Entre Nueva York y Lima

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En los aviones en que regreso a Nueva York siempre trato de asomarme a una ventanilla para apreciar el espectáculo. Algunas ciudades deberían de demandar a Manhatan por arrebatarles la propiedad de la inmensidad: Boston es un destino perezoso, que se recorre rápido; San Francisco es un gran puente sobre una bahía de clima acogedor; Las Vegas es una fantasía sobre la arena; Los Angeles es una pantalla de cine y una avenida que baja hasta el mar; Miami es una playa con ilusión de barrio. Hay Nueva York para capitalistas y para comunistas, para heterosexuales y para gays, para pobres y para ricos, para bohemios y hombres de negocios: mi padre se paseó satisfecho por Manhattan comiéndose un hot dog, mi madre gozó tomando el sol sobre la arena de Brighton Beach; y yo disfruté enseñándole a mis amigos  los callejones del Village y los anaqueles de madera con piso cubierto de aserrín del bar MacSorleys. Quien ha amado a Nueva York tiene que morir para olvidarla.

 

Hoy me toca compararla. Es que esta semana he regresado de Lima, de un milagro.

 

Lima era una ciudad muy sucia y desordenada que se está convirtiendo en una capital con veredas limpias. Su gente hace aspavientos de empresario, orgullosa; su trencito rojo y eléctrico traquetea algunos kilómetros con la promesa de volverse un salto al futuro, un compromiso de los limeños con el siglo 22; sus parques y jardines desafían a la ley de las arenas y se llenan de flores y se cubren de grama. Hasta su tránsito caótico demuestra –algunas veces, no siempre– ciertos síntomas de mejorar.

 

Lima es una ciudad interesante porque siempre miró hacia el mar. De sus calles enfiladas hacia las orillas salieron pescadores aventados, avezados corredores de olas, cebicheros aventureros. El mar nos define: Lima es una isla rodeada de cerros pero arrinconada al lado del océano.

 

Si no fuera por el polvo que nos recuerda a los limeños que nos cerca el desierto, se lucirían mejor los simpáticos detalles arquitectónicos que asoman por muchos barrios ricos y pobres (polvo y contaminación combaten el buen gusto –capa tras capa– sobre el concreto y sus ventanales) Tampoco me olvido de las decenas de vigilantes de uniforme que me miraron con preocupación: cuando el dinero abunda los malandrines acechan.

 

Fuera de los aspavientos políticos, que uno y otro alcalde de Lima han venido haciendo desde que tengo uso de razón, me ha quedado la certeza que es una ciudad que avanza. Sus autoridades ya no compiten en la desvergüenza del no hacer nada, sino que se baten a golpes por ser espectaculares: se arremangan la camisa para pelearse contra los enemigos más fieros: la delincuencia, el tránsito y la desigualdad. En un noticiero televisivo, veo el anuncio de la puesta en marcha del próximo gran proyecto limeño: un túnel que unirá los cerros y el puerto, Ate, el Callao y nueve distritos más, combinado con la rehabilitación de las riberas del río Rímac y la habilitación de un complejo de 6 kilómetros de áreas verdes (Parque Cantagallo). El conductor del programa se mostraba escéptico –la alcaldesa limeña tiene serios problemas con sus índices de aprobación– pero ni sus dudas bien fundadas me pudieron hacer olvidar que hace solo 15 años, replantarle flores a la Plaza de Armas y cambiarle las piedras del piso era una gran acontecimiento.

 

Lima es inmensa también. Desmesurada porque ha crecido sin plan desde los años 50s. La ciudad horizontal ha empezado a crecer hacia las nubes. En buena parte porque los bolsillos están llenos, pero también por la fortuna de haber contado con ciudadanos políticos que la están convirtiendo, con prisa, en una hermosa ciudad capital.

 

Por eso cada vez que mi avión llega a Lima, también me gusta asomarme a la ventanilla para apreciar el espectáculo: Lima la horrible, la gris, la milenaria, se está transformando.