Encrucijadas de otro humanismo

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“Mi misterio es simple: no sé cómo estar viva”. Aprendizaje. Clarice Lispector.

 

Imperialismo informativo, actualización profesional y tecnológica, trabajo y paro hasta las cejas. Amigos, cañas, series de televisión, rutina familiar y problemas de pareja. Ligues secretos, neurosis depresivas y esporádicos brotes de cólera. Finalmente, la obligatoria empresa de la identidad se apoya en un perenne estado larvario. Se trata de un oscurantismo existencial enlazado con las redes, pues es sabido que secreto y publicidad trenzan la consistencia de esta época. La formación permanente termina asociada a una deformación vital también permanente. ¿Cómo salir de esta esquizofrenia difusa, perversamente funcional?

 

I

 

Entre la discreción intelectual y la sobreactuación empresarial, tenemos la remota memoria de un territorio abandonado. El estilo de vida de los nuevos pijos, el gesto deconstructivo de los últimos progres, apenas oculta la tragicomedia en la que hoy está inmerso el lugar oscilante del varón. ¿Qué papel tiene él en un mundo dominado por el catolicismo social, el consenso, el Whatsapp y el imperialismo del contexto?

 

¿No sería necesario, para que hubiera “hombres” y las mujeres -según dicen- se aburriesen menos, que algún día ocurriese algo, algún acontecimiento que nos saque del letargo? ¿Cómo recuperar para alguna decisión, quizás para una nueva dulzura, la “violencia de vivir” de la cual los hombres –más que las mujeres– hemos sido expropiados?

 

El muro del fin de la historia y de los grandes relatos, esa letanía que nos coaccionó a abandonar toda esperanza de intervención en el mundo, parece que también ha caído. Lo que ha entrado en crisis, en el plano anímico y cultural, es precisamente la supuesta bondad mundial de este liberalismo del consenso sin fin, de la circulación infinita, de la política como mera gestión. La resurrección del Estado y del concepto mismo de “pueblo”, la aparición de minorías y naciones que se separan del cuerpo traslúcido de la mítica globalidad, parecen legitimar otra vez la necesidad de reinventarse personalmente. Ahora bien, ¿no exige esto rescatar, del baúl de las sucesivas “muertes”, algún sentido no ridículo de la idea de virilidad?

 

Para ello sería preciso darle forma otra vez a la experiencia de la exterioridad, al afuera de lo que llamamos “cultura”. Ese coraje sería necesario si queremos revitalizar las relaciones, en primer lugar, con el fondo sombrío de sí mismo. ¿Lo masculino no comenzaría hoy por resistirse al “arresto domiciliario”, este patético sedentarismo ligado a las “nuevas” –e incesantemente obsoletas– tecnologías? Parodiando a una mujer del siglo XX, diríamos que “para gobernarse, los hombres deben aprender a no ver la televisión”.

 

Estamos hablando –perdonen las molestias– del valor para la ruptura, para interrumpir el flujo de la circulación. ¿Lo viril, su tuviera algún sentido actual, no estaría ligado a la potencia de decidir a solas, desconectados de la interactividad? Cierto, atender a un deseo, común y singular a la vez, siempre necesita abandonar lo seguro, renovarse por fuera. Sería hora, entonces, de atreverse a esquivar el imperativo social de transparencia y perder el miedo al demonio de la época: la exclusión, la marginalidad.

 

Se impone el valor de una ascética, de una relación –sin cobertura– con la intemperie que nos libere de esta histérica pasión por la visibilidad y el reconocimiento. El amor, la sexualidad y la familia vendrán después, por añadidura… O no vendrán, pero al menos tendríamos una primera ética al encontrar compañía en nuestra más íntima desolación. Como dice Walser: “Sí, es bueno ser devuelto por la miseria a las cosas sencillas”.

 

De cualquier modo, esta común soledad nada tiene con ver con el aislamiento, menos aun con la brutalidad. Todo lo contrario, exige atender al sentido contingente de ese encuentro que nos constituye. ¿No es esto además, esta necesaria contingencia, lo que el “uno a uno” de la mujer desea, bajo demandas muy distintas? ¿Qué parece a veces que ellas querrían, si querer aún fuera posible?: que los hombres se atrevan a la fortaleza de un temblor ajeno a cualquier género, a las generalidades establecidas.

 

El género, inclidas sus variaciones minoritarias, es un ardid gregario que “la sociedad” inventa para corroer la singularidad real, aquello que más teme. La sociedad busca la normalización de cada existencia en una identidad fija, localizable en una planicie visible. En este panorama de paridad tramposa –su primer objetivo es desactivar el “afuera” que la mujer representa, también lo que en cada vida hay de femenino e impar– ¿no debe el varón recuperar por su cuenta la relación con el misterio de vivir?

 

Cuando además, todos los poderes establecidos que corroen el carácter en nombre del consenso practican una coacción soterrada. Es preciso entonces resistir la presión estadística, volver a recuperar una “hombría” en el silencio, en las vacuolas de no comunicación. Lo masculino sería hoy una existencia analógica de un exterior que no admite duplicación social, ni es susceptible de acceso informativo. ¿Debemos reencontrar una buena relación con el desierto, con la aspereza de los límites y su incertidumbre? Sí, como dice una mujer de carácter en una película reciente: Un hombre es ridículo si no se atreve a estar solo.

