Ensayo poético con Binho

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Identidad: ser lo que se es, siendo. Así comienza Binho el ensayo sobre su poética. «Nosotros que éramos tan pobres de lugares / y destinos tan de otras personas…» En una frase dibuja la realidad de millones de personas que, en Brasil como en el resto del mundo, ven sus destinos en manos de la voluntad de otros, esos que tienen el poder de «joder pueblos enteros / de una sola firma». Los banqueros deciden, el FMI decide, las agencias descalificadoras deciden. «Privatizan todo», recuerda el poeta. El agua será la próxima batalla. Todo es el mercado. «Y cada día me tiro un poco fuera…»

 

Latinidad: «No me destina la desgracia de ser brasileño». Sudaca, foreign, alien, suramericano, clandestino, ilegal. Binho, que fue «pobre en varias monedas», sabe que carga Brasil «en mi lengua, jeito, andar». Jeito es difícil de traducir: remite a manera, forma de ser. Binho cuenta cómo, en Londres, reconocía de lejos a los brasileños por la forma de andar; a mí siempre me pasó igual con los españoles. Identidad, latinidad, hispanidad. Tan difuso, y sin embargo tan palpable en la piel.

 

«Mi pasaporte es poco aceptado / es más válido para la clandestinidad». Y sin embargo, cómo cambian las cosas, me digo mientras mi visado turístico brasileño expira, mientras miles de profesionales europeos o estadounidenses se pelean por entrar en ese eterno país del futuro que se quiso hacer presente de una vez por todas, y aplica con una contundencia justa, que no humana, la regla de la reciprocidad frente a los muros fronterizos del que hasta hoy llamamos Primer Mundo.

 

La codicia de los poderosos convierte a millones de seres humanos en ilegales, mientras los capitales y las mercancías circulan con facilidad. «Las multinacionales son las dueñas del mundo / de este planeta de monedas / y nosotros, sus cobayas de consumo». Hoy como ayer, los dueños del mundo de hoy, que son los invasores de ayer, «nos apuntan un mundo brillantemente opaco. Disneylandia». Las mismas dueñas del mundo que «roban nuestras materias primas / con dólares falsos». Con esa estafa universal y prolongada que que es el dios Dinero. Por eso Binho quiere «morir sus gobernantes». Porque «la herencia es un robo». Y en América Latina ese robo es más vigente y palpable que nunca.

 

Cobardía. La herencia es un robo y los playboys (los niños bien) se entretienen matando mendígenas mientras los vecinos de las periferias de São Paulo acceden cada día a entrar en un autobús hacinado -y caro- para pasar cuatro horas por día en medio del tráfico infernal de la ciudad. Se resignan a no tener un techo donde dormir o, con mucha suerte, a pasar treinta años de su vida para pagar una casa. Esas «miniesclavitudes de cada día», que dice Binho. Esas que nos amarran a una vida alienada y gris. Esas que incitan al poeta a la revuelta. Porque es de cobardes no enfrentarse a todo aquello para «pensar, reaccionar, hacer, transformar». Porque «todos somos nietos y bisnietos de sin tierra».

 

Binho juega con la palabra, diseña vocablos que precisaban ser inventados, aventura sueños, incita revoluciones. Y nos despide con sus versos más lúcidos y más tristes: «Y de tanta soledad / soy mi propio vecino»…

 

* Este video pertenece a la serie de programas Ensaio Poético, realizado dentro del proyecto Correspondência Poética. Se puede ver on line en http://www.youtube.com/watch?v=Pb0zga3sCpQ.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.