Encuentro inesperado

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El domingo pasado, en una visita fugaz a Madrid, me crucé con mi yo de hace años. No era consciente de la calle que estaba recorriendo, hasta que lo vi saliendo de la boca de metro, de camino a la facultad. Ni él ni yo teníamos prisa, así que charlamos un rato.

Se sorprendió cuando le conté lo que hacía allí y lo que había hecho durante los últimos años. No podía creérselo, no entendía cómo había podido llegar a la situación en la que estaba. Le dije que se tranquilizara, que no era para tanto. Sencillamente, iba a dejar de conseguir todo lo que se propusiera casi sin esfuerzo, y que incluso poniendo todo de su parte a veces tampoco iba a ser suficiente. Tamaña fortuna no podía estar de su lado eternamente.

Pero negó con la cabeza, decepcionado. Entonces le dije que cumplir años tiene esas cosas: uno deja de creerse Bob Dylan por saber marcar cuatro acordes con la guitarra. Y ya sonrió. El humor: eso no falla.

Le pregunté si tenía clase con el profesor que le llamaba Senequita cordobés, y me dijo que no, que era febrero, que llevaba meses sin ir a sus clases. Claro, se me había olvidado. «La memoria también irá a peor», le dije, y se rió del desastre que se le venía encima.

Apuramos el cigarro y nos dimos un abrazo. Después se quedó mirándome, pensativo. Y le dije que sí, que estaba más guapo. Eso le jodió, porque ya podíamos estar mejor o peor, pero coquetos íbamos a ser siempre. Di unos cuantos pasos y me giré para verlo irse, y justo estaba dándose un tirón del pantalón, que se le caía. Pensaba que estaba de maravilla hasta cuando peor estaba, qué cosas tiene la edad.

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