Entretanto

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Infierno o paraíso. El actual inquilino de la Casa Blanca está dispuesto a morir políticamente matando. Tiene la esperanza de que al final la paralización del escrutinio en más de un Estado o el recuento de nuevo en otros le aferre al poder. Aunque su oponente, el demócrata Joe Biden, y sus asesores comienzan a sonreír, nada está aún dicho sobre la conclusión de las elecciones norteamericanas.

Han pasado más de 48 horas desde que se cerraron las urnas y los ciudadanos de la primera potencia mundial siguen sin saber quién dirigirá el país durante los próximos cuatro años. ¿Qué diríamos si esto estuviera sucediendo en cualquier país democrático europeo, en otras naciones del planeta de democracia más frágil o en sociedades autoritarias tipo Rusia, China, Cuba, Corea del Norte o Venezuela? Algún atrevido gobernante osaría incluso sugerir sanciones contra Washington por el desmadre que está exhibiendo.

Más allá del resultado, considero que este caos electoral que vive Estados Unidos cuestiona una vez más su complejo sistema electoral, la autonomía más absoluta de cada uno de los Estados y hasta de los condados y la falta de una junta electoral central que gestione el escrutinio final de un modo más ordenado. Ya resulta difícil entender que el resultado dependa no directamente del voto total de la ciudadanía, sino de un colegio de compromisarios. Ellos son los que refrendan el escrutinio. Algunas veces se da el caso paradójico de que un candidato que ha ganado en número de voto popular no alcance los necesarios de los compromisarios. Eso ocurrió sin ir más lejos en 2016 cuando Hillary Clinton superó en cerca de tres millones al actual presidente.

Pero allá ellos con sus endiablados sistemas electorales. Lo cierto es que el país está enfangado, como algunos políticos y analistas pronosticaban, en un grave bloqueo respecto a la presidencia y en medio de un panorama muy confuso también en el Congreso, donde los republicanos es probable que conserven su mayoría por la mínima en el Senado y los demócratas reduzcan la suya en la Cámara de Representantes. Y lo cierto es también que todo ello afecta de algún modo al resto del planeta, más ahora con una pandemia que nos afecta a todos. Ya se sabe que cuando Estados Unidos tose, tosemos todos.

Lo más inquietante es que la incertidumbre se traduzca en violencia social si en las próximas horas o días no se conoce el ganador y sobre todo si el actual presidente no acepta el veredicto y no reconoce la derrota. De momento, eso está lejos de ocurrir. En la noche del pasado martes ya manifestó que había indicios de fraude en el recuento de votos en algunos Estados y que no estaba dispuesto a que su rival le robara la presidencia. Sus abogados iniciaron inmediatamente los movimientos judiciales para parar el recuento. De momento con poca fortuna. Él, incluso antes de embarcarse en la carrera política, ha sido maestro del desgaste y se mueve como pez en el agua en demandas y litigios ante los tribunales. Además, conserva la bala de plata que es el Supremo donde los conservadores son mayoría tras el nombramiento de la jueza Amy Coney Barrett

La fractura social es seria y todo apunta a que pueda ensancharse aún más. Ni en los peores momentos de la contestación por la guerra de Vietnam o el escándalo del Watergate se vivían momentos como los presentes. Se abrió seriamente en 2016 con la victoria del actual inquilino de la Casa Blanca, quien condujo políticamente el país como si fuera el patio de su casa, haciendo y deshaciendo a su antojo, violentando los modos de hacer política, desconfiando y despidiendo a colaboradores  e implantando el ordeno y mando. Tuvo suerte en los primeros años porque coincidió con un periodo de bonanza económica, pero la catástrofe del covid-19 le estalló en la cara a principios de 2020. Quién sabe si el malvado virus sea el que le saque de la Casa Blanca, a él que tantas bromas lanzaba al principio, que aseguraba que se trataba de un “virus chino” y que adelantaba que jamás llegaría a Estados Unidos.

En cualquier caso, gane o pierda finalmente dejará un legado notable en sus seguidores, que lo consideraran incluso como un héroe si sale de la presidencia. Los analistas destacan que Biden ha sido el aspirante demócrata que mayor número de voto ciudadano ha logrado en la historia presidencial del país (más de 71 millones), pero subestiman que al actual presidente lo han apoyado 68 millones de personas, es decir, cinco millones más que en 2016. Y eso es bastante en términos no sólo numéricos, sino en consolidación de un movimiento conservador de corte radical y nacionalista.

Tal vez lo lidere él mismo si se mantiene otros cuatro años en el Despacho Oval o le pase el relevo a su hija predilecta, Ivanka, y dedique su tiempo a la creación de un canal de televisión más fiable para sus intereses que la cadena Fox. Sin olvidar, por supuesto, la tarea de defenderse en algunas de las causas judiciales abiertas antes de su llegada al gobierno.

En definitiva, todavía no está escrito el final de esta tragicomedia norteamericana. De cuántas cosas estamos siendo testigos cuando todavía no se ha cumplido el primer cuarto del presente siglo. Si vivieran nuestros mayores tendríamos dificultad para no atropellarnos en nuestra narración y sobre todo serios problemas para ser creídos por ellos, quienes estimarían que nos habríamos vuelto locos. Y no estarían del todo equivocados.

 

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Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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