Entre el cielo y el infierno

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Llevo días pensando que esto de las bodas es curioso. Parece que si no te casas quieras menos a tu pareja, como si por firmar un papel se fuera a cumplir un deseo de permanencia. Si no hay papel no hay compromiso. Como si el matrimonio diera un rango superior, un halo de legitimidad. Muchas veces, yo misma me sorprendo preguntando aquello de: “Y qué, ¿entonces cuándo os casáis?”.

 

 

 

«Cuando somos jóvenes lamentamos no tener una mujer, cuando nos hacemos mayores lamentamos no tener a la mujer», Cesare Pavese

 

Este sábado fui a ver Altazor, una obra de teatro que le daba una mirada distinta al libro del poeta chileno Vicente Huidobro. No soy muy fan del teatro –no sé apreciarlo– y tampoco he leído a Huidobro, pero la obra me cautivó. En ella, los personajes relacionaban cada uno de los siete cantos del libro de Huidobro con su propia vida, con sus sueños –truncados o no–, con las expectativas de los demás, las angustias, sus recuerdos, su propio nacimiento. Resulta que una amiga mía es una de las protagonistas de la obra y cuando intervino, me emocioné, como si fuera mi hija. Cuando le tocó su turno narró el día en que su padre había nacido de verdad, como si ella hubiera estado presente. Habló también –y en sus palabras no había rastro de dramatismo– de las expectativas que los demás habían tenido para ella, de cómo su abuela sigue diciéndole a día de hoy que lo que más feliz le haría es verla casada.

 

Pero ¿y si no me caso, abuela? ¿Y si ese día nunca llega?


Entonces se hizo un silencio en el teatro. ¿Tenía ella que casarse para verla feliz? Esa frase –más por cómo la dijo que por la frase en sí– nos dejó a todos perplejos. No supe si aquella pregunta era un ruego, un sueño o una imposición. Algo que no tenía nada que ver con encontrar el amor sino con el cumplimiento de un mandato: te casarás. Y salí del teatro pensando en eso, en lo que nos piden los demás. En las imposiciones que imperceptiblemente dibujan nuestras vidas, las cumplamos o no. Porque en ocasiones pesa más lo que dejamos de hacer que lo que hacemos.

 

Llevo días pensando que esto de las bodas es curioso. Parece que si no te casas quieras menos a tu pareja, como si por firmar un papel se fuera a cumplir un deseo de permanencia. Si no hay papel no hay compromiso. Como si el matrimonio diera un rango superior, un halo de legitimidad. Muchas veces, yo misma me sorprendo preguntando aquello de: “Y qué, ¿entonces cuándo os casáis?”.

 

Ayer fui a visitar a mi ex psicólogo, que ahora solo es amigo, y le conté todo esto de las bodas. Entre copas de vino nos derivamos –cómo no– a líos, maridos, novios, amores, etc., que es el único tema que se saca a partir del segundo vino. Hablábamos de lo convencional y lo no-convencional, del miedo que da a veces no seguir el camino de todos, el de meterse por otros derroteros menos frecuentados, el de escoger entre la comodidad o el amor. En fin, sufrir o no hacerlo; esas cosas. En algún momento me puse intensa y le dije que a mí ya se me había pasado la época de pasarlo mal, que ahora ya buscaba tranquilidad. Vamos, como si hablara desde el geriátrico agarrada al taca-taca.  Se estuvo riendo un buen rato de mi y me contestó.

 

¿Aún no has aprendido que no hay cielo sin infierno y que es muy difícil llegar al diez si te conformas con el cinco?

 

Entonces, claro, me reí. Qué iba a hacer.

 

¿Iba todo este tema de las bodas a la par con tocar el cielo, estar enamorado y todas estas cosas? No. O al menos, no siempre. La abuela de mi amiga actriz no decía nada acerca de eso. La sociedad o nosotros, a veces, tampoco. Por eso me vino a la mente la última historia de la película argentina Relatos salvajes y pensé que era una de las bodas más reales de las que había sido testigo últimamente. El afán de casarse me recuerda en ocasiones a la necesidad y el deseo de hacer burocrático lo que no lo es. Un cinco no pasa a ser un diez después de haber pasado por la vicaria o de haber firmado un papel, ¿no?