Entre la bruma

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Existe un caos general que alcanza de lleno a las ideologías, con un Gobierno que sigue en pruebas, y unos sindicatos mudos que antes gritaban y reían con sus pelucas.

 

La soberbia de los sindicatos nace de la misma encrucijada que la de los nacionalismos, desde donde echan a andar, inmaculados, cada uno en su dirección hasta hoy, como si nada malo de lo que ha sucedido a su alrededor les hubiera tocado nunca. Si Méndez vio en lo de los bolsos falsos un intento de tapar el caso Bárcenas, fue porque ya se tenía otro caso perdido, por si alguien seguía pensando lo contrario. Hubo entonces que darle la bienvenida oficial a la corte versallesca, a la casta (entonces Pablo no estaba, Casta Pablo no existía, como si fuera un nombre de bar), con escándalo de relumbrón a modo de abolengo o incluso de dote, donde uno ve esas barbas sobre una palabra de honor color champán o, para el caso, color rebujito. Lo de los bolsos a uno le sonó a ampliación del negocio en tiempos de crisis (o de dispendio), porque los gastos de los compañeros se disparaban. Luego (y antes) vino (o salió) todo lo demás. Están hechos unas Mariantonietas, quién lo hubiera dicho, los representantes de los trabajadores; y don Cándido, por su posición (aunque muchos apuestan por su honradez; uno, no sabe por qué, entre ellos) es el auténtico Luis Dieciséis, al que sólo le separa de éste los zapatos de goma y la cazadora de tergal como de una debutante. Al sindicalismo, tan callado últimamente, tan esquivo, ya no le salva ni sus pintas, que ya se sabe que en realidad son las máscaras con las que acuden a las fiestas de París. Existe un caos general que alcanza de lleno a las ideologías, con un Gobierno que sigue en pruebas, y unos sindicatos mudos que antes gritaban y reían con sus pelucas, cortesanos y empolvados alargando sus tentáculos hasta el top manta. Siempre se ha pensado que tan lejos de idealismos allá entre las brumas de los caseríos, lo que queda es un negocio abierto a punta de pistola y ahora en expansión. Algo parecido ocurre con las asociaciones de trabajadores (si se les quita la pistola y la expansión), cuyos propietarios seguían lanzándose a cantar las canciones de siempre, cuando lo que había ya no era el tenducho de antaño donde se vendía el jersey de Marcelino, sino una multinacional de tipos sin corbata, como Bisbal en el besamanos del Rey. Los juegos de ciertos políticos, sumados a su alta cualificación han hecho las labores de un inversor, o firmado un pacto gremial, y por eso no debió de sorprender ver a esos socios de San Sebastián celebrando con zuritos y fotos para los periódicos y el facebook donde, como ilustración de lo anterior, se les llegó a ver con la camiseta roja de la selección y la  “v” de la victoria (nada es como antes) en los dedos como si el fútbol, más allá de las conductas, modificase ese adn tan especial. Pasar de delincuente a diputado, o incluso a Presidente (el negocio va como un tiro), es una transición con arraigo en España donde el relativismo, en este y otros espectáculos, hace las veces de chistera.