entrepaño, como si fuera una corona, exhibía una granada de gas lacrimógeno. En otro de los muebles, tenía su colección de literatura latinoamericana y en el último entrepaño, me dijo, era el lugar de su 38, plateado y lustroso. Al revólver lo llamaba El juguete rabioso y a la granada Lolita. Una biblioteca para Arlt y otra para Nabokov.

Roberto y Vladimir. Una biblioteca para Latinoamérica y otra para Europa. Un revólver. Una granada. Un disparo y un gas, una herida y una intoxicación. Entre ambas, un mueble menor con literatura norteamericana. Coronándolo, un puñal de supervivencia, era Lucía, el nombre del puñal era Lucía Berlin.

Me explicó que practicaba tiro al blanco con sus libros. Sus ejemplares de Rayuela y Cien años de soledad exhibían un par de perforaciones. Todos estos libros tenían algo en común: pertenecían a nuestra idea de literatura, al patrón que hemos seguido para leernos, para escribir ficción. A Carlos le gustaba disparar con especial interés al canon de la literatura latinoamericana. Con razón nunca me había invitado a subir a su biblioteca.

Noté que cuando un plomo entraba en un libro no dejaba un hueco, rasgaba las hojas como si las hubiera cortado un bisturí en forma de V. Si el libro era delgadito, el disparo lo traspasaba. Si era grueso, el plomo avanzaba hasta un punto y quedaba atrapado entre las páginas. Pensé que los libros, puestos en chaleco podrían funcionar como antibalas. Carlos me dijo que otra cosa que afectaba al canon latinoamericano era la distancia de tiro y el calibre del cartucho. No sé por qué pensé que ya no estaba hablando de él, sino de los críticos y revisionistas. Si se trataba de un buen tirador, dijo Carlos, si está bien parado y tiene una buena arma, un calibre 38 y a unos diez metros de distancia las hojas de los libros no quedan tan mal. Un Tres tristes tigres baleado se puede seguir leyendo. Y pues, la verdad, otros títulos de la región soportaban bien el plomo, dijo Carlos. Esto siempre y cuando no haya recibido tres docenas de disparos como La otra raya del tigre. Al parecer, Carlos odiaba con saña a Pedro Gómez Valderrama. Su libro estaba jodido y destrozado. Ilegible. Yo no le hice nada a don Pedro, dijo Carlos, don Pedro nunca se ha dejado leer. No entendí del todo la metáfora, pero creí que todo esto tenía que ver con lo dicho la otra vez, sobre su lectura del canon. Carlos Cebolla también era un revisionista, armado y disparando a diestra y siniestra.

A las tres de la tarde volvimos a la quebradita de la montaña, y al bosque, y nos llevamos el revólver. Me dejó disparar un tambor donde nadie escuchara las detonaciones. Las dianas fueron dos portadas de libros que Carlos sacó de su biblioteca. Le dije que nos lleváramos a Pedro Páramo, un libro delgadito que podíamos romper a punta de tiros. Naaaah, Delgado, me dijo, no se ponga en esas, a Rulfo no le entra el plomo. Nos llevamos La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa y Que viva la música, de Andrés Caicedo, otro título que según Carlos había que incluir en las ventas a nivel mundial. Caicedo es nuestro Truman Capote, dijo, ese Caicedo caleño, todo jovencito y ya con un estilo, con una voz propia, leerlo es una experiencia nueva con el lenguaje. En el bosque leímos unas páginas y las comentamos. Ya íbamos a darle plomo cuando nos antojamos de seguir leyendo. Nos echamos en las agujas de pino, a un ladito de la quebrada, y leímos el resto de la tarde hasta que comenzó a levantarse la noche. Todos encoñados. No supimos si esa tarde Andrés Caicedo fue un dios o un capricho, o las dos cosas a la vez. Como fuera, nos íbamos a quedar sin luz. Cogimos el libro de Vargas Llosa, que no tocamos en toda la tarde, y lo pusimos paradito sobre un tronco y tomamos distancia de tiro.

Dispararle al canon con certeza es muy difícil. Cuando terminé la ronda, sin coronarle un solo tiro al libro, Carlos me dijo que tenía que afilar la puntería. A ver si les da con tino a las vacas sagradas, me dijo, y luego cuando no quede cabeza, siguió diciendo, entonces darles a las otras novelas que vienen por el camino. Tenía que aprender a disparar, según Carlos, de lo contrario iba a seguir considerando a Vallejo un santón de la literatura, cuando en realidad es un dios, dijo. Tenía que seguir practicando, ganar criterio porque de lo contrario seguiría considerando tan solo un encoñe a Vila Matas, o seguir errando tiros en los libros de Vargas Llosa.

Yo ya estaba cabreado, y a punto de mostrarle mi ecuación del dios literario, pensando si sería una buena manera de ganarle un punto, pensando, con la necedad de todo ingeniero, que todo se puede medir. Mejor dejar preguntas que respuestas. Ya iba a preguntarle entonces cuál era su escritor favorito, pero era una pérdida de tiempo. Yo lo sabía. El hombre amaba un mes a Kafka y el otro a Borges. Y de ese encoñe no salía, así leyera a otros autores todo el tiempo. Eran sus vicios, sus dioses, sus encoñes. Su pregunta, mezclando unos y otros, ahora tenía sentido. Estos autores pueden funcionar como dioses, caprichos, antojos o simples excusas. Para zanjar la vaina, y con sentimiento de culpa, le dije que ya había leído a Jorge Isaacs pero que honestamente no era capaz de pasar más de cuatro o cinco páginas seguidas. No sea pendejo Colorado, me dijo, en la literatura como en el amor uno no escoge de quién se enamora, ni de quién se encoña.

Era verdad. Le entregué el revólver casi con devoción. El hombre sabía disparar y yo todavía tenía mucho por aprender. Y por leer. Más tarde nos fuimos a comer unas lentejas que él había preparado. Carlos Cebolla era un verdadero especialista en lentejas: le quedaban espesitas, jugosas, con salchicha picada, arroz y tajadas de maduro fritas. Todo en el mismo plato, como si estuviéramos acampando. Bajamos el almuerzo con un jugo de mora y estuvimos muy concentrados, ni los plones nos dimos para no correr el riesgo de volver a hablar de libros. El postre fue el silencio.

 

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