Ensayos

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Siempre se ha estilado la sentencia breve en el fútbol, aunque quizá desde el advenimiento de Guardiola es cuando ha adquirido carácter de ensayo como hasta para inquietar la altura de los de Montaigne.

 

Dijo Marcelino el sábado que habían estado blanditos, lo que resume cómo se ha resuelto jugarle al Madrid en aforismo, que hoy es tendencia entre los entrenadores. Siempre se ha estilado la sentencia breve en el fútbol, aunque quizá desde el advenimiento de Guardiola es cuando ha adquirido carácter de ensayo como hasta para inquietar la altura de los de Montaigne. Es posible que la única respuesta adecuada que han recibido todos esos gentileshombres hayan sido las entradas de Mourinho (entrada en fútbol es más propio que ensayo), incluso las salidas, con las que todas las eminencias de corbata fina se escandalizan emitiendo gritos histéricos como si se hubiera colado un ratón en un vestuario femenino.

 

Hay aforismos que se pueden publicar y otros que deberían olvidarse. Valdano, por ejemplo, era proclive a ambos hasta que llegó ese portugués que le pisaba cada metáfora (dadas siempre con hilo, igual que las puntadas) como el sargento de hierro pisaba las gafas de sol a Mariconeti. A Luis Enrique el otro día le quisieron sacar una comparación para Messi a propósito de la de Cristiano y Michael Jordan y le salió una tan desacertada que, como buen ensayista, a buen seguro que ya estará elaborando un listado de ellas para no volver a errar llegado el caso. Lo cual no es malo, no al menos tanto como que el periodismo deportivo patrio haya hecho una historia acerca de las similitudes de la pulga y ¡Wilt Chamberlain!, aquel portento tan ávido de sumar canastas como conquistas.

 

Pero el fútbol tiene que ser para los aforísticos (lo tienen todo copado menos Chamartín) pues por ello hay toda una escuela que crece en cualquier estamento, desde la nobleza hasta el pueblo, creada por Pep, de la que salen híbridos como Simeone o como Luis (así le llama Xavi), quien entre rotaciones anda buscando dar a conocer una personalidad que fluctúa entre la ira y su contención, y que uno intuye que es la misma que salió del Bernabéu hace muchos años totalmente fuera de sus casillas. A propósito de Íker, ahí sigue con su cara de víctima mientras Keylor se va pareciendo cada vez más a una pantera, con una mentalidad tan positiva y una forma física tan impresionante que cualquiera diría que su trabajo como guardameta es el señuelo para ocultar su verdadera identidad de superhéroe.

 

Uno preferiría que el portero del Real Madrid fuese el Capitán América con su antifaz y su escudo y no un oficinista triste (y millonario) como el Tom Hanks de ‘Joe contra el volcán’, igual que si todos esos focos amables que le han perseguido toda la vida se hubieran convertido en mustios tubos de resistencia. Habrá que dejarlo estar y si alguna noche a alguien le parece ver una figura humana volando entre los edificios, que sepa que es Keylor velando por él mientras la ciudad duerme, como Íker, quien al día siguiente será el titular.

 

Se había empezado a hablar aquí de Marcelino y los aforismos y no se había dicho que estar blandito es la manera de perder contra el Madrid. El mensaje soterrado, el aforismo que viene a decir que si uno está durito, como el Atlético, puede ganarle. Una suerte de llamamiento, otro más, a la ofensiva antimadridista, esa inquina a la que no tiene que hacer frente el Barcelona porque sus rivales, al contrario, le despliegan una alfombra roja moral que debilita cualquier empuje, el tiquitaca domesticador y ensayístico del que no dispone (no usa) el Madrid, encomendado únicamente a las hazañas de sus superatletas, según reveló en su día Michel de Guardiola.

 

Publicado en ‘El Minuto 7’.