 

Virilidad, podríamos decir, sería hoy una alta indefinición. Mantener el secreto de una fuerza aparte, negarse a entender la existencia como un “armario” del que hay que salir. En este sentido, se podría decir que el machismo es ridículo por no ser suficientemente viril, pues no ha bajado a la ambigüedad de una vida que deviene, que juega con sus contingencias.

 

II

 

No se nos escapa que cualquier idea de lo masculino es hoy fácilmente risible. No obstante, a cuestión es: ¿tenemos derecho prescindir de la fuerza de la decisión “unilateral”, sobre todo si  pensamos en el dolor común de los humanos? Cuando además, por la vía contraria del pacto sin fin y la depresión normalizada, los hombres han llegado a una lasitud, a un debilitamiento que estalla cada vez más en actos trágicos de violencia. Al dejar la épica de vivir en nombre del pragmatismo económico, cuando el varón es al fin abandonado por ella, en nombre de lo real del amor, él encuentra que su único refugio, el nido familiar, está vacío. La desesperación está entonces servida.

 

Así pues, también para contener la brutalidad de ese esporádico “paso al acto” es preciso recuperar una relación anímica con la dureza de lo que no tiene equivalencia. Necesitamos romper con la simbiosis –profundamente falocéntrica– entre el aislamiento real y la comunicación virtual. La época del culto al cuerpo y a los placeres va unida al odio “platónico” a un otro que siempre representa –en lo que tiene de extranjero– la otredad del sí mismo, aquello que hay que odiar.

 

La magia de la comunicación tecnológica tiene el reverso de la segregación de un prójimo que –inmigrante o no, fumador o no– parece siempre apestar. Especulación biogenética, tecnología de trasplantes y cirugía estética, anorexia, fluidez de contactos virtuales, ambiente zen, ilusiones de un avatar en otro cuerpo. Soñamos con flotar, fuera de nuestra existencia. El culto consumista del reemplazo constante, que nos protege de la fidelidad femenina a algo único, esconde un divorcio masculino generalizado, una separación vital casi preventiva. Divorcio del encuentro, de la palabra, incluso de la cópula y del cuerpo del amor.

 

Parémonos por un momento: ¿El problema entre los sexos es hoy el acoso y el maltrato, o más bien la indiferencia, el hastío, el no-trato? Buena parte de nosotros somos solteros conectados. De este actual aislamiento, que vino del frío norteño, ha venido esta multiplicación de contactos, esta proliferación de vicios escabrosos para una salida (exit) y un éxito privados.

 

Por mortal, ninguna vida puede dejar de ser épica. Mantener una relación con el miedo es lo que nos conecta con una comunidad cualquiera. Por virilidad entendemos entonces, primeramente, aquella fuerza de la que son capaces los poetas: un diálogo con los límites, una “mala salud de hierro” que extrae valor de la fragilidad. Pensemos en lo que significa que la virilidad en el mundo contemporáneo la hayan encarnado, con frecuencia, varones homosexuales: de Whitman a Lorca, de Pasolini a Foucault, de Cage a Gore Vidal… El riesgo del amor, el epicureísmo de la sensibilidad parece que ha tenido que protegerse en un estoicismo del pensamiento, en una retirada ascética de la maquinaria consumista. ¿No hay incluso algo de este drama en el gesto triste de Warhol?

 

Lo contrario de esta vía es la heterofobia del “miedo al miedo”, este demagógico debilitamiento unisex que nos ha hecho tan infelices y sólo consigue que la crueldad tome sendas abyectas. Es el cuerpo acéfalo de lo social, con su cohorte de especialistas, el que se encarga actualmente de la violencia que nosotros delegamos, lejos. El odio al otro toma cuerpo en un “comunismo” del vivir ante el que hemos retrocedido, también por la extrema izquierda. El odio larvado, la hostilidad que hoy se extiende –entre los narcisismos individuales, los sexos y las culturas– es el odio por todo lo que, con nuestra ideología de la seguridad, hemos conseguido que no ocurra entre nosotros.

 

Defendemos, en suma, corresponder al feminismo de la diferencia con una virilidad de lo común, de la comunidad contingente, no sabida, inanticipable. Es necesario, diría Blanchot, reinventar la amistad con “lo desconocido sin amigos”. La primera tarea de la virilidad es hoy no abandonar una relación con lo que irreparable, con lo que ha de perderse. Hombre o mujer, un ser humano ha de ser capaz de devenir, de mantener una buena relación con la metamorfosis. En otras palabras, con el desierto que constituye la suma total de nuestras posibilidades.

 

Hablamos de una ética del no reconocimiento, de reconciliarnos otra vez con la clandestinidad, ese inevitable “trabajo negro” donde se reinventa el deseo. Es preciso resistir a la normalización, pero no porque le “conceda” demasiado a las mujeres, sino porque, al contrario, bajo la coartada de esa paridad estadística, socava el semblante único de cada existencia. En otras palabras, lo que las mujeres siempre han encarnado, ese potencial “pacto con el diablo” de los detalles.

 

¿Las mujeres no están hartas, de hecho, de una homogeneización que ha vaciado el amor de aventura, que ha dejado a los hijos sin la autoridad del afuera, tristemente huérfanos del no?

 

La era del acceso, el afán histérico de saber vacía a cada a cada uno del secreto de su potencia. Ahora bien, perdida la invisibilidad, se pierde también la fuerza de lo nuevo, el encanto de lo que vacila en el umbral de sus bordes. Suerte, la necesitamos.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.