Entre burlas y veras

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Siempre he pensado que la verdad poética se encuentra en cualquier ficción que está bien hecha y mejor contada. Un poetastro del XIX escribía que la verdad poética es “lo fingido más acá de lo absurdo e imposible” y un erudito afamado de la misma época explicaba en su manual de retórica que la verdad poética consiste en presentar “un cuadro exacto y animado de las costumbres de la nación que como lugar de escena se ha elegido”. Hace unos días un buen amigo mío me aseguraba en conversación privada que la obra literaria encierra una verdad poética cuando su invención resulta no ya solo verosímil, sino coherente y orgánica, como la existencia de cualquier ser vivo, de la ameba al chimpancé. La verdad poética de una ficción, según este mismo amigo, se consolida con el paso del tiempo hasta convertirse en un clásico. Así, verdad poética se encontraría en la Odisea de Homero y en el Ulises de Joyce, pero también en Orlando furioso, en Gargantúa y Pantagruel y en Los viajes de Gulliver, más allá de verosimilitudes y demás zarandajas, por el solo hecho de formar parte del canon literario. La verdad de una ficción está en proporción directa con la impronta que deja en el público lector. El libro que yace olvidado en el anaquel de una biblioteca no es solo letra muerta, sino falsa. Y es falsa por muerta y muerta por falta de lectores.

 

Acababa de terminar este párrafo cuando sonó el teléfono. Casualmente era el amigo con quien había estado debatiendo sobre la verdad poética, para preguntarme si estaba al corriente de lo que había pasado con Cercas y Espada.

 

Me hice el tonto:

 

-¿Cercas y Espada? No tengo el gusto de conocer a ese señor.

 

Mi amigo se apresuró a aclararme quién era el uno y quién era el otro y luego me informó cumplidamente de la polémica. Al parecer, todo había empezado con un artículo en la sección de Opinión de El País firmado por el filólogo Francisco Rico, el cual, tras despacharse a gusto contra la Ley de Tabaco recientemente aprobada por el Parlamento español, aclaraba en postdata que jamás había fumado un solo cigarrillo en su vida. La reacción por parte de los lectores no se hizo esperar habida cuenta de que Rico es un fumador empedernido. La evidente broma para cualquiera que lo conozca fue interpretada por muchos como un burdo intento de presentarse como testigo imparcial. Javier Cercas, amigo personal de Rico, antiguo alumno suyo y admirador como otros de su inteligencia y de su extraordinario rigor, creyó conveniente salir en su defensa, y en la misma sección de El País acusó a los detractores de Rico de tomar el rábano por las hojas y adoptar una actitud farisaica respecto a una impostura que era, a todas luces, irónica.

 

Claro que la defensa de Cercas era también pro domo sua, pues el escritor aprovechaba la coyuntura para venir a decir que no todo lo que se cuenta en un periódico debe responder “a la verdad de los hechos”, e incluso iba más lejos afirmando que el periodismo mismo no es sino “un ensayo de comprensión imaginativa del presente”, un poco como sucede con muchos de sus relatos en donde los límites entre la ficción y la realidad factual no están nunca claros.

 

Así las cosas, Arcadi Espada decidió gastarle una broma al postmoderno escritor y probar con ello lo peligroso que es jugar con “la realidad de los hechos” en un periódico, de manera que hace unos días, en una de sus columnas diarias, dejó escrito que “Javier Cercas” había sido detenido, junto a otras 28 personas, en una redada llevada a cabo en un prostíbulo del barrio de la Arganzuela en Madrid.
La noticia se extendió como la pólvora por los mentideros de la capital hasta ser desmentida por el propio interesado, quien al día siguiente, notablemente consternado, salió en los periódicos para denunciar la calumnia y las malas artes de Espada. Una cosa es jugar burlonamente con la realidad y otra muy distinta diseminar bulos que atentan contra la dignidad de la persona.

 

Mi amigo, al terminar su exposición, me pidió que le dijera lo que pensaba al respecto desde un punto de vista ético. Yo me quedé callado.

 

-Vamos, no seas timorato. Mójate.

 

-Debería pensar sobre ello, le dije al cabo.

 

-Nada de reflexiones profundas –protestó mi amigo. Contesta a estas dos preguntas. Primera, ¿es lícita la broma de Espada? Segunda, ¿lleva razón Cercas en sentirse calumniado o debe sentirse simplemente burlado?

 

Carraspeé. Miré por la ventana. Y, finalmente, desembuché:

 

-Pues no lo sé. Quienes mejor han reflexionado sobre la mentira son los moralistas cristianos, de San Agustín en adelante, y ellos te dirían que la “mentira jocosa” no es pecado, pues solo busca divertir. La apostilla de Rico entraría dentro de este primer tipo de mentira, a no ser que se tome de manera literal (no todos conocen al ilustre filólogo) y entonces podría pensarse en una “mentira oficiosa”, que es la falsedad que se hace o se dice para sacar algún provecho, sin deseo de perjudicar a nadie más. La mentira oficiosa es, según los teólogos, pecado venial. Digamos que en el caso de Rico la mentira debe considerarse jocosa, pero quizá no supo calibrar que en el contexto de su artículo era fácil interpretarla como mentira oficiosa, es decir, interesada.

 

-¿Y qué me dices del bulo de Espada? ¿Es mentira jocosa u oficiosa?

 

-Si Cercas estuviera puesto en moralismo cristiano, como lo estoy yo, te diría que lo de Espada es un bulo y que, por tanto, representa una mentira perniciosa, ya que está hecha con intención de dañar la reputación o la salud de alguien.

 

-¿Y tú lo crees así?

 

-No. A mí me parece que lo de Espada es una broma de muy mal gusto, aunque consigue el objetivo de demostrar que jugar con la “realidad de los hechos” en periodismo es jugar con fuego. Y que una cosa es la literatura y otra es la historia.

 

Mi amigo, tras agradecerme la lección teologal, se despidió de mí, no sin antes hacerme algunas reverencias figuradas. Y yo, nada más despedirse, me dispuse a terminar lo que llevaba escrito, entre burlas y veras, para no desentonar con el asunto en cuestión.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.